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Castellón después de Carlos Fabra

El exdirigente del PP afronta el ingreso en la cárcel abandonado por los suyos

Su sucesor en la Diputación provincial ha desmontado todo su legado

Un grupo de jubilados, de visita en las obras del aeropuerto de Castellón, se acerca a saludar a Carlos Fabra en 2011.
Un grupo de jubilados, de visita en las obras del aeropuerto de Castellón, se acerca a saludar a Carlos Fabra en 2011.

Más de mil personas acudieron a la cena homenaje organizada en honor a Carlos Fabra en julio de 2005, entonces presidente el PP provincial y de la Diputación de Castellón, poco después de que la Agencia Tributaria presentara una denuncia por presunto delito fiscal. La cena fue un éxito de convocatoria. No faltaron ni la cúpula del PP provincial de Castellón ni representantes del Gobierno valenciano. “A tu lado somos muchos”, le dijo una popular presentadora de la televisión local y promotora de la cena en un discurso cargado de admiración. El pasado martes, la víspera en la que recogió su orden para entrar en prisión y cumplir una condena a cuatro años de cárcel por cuatro delitos contra la Hacienda Pública, quien fue el cacique plenipotenciario de la provincia comió en un conocido restaurante de La Plana. Apenas tenía compañía. Los asistentes se podían contar con los dedos de una mano. Su pareja y diputada provincial, Esther Pallardó; el presidente del puerto, Juan José Monzonís, y el exsubdirector de Castellón Cultural, Vicente Farnós, eran los más conocidos. Otros se apresuraron a explicar que no habían ido a la comida, sino que tan solo habían coincidido en el restaurante.

“Si los suyos le hubieran querido organizar una despedida él no lo hubiera permitido”, explica una persona de su entorno. Tampoco hubieran podido. El todopoderoso Carlos Fabra, aquel a quien todos bailaron el agua, ya no existe como tal. Su imperio se ha desmoronado desde que abandonó la presidencia del PP en Castellón. Su ingreso en prisión —esta noche está previsto que duerma en la cárcel— llega tras haber sido desahuciado social y políticamente.

El desdén de los socios le ha hecho dejar la presidencia del club de golf

Fabra dejó de ser presidente de la Diputación en 2011, un año después dejó la presidencia del PP en la provincia, abandonó la presidencia del aeropuerto cuando se abrió juicio oral en marzo de 2013 y su condena hace un año le obligó a marcharse de la Cámara de Comercio —donde utilizaba su cargo como secretario general para seguir proyectándose políticamente— y dejar el puesto de consejero del puerto, un puesto público que se resistió a abandonar una vez condenado. Pero se fue sin ningún reproche público de los empresarios, pese a que había sido condenado por evadir 700.000 euros en impuestos por ingresos sin justificar de 1,9 millones de euros entre 1999 y 2004. Tan solo “fuentes ocultas” explican sus ganancias, señaló el Tribunal Supremo.

El exmandatario también tuvo que marcharse de la presidencia del Club de Campo del Mediterráneo (el club de golf que fundó su padre), por las deudas contraídas y la pérdida del apoyo de los socios. Apenas iba ya por el desdén de los socios.

“En 2004 tuve que reunirme con él en la Diputación, hablamos de política y me dijo: ‘En política no se dejan heridos, se dejan cadáveres’; y esta filosofía continúa. Es lo que han hecho con él”, explica el portavoz de Compromís en la Diputación, Enric Nomdedéu. Javier Moliner, su sucesor en el PP y la Corporación provincial, a quien Fabra eligió, se ha encargado de desmontar todo su legado. Ha acabado con eventos marca Fabra como la corrida de la beneficencia, el Máster de Golf, ha cerrado empresas públicas creadas por él, ha echado a fieles asesores y ha establecido un cerco político para que nadie pueda decir que apoya a quien fue su mentor.

“Cortesanos ha tenido muchos, recuerdo a los asesores diciendo lo que estarían dispuestos a hacer por él, era un vasallaje, hay gente que solo necesitaba ser su amigo. La pregunta es, ¿quién no le ha dado la espalda?”, se pregunta Francesc Colomer, el portavoz socialista en la Diputación que sufrió durante años sus desaires.

Carlos Fabra se siente traicionado por la gente que colocó durante años

Las mediáticas apariciones, el respaldo ciudadano, los besamanos y los piropos espontáneos han dejado lugar a la soledad. Algunos recuerdan cómo, en mayo de este año, en el funeral de Miquel Soler, un concejal del PP muy apreciado, Carlos Fabra acudió con Esther Pallardó. Se quedó de pie en un lateral, en una zona visible para todos, y solo la diputada y exsecretaria provincial del PP Marisol Linares fue a su lado. La soledad también se nota en el ámbito más privado. Apenas nadie le dirigió la palabra cuando entró en una conocida librería a comprar los libros de inglés de un curso de la Cámara de Comercio.

“Está muy dolido y lo que le ha afectado, casi más que la condena, es que se ha sentido traicionado por la gente que él ha colocado, a él le deben alcaldías, trabajos… Es lo que no le deja dormir”, asegura una persona de su entorno en referencia a Moliner, que prohibió públicamente que se firmase a favor de su indulto, y al presidente de la Generalitat, Alberto Fabra, que ahora recurre al ingreso en prisión de Carlos Fabra para decir que “la justicia es igual para todos”.

Este afín a Carlos Fabra asegura, no obstante, que el apoyo se hace en privado y que son muchos los que le han mandado mensajes. Pero lo cierto es que la mayoría de vecinos han pasado del “ha hecho mucho por Castellón” al “si lo ha hecho, que lo pague”.

“Al final ha sido víctima de su táctica de dilatar la causa, porque su caso se ha resuelto en un momento hartazgo”, dice Nomdedéu. Tanto que hoy es posible escuchar frases como: “Soy amigo personal de Carlos, pero creo que debe ir a la cárcel”.

Carlos Fabra tiene de plazo hasta hoy para entrar en prisión. Deja como legado el Hospital Provincial —que le valió como granero de votos cautivos— y el controvertido aeropuerto de Castellón, el más criticado de España.

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