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OPINIÓN

El disparate de la Lomce

La ley de Educación sigue en marcha con su hostilidad desacomplejada hacia los estudios humanísticos, dispuesta a humillar la tradición literaria y filosófica

Desde hace unos años ha calado la idea de que hemos ido aprendiendo cosas de economía que nunca hubiésemos llegado a imaginar. Nos hemos leído artículos, informes, prescripciones y balances como jamás lo hubiésemos hecho y hemos creído incluso que podíamos tener alguna idea de lo que significa en torno al 2% del PIB de Europa, o algo por el estilo. No es verdad, es una falacia de ilusionistas, y los más prudentes nos hemos limitado a leer en este periódico a Xavier Vidal-Folch, disfrutando con columnas tan contundentes como increíblemente inteligibles, y a menudo a algunos más, consagradísimos economistas como Anton Costas o, más a la estupenda, Paul Krugman y Joseph Stiglitz. Ellos nos ratifican la ilusión de haber entendido algo de la crisis, los problemas de la deuda, la pública y la privada, y un etcétera generalmente corto.

Lo formidable es que ante el drama griego (gente pobre aceleradamente empobrecida) también nos han ayudado, y ahora me acuerdo sobre todo de Stiglitz. Ya no es necesario apelar al propio sentido común (desinformado y banal) ni siquiera escuchar a los economistas que invita el Gran Wyoming, ni hace falta únicamente conjeturar a solas que todo es un inmenso disparate. Cuando Stiglitz sugiere un interés político en la dureza negociadora de los poderes europeos no está haciendo un análisis económico, cierto, sino político.

Sin embargo, la base de su análisis político es precisamente el análisis económico y la irresponsabilidad flagrante de los hoy acreedores a la hora de prestar dinero y hacer negocios. Que nadie me crea: no tengo ni idea. Pero se parece a lo que dice Stiglitz que ha pasado después de que el mismo Stiglitz y otros digan una y otra vez que los últimos seis años de aplicación de las políticas europeas contra el despilfarro, la indolencia y la majadería griega han llevado al país a indicadores propios de las zonas de guerra o catástrofes mayúsculas.

No hay comparación posible entre Grecia y las crisis políticas que ha ido desatando con denuedo José Ignacio Wert

No hay comparación posible entre Grecia y las crisis políticas que ha ido desatando con denuedo José Ignacio Wert, con la abstención mediática de su segundo en el ministerio, José María Lassalle, un hombre de otras maneras, otra afectividad e incluso otra sensibilidad dentro de la derecha o la derecha de centro. El relevo del ministro por razones sentimentales ha dado paso en el cargo no a su segundo Lassalle, como algún ingenuo pudo pensar, sino a alguien que todos los retratos de urgencia dejan muy favorecido, Íñigo Méndez de Vigo, veterano y fiable pero en tránsito hacia el fin de año.

Y sin embargo, la Lomce sigue en marcha con una desacomplejada hostilidad contra los estudios humanísticos, dispuesta a la humillación de la tradición literaria y filosófica, reventona de orgullo por dejar en dos horas semanales el estudio de las literaturas en comunidades bilingües, que acaban dedicadas a la lengua, y sobre todo delatora cuando elimina esas materias tontorronas, quijotescas, valleinclanescas, planianas, goytisolianas o ferlosianas de las pruebas de acceso a la universidad, como si animasen así a los chavales a creer que es de veras una grandísima pérdida de tiempo abrir en el iPad o en la tablet un ensayo de Ferlosio, una novela de Goytisolo o un poemario de Gil de Biedma: vaya chorrada, si ni siquiera puntúa.

Esa aprensión privada está entre profesores solventes que hoy viven con estupor la llegada de la nueva legislación. Cuando lo dicen en público —por ejemplo en el documento titulado ¿Adiós a la literatura?, firmado por Carlos Alcalá, Teresa Barjau y Joaquim Parellada— lo hacen con una argumentación impecable y sin alarmismo de tronío y pandereta porque denuncian un fondo terco: la vejación que la derecha catalana y española en el poder ha aplicado a la tradición humanística clásica y moderna y el desprecio por el placer y la risa de leer a sabios sin corbata, desmelenados o rapados como skins, con manchurrones por todos los sitios, bebedores y procaces, o prudentes y metódicos, y hasta perdularios y delincuentes.

De eso nada, monada, dicen Wert y su ley a quienes vivimos aún en la anacronía de creer que en la literatura y el pensamiento hay placer y saber, o mejor, placer y placer, que es la forma exaltante de saber. Confiemos en que alguien pare el disparate, y si son Íñigo Méndez de Vigo y José María Lassalle, todavía mejor, por hacerlo cuanto antes.

Jordi Gràcia es profesor y ensayista