Del FIB al FRA, 20 años y más

Cerca de 40 citas estivales se cruzan para batir récords de público en el entorno del litoral

Los primeros fibers llegaron ayer lunes a Benicàssim.
Los primeros fibers llegaron ayer lunes a Benicàssim. ÀNGEL SÁNCHEZ

En dos décadas la Comunidad Valenciana se ha consolidado como tierra de festivales de verano. El gran Festival Independiente de Benicàssim (FIB), cuyos conciertos previos de bienvenida arrancan el día 15, cumple este estío 20 años, los mismos que el pequeño Festival de Rock de Alaquàs (FRA), nacido para cerrar la temporada en el área metropolitana de Valencia. En medio, una agenda de 40 festivales, gigantes, medianos o diminutos, de géneros diversos, se extiende entre finales de junio y el último día de agosto, sin dejar prácticamente una jornada en blanco. Quedaba algún hueco en el final agosteño, pero hasta Buñol se ha inventado su pequeño Sound Festival de dos días, para enriquecer este año la Tomatina.

Días hay en que la concentración festivalera es especialmente intensa, como el 18 de julio, con el FIB en pleno despegue, tres citas jazzísticas en rodaje (Peñíscola, Torrent y Alicante), las Nancys Rubias y Fangoria en la Feria de Julio de Valencia y el arranque del modesto pero constante Pop al Carrer en Tavernes de Valldigna. También el 25 y el 26 son especialmente densos, al coincidir el Low Festival con el Íboga de Cullera, los de jazz de Alicante y Peñíscola, el folk del Castell de Dénia, el de cámara de Montserrat, el Rockejat de Torrent y L'Aplec dels Ports en Sorita (Castellón). Y hasta el de Habaneras y Polifonía de Torrevieja, convocatoria que no conviene olvidar porque, preferencias aparte, éste es el decano de los festivales de la Comunidad Valenciana y cumple su 60 aniversario.

Las cifras son contundentes, los dos más taquilleros del Estado (Rototom Sunsplash y Arenal Sound), en cuanto a número de espectadores, distan entre si 30 kilómetros por la carretera de la costa castellonense. El quinto (FIB) está en la misma área y el noveno de la lista (Low), a menos de 200 kilómetros en dirección litoral sur. En su palmarés los cuatro festivales tienen las cifras récord del año pasado, próximas a los 750.000 espectadores en conjunto, según el anuario de la Asociación de Promotores de Música (APM).

El impacto económico del cuarteto estelar también es creciente, en torno a los 68 millones de euros, una cifra importante pero a relativizar si se tiene en cuenta que es similar a la que obtiene por si solo el Primavera Sound de Barcelona. No es extraño que la Ciudad Condal haya creado una marca de “ciudad de festivales”. ¿Alguien baraja algo parecido para el litoral valenciano?

Récords sin marca

A falta de una marca colectiva, si hay un certamen que perfila con claridad su identidad es el Rototom, con su inquietud manifiesta por los debates sociales de nuestro tiempo y una apuesta no menos explícita, explicada y programada por el medio ambiente, la eficiencia energética sostenible y las prácticas de proximidad. Su cartel es el más potente del año, con estrellas globales como Lauryn Hill y Jimmy Cliff. El FIB ha mostrado músculo para reaccionar ante las dificultades y su identidad se mantiene en torno a los ejes de la música indie y el atractivo sin parangón para público foráneo, que abarca el 80% de su afluencia. El Arenal se confirma como festival de masas por excelencia que, además de aspirar a superar la cifra de 40.000 asistentes diarios, se ha impuesto en las redes sociales. Y el Low benidormí sorprende como tecnológicamente innovador no solo con el nuevo escenario flotante, sino también al enriquecer las posibilidades de las pulseras de control con la incorporación de Paypal y el pago sin efectivo a través del sistema de Radio Frequency Identification (RFI), cuyo potencial está en plena experimentación.

Litoral sísmico

El valenciano parece un litoral seguro para los festivales, pero de vez en cuando hay seísmos. Los más notables han sido la crisis de los dos últimos años del FIB, en apariencia superada con nuevos propietarios y nueva dirección, y, este mismo año, la desbandada del Electrobeach de Benidorm, por desavenencias con el Ayuntamiento, según los organizadores, tras haber rondado los 30.000 asistentes el pasado año. Pero al mismo tiempo, y como contrapartida, otros festivales que se sembraron años atrás en el centro buscan la costa. Es el caso del Íboga Summer Festival que, tras las fiestas del mismo nombre madrileñas, recaló el año pasado en Xàbia y este año ha cambiado de emplazamiento para convocar al baile en la proximidad de la playa de Cullera, con la música balcánica como enseña y Goran Bregovic como cabeza de cartel. ¿Seguirá ahí el año que viene? Unos mueren y otros nacen.

Pequeños festivales de rock nacidos en plena crisis, entre el indie y la electrónica, llegan a su tercera edición. Es el caso del Electropop de Alfara del Patriarca (Valencia), o del Aspesuena, en Aspe (Alicante), con The Posies como cabeza de cartel y la gracia de ser gratis, como el Fra. Para sobrevivir, el CreamPop de Benissa ha optado por desplazarse a Calp, a la espera de tiempos mejores. Es uno de los pocos en ofrecer música en valenciano, como el referente de la escena estival en este aspecto, el Feslloch de Benlloch (Castellón), que puede reunir hasta 7.000 espectadores en un día, o el Meruts de Ontinyent. En Tavernes prosigue su cita con la música mediterránea Sete Sóis Sete Luas, una de las pocas referencias folk junto con el festival de Dénia. El rock sin concesiones tiene la meca estival en Villena, con dos encuentros en agosto, el Aupa Lumbreiras!!! que llega a reunir 6.000 espectadores diarios, y el festival Leyendas del Rock que pone el sello más internacional en el interior alicantino.

La diversidad como estilo

Por lo que respecta a géneros y estilos, la electrónica se multiplica, mientras que el hip hop carece de festival propio, aunque esté representado en otros, como el Rototom. Los Djs y la cultura del club mandan en tres nuevas citas de este año, el MareNostrum de Valencia o el Nightfall Festival alicantino (recinto IFA de Elx, 16 de agosto) y el Medusa Sunplash de Cullera, con 20 horas consecutivas de danza a pie de playa, mientras que el Electroplash castellonense amplía su calendario a tres fechas y se convierte en el más septentrional de la agenda en la playa Fora Forat de Vinarós. El Neptuno Aquàtic persiste en Benidorm.

El jazz mantiene sus citas en Valencia, Alicante, Xàbia, Peñíscola, Torrent y Ontinyent mientras las de música antigua y clásica añaden un nuevo certamen, Nits de Sant Mateu, ligado, como la mayoría de los de su especie, a cursos de verano de música clásica. En esta sintonía persisten con recortes e imaginación Serenates en Valencia y los de Godella, Vila-real, Moncada, Montserrat, Morella y Peñíscola. Estos dos últimos con la conmemoración de los 600 años del intento de solucionar el cisma de Occidente con la renuncia del Papa Luna a su cargo, a través de Timete Deum, el Apocalipsis de San Vicent Ferrer, según la valenciana Capella de Ministrers.

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