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OPINIÓN

Una universidad plural

¿Hace el Estado lo suficiente para proteger y fomentar la variedad cultural considerándola como una fuente de riqueza identitaria?

En marzo de 2009 el Aula de Poesía de la Universitat de València organizó un acto con Xosé Luis Méndez Ferrín, poeta gallego, crítico literario, profesor, miembro de la Real Academia Galega (por aquel entonces) y militante político nacionalista desde los últimos años del Franquismo. Méndez Ferrín, con una voz rotunda y con una lengua misteriosa, nos habló aquella tarde de Maquieiro y nos recitó unos versos que 10 años antes, en 1999, habían sido la razón de su candidatura a Premio Nobel de Literatura. Ni antes ni después volvimos a escuchar un solo verso de Méndez Ferrín en nuestros itinerarios de grados y posgrados en filología. Podrá adivinarse, por lo tanto, el abismo que mediaba entre la emoción de aquel descubrimiento y el desconocimiento general que nosotros teníamos de su poesía, de su nombre y de su lengua. Un abismo por el que todavía hoy se pierde buena parte de nuestra cultura, y que solo a veces parece salvarse gracias al azar.

¿Es España un país con distintas culturas, distintas tradiciones, distintas lenguas? Es una pregunta cuya respuesta es evidente. ¿Hace el Estado lo suficiente para proteger y fomentar la variedad cultural considerándola como una fuente de riqueza identitaria? Aquí empiezan los problemas. Antes de dar una respuesta tajante, desde la universidad deberíamos mirar hacia dentro. Entre el tipo de país que tenemos y el tipo de Estado que gestiona esa realidad multilingüe, existen unas universidades que de algún modo han estado mirando hacia otro lado.

Los estudios de filología, tradicionalmente de lengua y de literatura, quedaron configurados bajo una misma identificación lengua-nación-cultura. Estudiar filología significaba aprender no solo la estructura de una lengua, sino también la estructura de pensamiento y de modo de vivir de una comunidad concreta. La literatura servía, como sabemos, para construir los mitos fundacionales de un Estado, para representar un territorio que se consideraba único, unitario y diferente al resto de territorios vecinos, y el estudio de la lengua servía como base científica para el reconocimiento de estos límites nacionales. El estudio de la lengua y de la literatura servía para legitimar un determinado poder y afianzar una determinada clase hegemónica. En los planes de estudio universitarios, por lo tanto, existía a la vez una vocación científica y una voluntad nacional. ¿Qué ocurría con los Estados dentro de cuyas fronteras se hablaba más de una lengua? La identificación lengua-nación-cultura se rompía. No es nada nuevo, y no estaba del todo mal: al fin y al cabo, la universidad desde sus fundamentos modernos no pretendía ser el reflejo de la realidad de un país, sino la institución que diseñara y construyera precisamente ese país.

En una época donde deberemos resolver asuntos de Estado, es saludable preguntarse dónde estaba la universidad en el debate público. Por ejemplo, ¿en cuántas universidades españolas se puede estudiar hoy catalán, vasco o gallego? En el año 2008, antes de la crisis económica, había estudios de catalán en 11 universidades españolas (fuera del ámbito lingüístico catalán, obviamente). El número contrastaba con las 27 universidades alemanas donde se podía estudiar catalán, las 23 británicas, las 19 norteamericanas, las 18 italianas o las 17 universidades francesas. Tras la crisis económica, como podemos imaginar, el número se ha visto reducido considerablemente: 20 en Alemania o 13 en Italia. Entre otras razones, porque estos estudios vienen financiados en el exterior por institutos como el Ramon Llull de cultura catalana o el Etxepare de cultura vasca, financiados a su vez por las respectivas Comunidades Autónomas, y no directamente por el Estado español, como sí hace por cierto con el Instituto Cervantes. En el caso del euskera, son 27 los lectorados y 16 los países que acogen estudios de lengua y cultura vasca en todo el mundo, y solo 4 universidades españolas las que ofrecen estudios de lengua y literatura dentro de sus programas. También en el caso del gallego hay 27 lectorados en 14 países (y no existe el Instituto Rosalía de Castro), mientras que en España solo se puede estudiar en 9 universidades. Cifras oficiales.

Pero no es (solo) un problema de cifras, la pluralidad (o su negación) es un problema de voluntad. La apertura de lectorados en el exterior tiene un sentido claro: enseñar la lengua y la cultura gallega, catalana, vasca o española. Sin embargo, la implantación de estudios de lenguas minorizadas (cooficiales) en España debería tener un sentido más allá del sentido que tiene en el exterior: garantizar la convivencia entre culturas y contribuir desde la educación al respeto a la diversidad del país, que es otra forma de cuidar la democracia.

“M'aclame a tu, mare de terra sola. / Arrape els teus genolls amb ungles brutes. / Invoque un nom o secreta consigna, / mare de pols, segrestada esperança”. Vicent Andrés Estellés, uno de los poetas valencianos más importantes del siglo XX, puede perfectamente desaparecer de la “tradición” dentro de estudios literarios desarrollados en Valencia. ¿Cómo es posible que una filología como la española, pongamos por caso, esconda buena parte de la cultura que se manifiesta diariamente? ¿Importa más Jorge Manrique? No es siquiera “otra” cultura, sino una misma que combina diferentes lenguas. Entender la filología siguiendo la identificación lengua-nación-cultura, pensando que las tradiciones nacionales no entran en contacto y en conflicto, cuando no en complejas combinaciones, es negarnos lo que somos y despreciar nuestra riqueza.

La universidad no es el reflejo de un país sino su principal motor de construcción, por eso debería trabajar por una mayor integración de programas y valorizar y promocionar sus culturas. Solo así podrá celebrar su multiculturalidad. De otro modo, no se entendería que un poeta nacido a 10 kilómetros de casa se sienta como ajeno frente a un autor nacido a cientos de kilómetros y a 5 siglos de nuestros días.

España no será un país plural si antes no lo son sus universidades. Y son las universidades las que deberían adelantar soluciones a los problemas de Estado que debe resolver la política.