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Otro idioma

El lenguaje es muy traicionero, porque una vez que se mete en tu cabeza, empiezan a aparecer los lugares comunes

Hay gente a la que le dan miedo los ascensores, por si se estropean. Bueno, el mundo ya está estropeado. A mi lo que me asusta de verdad son las frases que ni suben ni bajan.

Hace unos meses en un programa trending topic de La Noche sin tregua salieron dos humoristas haciendo un recopilatorio completo de frases 0,60. O sea, expresiones de menos de un euro. El blanco combina con todo; los gays son supersensibles; la dieta mediterránea es la más sana; el rey Juan Carlos es muy campechano… Frases baratas, gastadas como los zapatos de un vendedor a domicilio, usadas por activa y por pasiva, en los ascensores, en los tanatorios, en la consulta del dentista… Frases para salir corriendo de la barra del bar del último otoño, no vaya a ser que alguien te declare su amor con palabras que están muertas.

El lenguaje es muy traicionero, porque una vez que se mete en tu cabeza, empiezan a aparecer los lugares comunes. Hay otros mundos, pero están en éste. 0,60. Esta brisa se agradece. 0,60. Los negros llevan el ritmo en la sangre. 0,60. La sopa entona. 0,60. Esperar a la reina de Saba a la puerta de un cine. Eso no es 0,60.

El discurso político está construido íntegramente en base de oraciones gramaticales de usar y tirar. Porque está visto que de lo primero que se quita la gente en tiempos de crisis es de la filología. Un titular de la semana pasada rezaba por ejemplo: Los países europeos convocan una cumbre para impulsar la economía.

¿Cuántas veces hemos oído la misma cantinela? ¿Qué quiere decir “impulsar la economía”? ¿Hasta dónde se puede entender esa noticia desde el humilde rincón de nuestra inteligencia sin echarnos la mano a la cartera? No es que la frase esté mal construida, ni que peque de excesivamente trascendente, es que se desmorona por todas partes como el trencadís del Palau de les Arts. Las vocales y las consonantes no están por la labor, se vienen abajo. Desisten. Se tiran al suelo.

Ya sabemos que la política es el arte de impedir que la gente se ocupe de lo que verdaderamente le importa, pero tampoco se puede abusar. Creo yo.

Sin embargo, a veces, muy pocas, una tiene la impresión de oír algo distinto, que no suena otra vez a una derrama por obras. Se trata de un placer modesto y quizá fugaz, como los poemas que no pagan hipoteca. Pero reconforta saber que hay gente capaz de mandar a tomar viento la silla en que se supone que debería esperar sentada a que se lo den todo hecho con consignas 0,60 y decide salir al encuentro de lo que sea. Arriesgarse. Llamar a las cosas por su nombre. Al fin y al cabo la democracia la inventaron unos atenienses de verbo claro que se sentaban a discutir en las plazas estrenando las palabras. Así se gana una ciudad. Y para ello tampoco hacen falta ascensores, ni nomenclatura, ni un secretario general con pinta de galán de telenovela, ni una oficina de diseño. Con unas cuantas ideas, papel y bolígrafos Bic ya se puede trabajar. Un lenguaje nuevo. Transitivo. Para empezar a hablar.

Como decía aquel irlandés inmortal, si no podemos cambiar de país, cambiemos al menos de conversación.

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