_
_
_
_
_

“Si atacas a la comunidad intelectual, te atacarán y nunca lo olvidarán”

La combativa periodista norteamericana explica su trayectoria en Barcelona y Madrid en el festival Primera Persona

Renata Adler.
Renata Adler.Richard Avedon

 Ahí sigue la larga trenza (ahora más pajiza que rubia) y el cuerpo enjuto enfundado en unos tejanos (deportivas rojas) y una blusa (púrpura, cubriendo un estoico jersey negro), casi pues como la inmortalizó Richard Avedon en 1978, en una foto que aún hoy es la única oficial que permite aunque la criticó porque la hacía parecer “una terrorista”. Pero también prosigue la iconoclastia, la vanguardia rompedora y contestataria que llevó al ostracismo durante más de una década a la escritora y periodista norteamericana Renata Adler (Milán, 1938). Al final, calidad, honestidad y cordura se han impuesto. Así, desde 2013 se ha reeditado su obra en EEUU con todos los honores, que en España llega por vez primera, Lancha rápida (1976) y Oscuridad total (1983; ambas ahora en Sexto Piso): novelas-bomba de fragmentación, a leer con lápiz por convertir los temblores de la vida cotidiana en aforismos. Lo contará todo esta noche en el CCCB de Barcelona en el festival Primera Persona y hará lo propio mañana en Madrid en La Casa Encendida. Como no para de mirar y pensar pasó antes, claro, por Alemania para ver de cerca el drama de la crisis de los refugiados en Europa.

Pregunta. ¿Escribirá sobre los refugiados como hizo de Vietnam y Biafra?

Respuesta. Ni se me ocurrió el tema, pero cuando Merkel dijo: “Que vengan, ya nos arreglaremos”, lo pensé. Es una historia tremendamente importante, incluyendo su terrible complicación. La narrativa occidental sobre este tema lleva a un callejón sin salida. Pero ninguna publicación en EE. UU reflexiona o lo ve de la misma manera que yo; están poco preocupados por ello. A algunas les he preguntado, “¿Queréis un artículo sobre eso? Y te responden: “Bueno, ya sabes, eso ya pasó con los argelinos en París en 1960…”. Alto, alto, les digo… Yo también estuve ahí y no es eso, chicos… Pero ya aquello en los años 60 no le interesó a nadie en EE. UU. Bueno, yo decidí ir a verlo.

P. ¿Y cómo lo ve?

La narrativa occidental sobre los refugiados lleva a un callejón sin salida. En EE.UU no les interesa mucho. Aún no estoy preparada para escribir sobre ello

R. No puedo creerlo. Ocurre que hace años que hago reportajes más narrativos, tipo ensayo, y ahora estoy descubriendo gente de verdad. Asistí a unas lecciones de alemán que les daban a los refugiados. Y muchísimos no son de Siria: vienen de Eritrea, del Pakistán, de Afganistán… O sea, no se pueden ni comunicar entre sí. Es tristemente fascinante, aún no estoy preparada para escribir nada… Es curioso: sé alemán por mis orígenes familiares y no había pensado más en Alemania y Europa y… Cuando te haces mayor parece que las piezas de tu vida encajan. Sí, estando en Alemania vi que mi vida está dirigiéndose de nuevo hacia aquí.

Lo que más afecta es lo que sucede más cerca. Para no perderte nada, suscríbete.
Suscríbete

P. La periodista protagonista de Lancha rápida se lamenta de que a uno la vida le deje apenas unos rescoldos de la infancia y de sus estudios. ¿Cuáles le quedan a usted de haber estudiado con Josep Ferrater Mora y Claude Lévi-Strauss?

R. Es que algunas de las personas más importantes de tu vida son tus profesores. Curioso que me pregunte por Ferrater Mora porque me he vuelto a acordar de él estos días, en otro juego caprichoso de la memoria… Me dejó la noción del cuestionamiento intelectual: yo vivía en un pueblo pequeño de EE. UU., me sentía muy aislada, aunque mis padres eran gente culta… Tenía un gran sentido del humor. Tanto él como Lévi-Strauss me inculcaron cierto tipo de curiosidad que no siempre encuentras en los intelectuales y cierta disciplina, pero, sobre todo, una noción de qué es original y qué es lo que vale la pena decir y qué es lo que no vale la pena decir y qué no es original… Es importante saber cuál es la diferencia entre ambos.

P. ¿Por qué cree que ha sido marginada tantos años desde principios de los 90? Usted se antoja como una señal de aviso de los peligros del intelectual crítico con los suyos, del precio a pagar por ello…

Ferrater Mora y Lévi-Strauss me inculcaron curiosidad, disciplina y, sobre todo, una noción de qué es y qué no es original y qué vale la pena decir o no

R. Sí, fui muy crítica con la oligarquía cultural de EE. UU. y, especialmente, con la periodística… Pero es que, normalmente, como se explica periodísticamente una historia es lo contrario de lo que es la verdad. Mire, el periodismo norteamericano se fue al traste con el caso Watergate: tal y como fue reflejado no fue lo que sucedió realmente…. La comunidad intelectual es tan vanidosa como cualquier otra y si vas contra su vanidad te atacarán, tienen sus armas para atacarte y nunca olvidarán el ataque. Aunque eso yo ya lo sabía de antemano…, pero no pude reprimirme. Por eso me aplicaron un ostracismo feroz. Pero, insisto, no fue tanto la comunidad intelectual sino más bien la periodística: estaba tan de moda ser periodista, era tan fascinante... Hasta se hacían películas: Todos los hombres del presidente. Hoy, aun en las facultades de Periodismo, se creen ese cuento de la Garganta Profunda y tal…

P. En 1999 llegó a escribir Difunto: los últimos días de The New Yorker. ¿Cuál fue, o es, el pecado de la revista donde usted trabajó tantos años?

R. Mi pecado fue, en parte, un parricidio, matar al padre, me gusta pensarlo así. En cualquier caso, en The New Yorker pasó una cosa muy clara que no es exclusivo de ellos: quienes alcanzan un tipo de genialidad o de excelencia no quieren herederos, quieren que la empresa muera con ellos. Y así pasó: gente que nombraban como supuestos sucesores para tripular la publicación eran personas claramente erróneas en mi opinión. Sigue siendo una gran revista, pero ha perdido su encanto especial.

P. En pocas cabeceras se puede hacer el periodismo a fondo que hacen ellos…

El periodismo norteamericano se fue al traste con el caso Watergate: tal y como fue reflejado no fue lo que sucedió realmente

R. Cierto, pero… Mire, con el último reportaje de Gay Talese, ese sobre el personaje que tenía un motel para espiar las relaciones sexuales de sus huéspedes, la revista ha alcanzado otro hito más que discutible. Talese se mira a sí mismo a través del agujero, confía en ese hombre que es su fuente al que pagó muchos años y, la verdad, a mí, un periodismo pagado, pues bueno, me crea dudas… No sé, es una historia bastante asquerosa, no me parece una gran historia; sí, es Talese, pero, es sexo, Nuevo Periodismo quizá mal entendido donde pesa más la literatura que el hecho real… Los estándares del The New Yorker son hoy mucho más bajos y sus momentos álgidos son menos frecuentes. Todavía es buena, claro, pero mi inversión emocional es la que es…

P. ¿Tiene usted un punto quijotesco, de francotiradora, de intolerancia ante los engreídos o los fraudes?

R. No, no, de francotiradora o quijotesca, nada. La pregunta correcta que me debería formular es si soy capaz de callar, de mantenerme en silencio ante según qué cosas… No, todo aquello fue casi por casualidad. Yo cubrí los juicios de Ariel Sharon contra Time y el del general William C. Westmoreland contra la CBS a mediados de los años 80. En ambos casos, los medios lo habían hecho mal. Tanto la revista como la cadena de televisión estaban furiosos porque escribí artículos denunciándolo y, de repente, empezaron a atacarme. Me sentí aislada, sola, cada vez en problemas más serios… Me retrotrajo a la soledad del niño y me lo tomé muy a pecho. Me afectó muchísimo, pero ya no pude quedarme callada.

P. Pues hoy los intelectuales suelen callarse cada vez más...

Los estándares del 'The New Yorker' son hoy mucho más bajos y sus momentos álgidos son menos frecuentes. La última historia de Gay Talese no me parece una gran historia

R. Cierto. Todos: intelectuales y prensa. Es curioso: los primeros años que yo escribía en periodismo ni la izquierda parecía entender lo que estaba ocurriendo en los grandes acontecimientos humanos con los derechos civiles, luego Vietnam… Ahora, el país se ha movido tan a la derecha que yo ya no sé qué hacer, estoy totalmente perdida, no hay nadie a quien aupar o defender. Hay gente que le encanta Obama, pero a mí me parece que es más de lo mismo, no ha estado demasiado lejos de George W. Bush.

P. Obama se ha aliado con los republicanos, resume el senador demócrata y candidato a presidente Bernie Sanders.

R. Sanders es un caso interesante. Para mí es como uno de esos izquierdosos clásico de los años 30, reinventados en los 60 y que ahora reaparecen, pero lo sorprendente es cómo fascina hoy a los jóvenes. Lo que dice tiene cierto sentido… Y Hillary Clinton lo sabe. La conocí brevemente tras acabar en la facultad de Derecho… Creo que en Europa ocurre lo mismo, pero en EE. UU. está claro que la política está muy tocada porque los políticos actúan ya como las celebrities: pierden el contacto con la gente real de carne y hueso y con lo que quieren. Hillary cobró 600.000 dólares de Goldman Sachs por dar una conferencia: eso no puedes hacerlo si quieres ser presidenta de los EE. UU. Cuando se le preguntó que por qué lo aceptó, su respuesta fue bien frívola: “Es lo que me ofrecían”. Es como si te preguntaran: “¿Por qué vende a este ser humano por 50 dólares? Porque es lo que me dieron…”. No, hay cosas que no pueden ser...

P. “La cordura es la opción moral más profunda de nuestro tiempo”, dice su periodista de Lancha rápida. ¿Sigue siendo válido el enunciado?

R. Todavía es mi postura, pero admito que ya es absurda. ¿Dónde encuentras hoy cordura? Si invocas el sentido común en estos tiempos la gente te preguntará: “¿De qué hablas?”. No es una posición estimulante, hoy, sin duda.

P. Su compatriota y colega Chris Hedges habla de que la deserción que la clase liberal ha hecho de sus ideas ha acabado matándola y aniquilando, de rebote, la clase media.

El péndulo social se ha ido tan a la derecha en EE.UU. que al haberme quedado donde estaba parece entonces que yo sea de extrema izquierda

R. Es una idea fascinante. Pero creo que la clave es más sencilla: en EE. UU. una de las grandes causas de todo lo que se está viviendo es el brutal nivel de corrupción existente, nunca se había visto algo así. Sí, siempre ha habido corrupción, con los grandes barones del robo durante la construcción del ferrocarril, por ejemplo. Pero incluso con ellos, al final de todo había un petróleo, un ferrocarril, un producto último, desempeñaban un papel en la Historia. Pero estos otros de hoy, este 1% de la población que roba así, no tienen precedentes, nunca nadie ha robado tanto y, encima, con el apoyo de la legislación. Ellos destrozan el país con sus bonos e hipotecas basura…

P. Zygmunt Bauman habla del vacío de sentido y función de universidades, gobiernos, estados del bienestar…

R. No conozco la obra Bauman, pero EE. UU. nunca ha tenido un estado del bienestar. ¿Las universidades? Políticamente no hacen un buen papel en ningún país. Y, encima, ahora el liberalismo les ha rebajado el nivel intelectual. Cuando estudiaba Derecho, solo había dos notas: o pasabas o no pasabas. Ahora, cuestiones económicas a un lado, dicen: “No vamos a permitir que nadie que haya llegado hasta aquí vaya a fracasar”; el nivel universitario es más bajo en parte por culpa de una política de izquierdas mal entendida.

P. ¿Se considera más escritora o activista?

R. Mucho más escritora. Me dijeron una vez que yo vivía un conflicto entre esas dos pasiones, aunque era claro que no era una activista. Es evidente que algunos temas colectivos me enloquecen, pero soy muy moderada, si bien no lo parezco. El problema es que el péndulo social se ha ido tan a la derecha que al haberme quedado yo donde estaba parece entonces que sea de extrema izquierda.

P. Como novelista, pues: es sorprendente que escribiera ya en los 70 con ese estilo tan fragmentario y entrecortado, de una modernidad aplastante. ¿Qué leyó para pensar que eso podría funcionar? ¿No se había formado usted con los grandes clásicos?

R. El núcleo de mi obra es esa dualidad. Yo narro una historia, quiero ir en cierta dirección, todo objetivo narrativo es una historia que empieza en a, para seguir por b, c… Pues bien, luego me encuentro a mí misma cortando, suprimiendo los conectores de la historia, y eso me ocurrió desde el primer momento y constantemente. Aun hoy me sucede...

P. ¿Le influyó alguna lectura?

Con el estilo moderno nunca puedes capturar el sentimiento real; no puedes llorar cuando lees a Proust o a Kafka o a Joyce; puedes llorar con Dickens, pero no con aquellos

R. No lo había visto antes, la verdad. Pero es que ni pretendía hacerlo así. Quizá esos breves fragmentos de Kafka… Pero tampoco era eso, ni lo quería imitar. ¿Por qué cortarlas, entonces? Cada vez eran razones distintas: una historia demasiado larga y cierta pero que se hacía demasiado absurda aunque fuera cierta; en otro caso, porque era demasiado evidente hacia dónde conducía… Pero, contrariamente al aspecto que presenta, no cualquier fragmento puede ir en cualquier sitio. Tienen una relación mutua: no se trata de barajar un mazo de cartas…

P. Llama la atención que la extrañeza y el terror de la vida que explica en sus novelas, la modernidad formal y de fondo, las angustias de sus personajes, sigan siendo las de principios del siglo XXI. ¿Ahí reside el éxito de su revival?

R. No lo sé. Quería hacer cierto tipo de ficción y me encontré escribiendo algo muy distinto. Quería hacer cosas cada vez más literalmente ciertas… Estaba intentado hacer las cosas bien, de un modo que no había hecho bien como periodista porque nunca fui una buena periodista. Pero es extraño que me diga eso. El problema con el que me enfrenté en Lancha rápida y Oscuridad total aun hoy me persigue: con el estilo moderno nunca puedes capturar el sentimiento real; no puedes llorar cuando lees a Proust o a Kafka o a Joyce; puedes llorar con Dickens, pero no con ellos porque son un callejón sin salida en relación hacia dónde va la novela, no hay expectativas de hacia dónde se encaminan sus personajes, es difícil que les ames, te gusten o te disgusten. Todos son elementos que conducen a emociones que no son la rabia o el miedo o el amor. Yo siempre he intentado acercarme al máximo al sentimiento real, esa es la diferencia. Si hoy alguien detecta en mis personajes esos temblores ya es un gran éxito para mí. Yo temía que con el estilo moderno no te podrías acercar al sentimiento verdadero. Mis libros pueden parecer historias fragmentadas, enloquecidas, desorbitadas, sí, pero a mí me llegan muy cerca, describen mi vida. El estilo moderno, para mí, no ha sido un obstáculo.

P. Usted criticaba en los 70 ese bloqueo sentimental y hoy hay un exceso y una mercantilización brutal del sentimiento.

Los de hoy son sentimientos totalmente falsos;  el sentimiento se ha mercantilizado: puede funcionar igualmente, claro, puedes llorar y conmoverte, pero esos estremecimientos, hoy, no son reales

R. Se ha dado la vuelta a la tortilla del todo. Ya no es el sentimiento en el sentido en que un escritor lo ha utilizado siempre. En el pasado, en una novela, el lector se podía olvidar del autor, veía reflejados sus intereses, creía ver su propia historia. El sentimiento que vemos hoy no es el del lector, son todos sentimientos muy impostados. Los autores serios, como Henry James, nunca han buscado eso porque tenían una gran historia que contar… Es curioso, porque lo que marca la diferencia entre una buena obra y la que no, a mi entender, es si confiesas tus verdaderos sentimientos. Los de hoy son sentimientos totalmente falsos. Le Carré es una gran excepción… Sí, el sentimiento se ha mercantilizado: puede funcionar igualmente, claro, puedes llorar y conmoverte, pero esos estremecimientos, hoy, no son reales.

P. ¿Mantendrá eso en la tercera novela que está escribiendo?

R. En ese sentido, tendrá el mismo tono; será más pareja a Oscuridad total, o sea, quizá un poco más convencional… Bueno, convencional a mi modo, ya me entiende, ¿no?

Regístrate gratis para seguir leyendo

Si tienes cuenta en EL PAÍS, puedes utilizarla para identificarte
_

Sobre la firma

Carles Geli

Es periodista de la sección de Cultura en Barcelona, especializado en el sector editorial. Coordina el suplemento ‘Quadern’ del diario. Es coautor de los libros ‘Las tres vidas de Destino’, ‘Mirador, la Catalunya impossible’ y ‘El mundo según Manuel Vázquez Montalbán’. Profesor de periodismo, trabajó en ‘Diari de Barcelona’ y ‘El Periódico’.

Normas

Más información

Archivado En

Recomendaciones EL PAÍS
Recomendaciones EL PAÍS
Recomendaciones EL PAÍS
_
_