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OPINIÓN

La resistencia al cambio

Es un momento de tránsito muy distinto al de la Transición. Existe un régimen asentado que

se opone. No hay una maduración social de la transformación

1. Tanto ridiculizar a los nacionalismos periféricos por su obsesión identitaria, pero a la hora de la verdad los políticos españoles se comportan como catalanes. Mariano Rajoy a la hora de buscar aliados para formar gobierno sólo ofrece la unidad de la patria y la soberanía nacional como bases de partida para la negociación y Susana Díaz, campeona en la defensa del statu quo bipartidista, apela a la alianza PP-PSOE para combatir a aquellos “que intentan dividir España”. Esta apelación a las esencias nacionales tiene una cuádruple funcionalidad: Permite dar una larga cambiada a las diferencias programáticas entre unos y otros: por encima de todo somos una misma cosa (lo hemos visto en Junts pel Sí, donde el perfil de Convergència i d’Esquerra se ha ido desdibujando en nombre del bien superior). Edulcora la razón principal de la coalición soñada: la salvación del régimen bipartidista, porque los que durante años se han considerado propietarios del régimen tienen todo el interés en que se mantenga. Ayuda a disimular las coincidencias en el campo político y social, que pueden ser incómodas para una parte de los respectivos electorados. Y excluye, de entrada, a aquellos que han abierto brechas en las murallas del castillo: la izquierda de podemita y el soberanismo catalán. En este punto, Rajoy ha aprendido de Mas que no quiso dejar fuera a la CUP desde el primer instante y ahora lo está pagando.

2. Los consensos acostumbran a ser posibles cuando hay un acuerdo implícito de amplia base en la sociedad. Estos días se evocan con nostalgia los acuerdos de la Transición para apelar a los líderes políticos a recuperar aquella pulsión por el entendimiento. Sin entrar a evaluar ahora aquel proceso, que tuvo grandes luces, pero también sombras que se han proyectado hasta ahora, en aquel momento se partía de un objetivo ampliamente compartido: la construcción y consolidación de un régimen democrático homologable, bajo el peso de un poderoso superego colectivo, el tabú de la Guerra Civil. ¿Cuál es en este momento el denominador común socialmente aceptado? La regeneración de un régimen gastado debería ser una prioridad a explorar: pero las resistencias de los dos principales partidos, beneficiarios de este sistema, serán muy grandes. Atenuar las políticas de austeridad y reparar las fracturas creadas por ello es una urgencia, pero las resistencias del mundo económico serán muy poderosas y el PP sigue instalado en la sumisión absoluta a la ortodoxia. Las prisas en excluir a Podemos de cualquier combinación son significativas. En fin, el rechazo radical a la propuesta de referéndum para resolver la cuestión catalana, descarta la posibilidad de construir puentes en esta dirección, PP y PSOE siguen sin otro programa que esperar que el independentismo decaiga por agotamiento. Es momento de tránsito muy distinto de la Transición. Hay un régimen asentado que se resiste. No hay una maduración social del cambio. Por eso un pacto de amplio espectro es difícil. Un pacto alternativo no suma. Y un pacto entre los grandes suena a mudanza lampedusiana.

3. Ante esta situación se repite estos días una cierta evaluación pragmática del voto: el pueblo no vota, vota el ciudadano. Y éste, una vez emitido su voto, es un número. A los políticos corresponde encontrar la combinación adecuada de estos números. A base de enfriar tanto la política se corre el riesgo de dejarla sin sentido. Y el sentido es necesario para la representación. No podemos dar vacaciones a la razón valorativa. No todos los proyectos son iguales, todos son susceptibles de crítica, y no forzosamente todos son compatibles entre sí. No olvidemos que la política es lucha por el poder, siempre tendrá una dimensión de confrontación. Hay una cierta disposición numérica al cambio, pero los ciudadanos no han encargado a nadie en concreto llevarlo a cabo, a diferencia de lo que ocurrió, por ejemplo, en el 82. Esta vez el voto ha cambiado los hábitos del sistema: no hay un mando predeterminado. Hay que buscar acuerdos, pero cargados de respuestas concretas y con sentido. No podemos arrastrar a la política a la lógica mercantil en que, como dice el liberal Vittorio Hossle, sabemos “el precio de todo pero el valor de nada”. La política no puede ser ajena al valor, por mucho que en este juego gobernar sea lo único que importe. ¿Gobernar, para qué?