La vanguardia del ‘jogo bonito’

Arto Lindsay, legendario músico estadounidense de alma brasileña, visita Los Veranos de la Villa

Arto Lindsay actuando en el Moers Festival (Alemania) el 8 de junio.
Arto Lindsay actuando en el Moers Festival (Alemania) el 8 de junio. Bernd Thissen (EFE)

Imaginen al gafitas de voz pausada y reflexiva dejándose llevar por los demonios ante una jugarreta del amplificador de su guitarra: “Me pasó hace tres años en Barcelona, en el festival Primavera Sound. Tocaba sin acompañantes, y lo pasé fatal hasta que se solucionaron los problemas técnicos. Pero el concierto gustó”. Arto Lindsay (Richmond, 1953) aún recuerda en vísperas de su retorno aquel trago, una agresión sonora distinta de la que él es capaz de provocar a veces con las seis cuerdas. Algo comprobable este viernes en el Teatro Price madrileño, al que llega con una banda reforzada por otro guitarrista heterodoxo, Marc Ribot.

Lindsay, estadounidense criado en Brasil y nacido para la música en el Nueva York de fines de los setenta, aterriza con un disco reciente bajo el brazo, Encyclopedia of Arto. En realidad, un álbum doble en buena parte retrospectivo. “El título bromea sobre esas enciclopedias que intentan mostrarlo todo. La mía no incluye cada detalle”, dice. Habría sido imposible vista su voracidad. En su ya larga carrera se ha definido su música como no wave, art-rock, jazz-punk, funk, soul, samba, bossa nova, Tropicalismo o electrónica.

Lo que ofrece el primer capítulo del álbum es un muestrario de su carrera solista, desde que a mediados de los noventa se decidió a hacer un disco de bossa, O corpo sutil, firmado con su nombre y abrazar de pleno las sonoridades brasileñas (incluso usando a ratos el portugués). “Me lo sugirió Ryuchi Sakamoto, al que le gusta mi manera tranquila de cantar. Se suele percibir la bossa como algo muy suave pero, por debajo, es super funky”, afirma.

Se mueve entre
el pop, la música experimental
y la ‘bossa nova’

La segunda parte de la enciclopedia consiste en grabaciones recientes en vivo y en solitario, apenas voz y una guitarra con la que Lindsay emprende verdaderas batallas: “En mi trayectoria, siempre he trasteado con proporciones de ruido y melodía, conscientemente o no. Conseguir en algunos de mis trabajos de estudio la misma intensidad sin mi guitarra [tirando con frecuencia de electrónica] ha supuesto todo un reto, y más siendo un músico autodidacta”.

Será por osadía: cuando nuestro interlocutor dio su primer concierto apenas llevaba un mes tocando. “El manager de Television me preguntó si tenía una banda: le mentí al decirle que sí. Y tuve que buscar gente para formarla”. Hablamos de los crudos y disonantes DNA, grupo seminal de la no wave neoyorquina, uno de los cuatro incluidos en el álbum No New York que en 1978, con producción de Brian Eno (“ahora le comprendo, pero me descorazonó verle leyendo en el estudio mientras tocábamos”), dio marchamo a dicha escena entre el punk y la vanguardia. “Yo concebía la guitarra casi como instrumento de percusión, en parte aún lo hago. Mi técnica improvisada, algo que no escondía, contrastaba con una idea muy clara de estructura: ya sabes, parada y arranque, bajo y alto, calma y ruido… Teníamos seguidores [se despidieron con tres llenos en el mítico CBGB] pero nadie nos quiso grabar un largo”, recuerda.

Después Lindsay se puso corbata para pervertir el jazz con los primeros Lounge Lizards. “Recuerdo un show que dimos John Lurie y yo, en el que las chicas se volvían locas, como la semilla de la banda”. Y cofundó los eclécticos Golden Palominos para dejarlos pronto, pero son los Ambitious Lovers su proyecto más estable antes de volar por libre. “El punto de partida con ellos era combinar soul y samba. Y el objetivo, siete discos titulados como cada uno de los pecados capitales. Otra broma”, dice. Solo les alcanzó para tres, a caballo entre los ochenta y los noventa: envidia, codicia y lujuria.

Hijo de misioneros pasó su adolescencia en Recife y se hizo ‘punk’ en Nueva York

Una parada aquí: Encyclopedia of Arto recoge sendas versiones de temas de Al Green y Prince, habituales cantores del amor y el sexo, temas que no escasean en las composiciones de un Lindsay jovial al respecto: “La música suele tratar sobre gente sola o revuelta, y creo que a mí se me nota cuando estoy en el segundo caso”.

Introducir elementos brasileños en la obra de Ambitious Lovers contribuyó a la entente con Caetano Veloso, a quien Arto le produjo el disco Estrangeiro en 1989. “Fue idea de su sello. Yo le admiraba, le gustó mi música y nos hicimos amigos. La grabación resultó natural al ayudarnos a comprender nuestros respectivos contextos”. El de Lindsay, que pasó su infancia cerca de Recife con sus padres misioneros, volvió a ser Brasil en 2004 (año de su último álbum de estudio, ocupado desde entonces en giras, colaboraciones y componer para otros ámbitos). “Me instalé en Rio. Pienso que era tan falsa la euforia de los medios hacia el país hace dos años como apuntar ahora solo a sus problemas: existen desde hace mucho pero no son peores que entonces”.

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