Crítica
Género de opinión que describe, elogia o censura, en todo o en parte, una obra cultural o de entretenimiento. Siempre debe escribirla un experto en la materia

Vivaldi en libertad

La violinista moldava Patricia Kopatchinskaja toca descalza y se mueve sin cesar

El sentido de la improvisación es un valor supremo en el arte de la violinista moldava Patricia Kopatchinskaja. De hecho, toca el violín de un modo distinto, único —no acepta clichés ni tradiciones que coarten su libertad como intérprete—, jugando con su propia energía física para producir el sonido; toca descalza y se mueve sin cesar, con un sentido teatral del gesto, divertido e histriónico, que acapara la atención del público. Seduce a muchos, pero también irrita a otros con una personalidad tan desbordante en la que los aciertos conviven con los excesos. Y en su regreso al Auditori—donde debutó en 2011 tocando con la OBC una fulgurante versión del Concierto núm. 1 de Béla Bartók— ha explorado el universo concertante de Antonio Vivaldi con absoluta libertad y la complicidad de Giovanni Antonini y esa máquina barroca de asombrosa vitalidad que es Il Giardino Armonico.

IL GIARDINO ARMONICO

Patricia Kopatchinskaja, violín.

Giovanni Antonini, flauta

y dirección.

Auditori, 5 de junio

Curiosamente, Vivaldi no siempre sonaba a Vivaldi, fruto de la fantasía sonora de una violinista que nos abrió de par en par las puertas de la imaginación sonora al combinar en el programa tres conciertos del catálogo vivaldiano con dos piezas para violín solo escritas más de dos siglos después; L´Âme ouverte, de Giacinto Scelsi (1905-1988) y Capriccio núm. 2, de Salvatore Sciarrino (1947). Kopatchinskaja nos enseñó que las fronteras temporales se desvanecen cuando la experimentación y la búsqueda de nuevos efectos actúa como nexo de unión de los tres compositores italianos. No fue un Vivaldi al uso, sino revisitado por una artista que en la pieza de mayor bravura, el Concierto en re mayor, RV 208, Il Grosso Mogul, aprovechó el espacio abierto a la improvisación para darle acentos, ritmos y colores muy próximos a la música romaní, una de sus pasiones.

Para los amantes del barroco más puro, Antonini brilló como flautista en dos piezas, el Concierto en fa mayor de Giuseppe Sammartini y el famoso Concierto en do mayor para piccolo, RV 443 de Vivaldi. Curiosamente, la interpretación de mayor claridad, precisión y virtuosismo orquestal de la velada no fue una obra para lucimiento solista sino un festín colectivo, el Concerto grosso núm. 12, La follia, de Francesco Geminiani; aquí Il Giardino Armonico nos dejó con la boca abierta.

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