LA CRÓNICA
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No me gustan los lunes

Comanegra ha reeditado ‘La noria’ de Luis Romero, premio Nadal en 1952, un fresco neorrealista de Barcelona

Una vista de plaza de Catalunya en octubre de 1947.
Una vista de plaza de Catalunya en octubre de 1947.agencia efe

En enero de 1952 saltaba la noticia. Durante la cena ofrecida en el hotel Oriente de la Rambla, el jurado declaraba que el premio Nadal de aquel año correspondía a la novela La noria, de un joven escritor llamado Luis Romero. Aunque nacido en Barcelona, el ganador residía entonces en Buenos Aires, donde había escrito una panorámica de la capital catalana de los últimos años cuarenta a través de las 24 horas de un caluroso lunes. Narraba de forma minimalista las pequeñas tragedias de 37 personajes, uno por capítulo, a medida que avanzaba el día. Aunque por encima de todos ellos, la verdadera protagonista de esta historia sin argumento era Barcelona, una ciudad suspendida en ese lunes estival, como un fresco neorrealista de la ciudad. Pese a su originalidad, La noria quedó olvidada, hasta que ahora la ha vuelto a publicar con gran acierto la editorial Comanegra, acompañada de otro volumen escrito por diversos autores contemporáneos bajo el título de Gira Barcelona, que pretende ser una actualización de aquella.

El libro abre con una aventura galante de madrugada, y rápidamente salta a la historia de un taxista que ha pasado la noche de peregrinaje por los locales de lujo que había en la salida de la Diagonal, como El Cortijo o La Rosaleda, salas de fiestas pensadas para disfrute de los ganadores de la guerra. Había ido al hotel Diagonal y al restaurante Navarra, en la intersección del paseo de Gràcia con la calle Casp, lugar de encuentro de la burguesía catalana. De allí al hotel Magoria de la Gran Vía, a la calle Nápoles, la avenida Tibidabo, Muntaner esquina Valencia, Sants, la plaza España, el Guinardó, y de nuevo a la Rambla a comprar flores. Incluso había cruzado el paseo para un cliente caprichoso, entre el Andalucía de Noche y la taberna Sanlúcar.

La minuciosidad en el detalle permite situar la acción en los años finales de la primera posguerra. Dos personajes van a bailar al Salón Amaya del Paral.lel, que estuvo abierto entre 1943 y 1949, cuando fue cerrado por orden gubernativa. Aquel era el punto de encuentro de los chicos-swing locales, aquí llamados pollo-swing, de cabello engominado y pantalón por encima de los tobillos, que bailaban una suerte acrobática conocida como Jitterbug. Su dueño regentaba el Club Trébol de la Via Laietana, también citado en la novela, que cerró a finales de los cuarenta. En esa década, el centro indiscutible de la ciudad era la plaza de Catalunya, presidida por la sala Rigat, situada donde hoy se alza El Corte Inglés. También cita La Parrilla del Ritz, creada para dar refugio a Bernard Hilda, un músico judío perseguido por la Gestapo, que durante la Segunda Guerra Mundial triunfó en Barcelona. El cine Publi del paseo de Gràcia, lugar discreto para citas, con sala refrigerada. O el exclusivo Salón Rosa, donde hoy se abre el Boulevard Rosa. Lugares donde los clientes tomaban whisky White Horse con soda. El resto de los mortales se conformaba con barrechas de moscatel y anís del Mono, cazalla, coñac con sifón y horchata helada.

Por la calzada circulaban tranvías de color rojo, y taxis amarillos y negros. Un personaje toma el metro en dirección a la desaparecida estación de Correos (el hueco de la parada aún es visible frente a la central de Correos), en las paredes del andén hay publicidad de Cerebrino Mandri, y de las Pastillas del Doctor Andreu. Pasa por la estación de Aragón (ahora llamada Passeig de Gràcia), y se baja en Urquinaona. Entre otros vehículos, circula el carro de la basura, “dejando tras él un olor acre”. En la calle todo el mundo grita, como las estraperlistas de tabaco: “¡Vendo rubio, tengo Lucky!”. Un hombre con un carretón de mano: “¡Voooy! ¡Ojooo, que mancho!”. Una mujer gorda: “¡Vendo pan, barretas, pan blanco!”. En la esquina, un improvisado vendedor de sardinas las tiene sobre un cesto redondo y vocifera: “Sardina, fresca i vivaaa!...; Auuu, que bellugaaaa!”. Y los vendedores de diarios vocean la prensa nocturna: El Noticiero Universal o La Prensa. En competencia con la radio y sus programas de canciones dedicadas: “Van a oír ustedes la sardana El saltiró de la cardina que dedican a su mamaíta en el día de su onomástica los niños Ramoncito, Pepito y Sebastianito Roldós”.

Los trabajadores se distraen en la Rambla, en el Canaletas, el Núria o el American Soda, donde se puede comer un bocadillo a pie de barra hasta muy tarde. Son años de cartilla de racionamiento, que no se acabará hasta el año 1952. Una madre atribulada va a la compra pensando: Dicen que mañana no habrá carne”. El ocio de los humildes consiste en ir a cenar a Cal Tipa de la Barceloneta y al Paralelo; al Molino, a ver a la Bella Dorita. Donde estuvo la cárcel de mujeres (hoy plaza Folch i Torres) había “un parque de atracciones (…) se ven los tiovivos, los autos que chocan, los tiros al blanco, los columpios”. Y en el Barrio Chino, tablaos flamencos como el Cádiz y prostitución en la calle de las Tapias, donde “todos los transeúntes están terriblemente borrachos”. Muchos de estos personajes que entran y salen, que van y vienen, volverían a aparecer en una novela posterior, La Corriente, situada en 1962. Pero aquella ciudad de formica, Seat 600 y luces de neón ya no tenía nada que ver con ésta, deprimida y sórdida, de la posguerra.

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