Crítica
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El arte del lamento

El Festival de Torroella de Montgrí propicia el debut en España de la soprano Anna Prohaska, la nueva estrella del canto

Adelantándose a Barcelona, en donde cantará en diciembre, el Festival de Música de Torroella de Montgrí se apuntó un importante éxito al presentar el debut en España de Anna Prohaska, uno de las voces jóvenes más insistentemente reclamada por teatros, directores y festivales tanto en el ámbito de la música antigua como en el de la contemporánea.

La soprano austriaca de origen alemán, que llegó a Torroella de Montgrí procedente del Festival de Salzburg en donde cantó hace pocos días, actuó acompañada por un competentísimo grupo instrumental, el Ensemble Arcangelo, liderado desde el clavicémbalo por Jonathan Cohen.

El programa era insólito: arriesgarse a empezar un concierto con una versión para arpa y laúd de una de las pavanas Lachrimae de John Dowland, una de las mayores y más intensas destilaciones musicales de la melancolía, pura tristeza hecha música, es toda una declaración de principios. Quedaba claro que el concierto no iba a ir de frivolidades y devaneos.

Con un gran conocimiento del estilo, una voz hermosa, muy bien controlada tanto en la respiración como en la emisión y que conserva intacta toda la ligereza y agilidad de la juventud, Prohaska viajó por dos de las mejores culturas musicales del siglo XVII, la italiana y la inglesa y abundó, especialmente por el lado inglés, en uno de las emociones que mejor dominó la música del período isabelino: el lamento de amor, el arte de dar existencia musical queda, íntima, ensimismada, desolada, a la pena de amor en sus diferentes formatos de pérdida, recuerdo o añoranza.

Flow my tears (Fluid lágrimas mías) de Dowland, la canción que abrió la segunda parte y cuya prodigiosa, doliente, melodía descendente proporcionó el tema de la citada Lachrimae que había abierto el concierto, constituyó, junto a O let me weep (Oh, déjame llorar) de Purcell, otro campeón del arte del lamento, el punto álgido del concierto.

Con el intercalado de piezas instrumentales de Dowland, Purcell, Salomone Rossi o Doménico Scarlatti (extraña excursión al siglo XVIII) interpretadas muy convincentemente por el Ensemble Arcangelo que permitían a la soprano descansar y recuperar la voz, Prohaska se acercó a través de obras de Tarquinio Merula, de Francesco Cavalli, de Giovanni Felice Sances o de la compositora Barbara Strozzi a otras emociones, otros dolores, otros placeres, pero en donde encontró su mejor voz, su expresión más intensa y convincente fue en el lamento de amor, uno de los ámbitos más fértiles —quizá por estar regado con lágrimas— de la poesía y de la música.

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