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El ‘quadern gris’ del señor Regós

Valentí Puig regresa a la novela con ‘La vida és estranya’, falsas memorias de un hombre refugiado en el pasado

El escritor y periodista Valentí Puig.
El escritor y periodista Valentí Puig.

A Valentí Puig (Palma de Mallorca, 1949) siempre le ha gustado mirarse la vida con más raciocinio que acción, quedamente, un poco lejos del mundanal ruido y con un punto de culta retranca, como su admiradísimo Josep Pla, al que ha estudiado del derecho y del revés (L’home del abric; Diccionari Pla de Literatura…). En buena parte, la suma de un homenaje a El quadern gris del genio ampurdanés, con ligeras pinceladas de su propia cosmovisión, dan algunas claves de La vida és estranya (Proa), la última novela de Puig tras Barcelona cau (2012).

“Nunca había osado escribir un libro de ficción en primera persona por una cuestión de autoindulgencia”, asegura el autor para explicar el formato de la obra: las falsas memorias de Oleguer Regós, alguien que no ha trabajado nunca, que malvive del legado que le dejara una familia ligada al carlismo y que de lunes a viernes se está en la calle Petritxol de Barcelona mientras los fines de semana se traslada a su casa de Tossals, pueblo ficticio en la interior, pero no menos ficticia, Conca de Corema.

Idiosincrásico en el autor de Somni delta, nada es gratuito. El ir y venir de la capital al pueblo recuerda los trayectos entre la misma ciudad y la Palafrugell natal de Pla de su famoso dietario; la calle Petritxol es una manera de poder ver “la Barcelona aditiva, orgánica, frente a la Barcelona pensada, geométrica, que hay de la Diagonal para arriba”; y el pueblo no deja de ser una traducción de “la fascinación que siento por una Catalunya profunda que está perdiendo su perfil antropológico e incluso moral” y que el lector ve filtrado a través de la tertulia del café de los domingos. Le pasa a Regós un poco los mismo que a Frederic de Lloberola, el protagonista de la sagarriana Vida privada : la memoria y el tiempo de una manera de entender el mundo que se ha evaporado. Que venga de una familia carlista (“gente de una sola pieza, nada oportunistas, de tradiciones atractivas pero representantes de un mundo perdido”) refuerza la nostalgia de parte de un tiempo pasado en algunas cosas mejor.

Regós es, como Puig, un observador del presente, por lo cual la novela, situada en 2012, no deja de ser también un testimonio de “la transformación de la Barcelona como ciudad industrial a una de servicios”. Y con ella, la inevitable crisis y la corrupción que está salpicando la sociedad catalana, fenómeno que en la obra encarna el mecenas nacionalista Befàs, que acaba en la prisión de Can Brians. “Pujolea, pero escribí todo esto cuando el expresidente aún no había confesado su fraude fiscal”, admite quien, como periodista, se entrevistó diversas veces con Pujol y trató de cerca a Félix Millet cuando estaba al frente del Palau de la Música.

“Soy crítico con Cataluña como lo podría ser con Sicilia o Massachussets; Befàs encarna la idea de que todo decae, y también la figura de grandes patricios o mecenas que en realidad son unos impostores, especuladores, blanqueadores que hacen la limpieza del sistema de financiación de los partidos con total impunidad”.

“Simpatizante del catalanismo clásico”, “conservador de centro”, quizá como su personaje atrapado entre un pasado “que es un engaño seguramente por haberlo idealizado” y un presente “agresivo, que cambia muy deprisa y en el que se pierden valores”, en muchos casos gracias a la labor de zapa de la televisión (“la imagen fungible se sobrepone a la verdad y a la realidad”), Puig también se sabe un poco ajeno a la literatura de hoy. “Estoy empachado de la literatura catalana; hoy no hay grandes maestros como los hubo en los 60; y en La Renaixença o durante el Noucentisme también se vivió con más plenitud que ahora”.

Es consciente, pues, de que las suyas son novelas que se mueven más en la reflexión que en la acción, pero contar grandes historias, tipo Stevenson o Dumas, “eso lo hace hoy ya muy bien el cine o las series de televisión; en cambio, la profundidad psicológica de los personajes, historias con un punto de ensayo, eso no puede recogerlo lo audiovisual, y esa novela que no puede ser llevada al cine es la que me gusta”.

No duda el autor de La gran rutina (que tiene terminado un poemario y un dietario de 1986-1989, continuación de Rates al jardí) que la conexión sociedad y mundo libresco “se está debilitando: el público lector no se renueva, se extingue y queda apenas una minoría culta”. ¿Resultado? ““Una pérdida de la capacidad de autocrítica de una sociedad, con una consecuencia angustiosa: entonces faltan ideas e ideales, como el de la integridad o el concepto del bien común”. Moraleja: “Empiezas con si una factura la quieres con IVA o sin y acabas construyendo un aeropuerto donde no hay aviones". Lo dice Puig, pero lo podía haber escrito Regós en su particular quadern gris.