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OPINIÓN

Memoria feliz de Carlos Pérez

La celebración de las formas de vida fue el eje del erudito de las vanguardias y ‘Buffalo Bill Romance’, su última obra

El año terminó el día de Navidad para Carlos Pérez, escritor y erudito de inmenso humor y generosidad, un pozo de ciencia, de imaginación y de pedagogía del arte moderno. Fallecía aquel día y, como bien ha explicado la edición valenciana de este periódico, Valencia quedaba como quien dice a oscuras. Era un referente en formas de vida, esa brava expresión de Juan José Millás, otro valenciano, en un artículo publicado también en este periódico al día siguiente de la muerte de Carlos Pérez. Formas de vida que Carlos conocía muy bien y que celebró sin cesar.

Y porque las formas de vida que contiene la cultura son formas de felicidad, quiero empezar el año con la memoria feliz de quien fue mi amigo y uno de los maestros mayores de mis años de periodista cultural y como profesora. Conocerle ha sido el privilegio de sus muchos amigos, por lo que escribo aquí también con ellos y, sobre todo, para tantos visitantes de sus exposiciones en el IVAM, en el Reina Sofía y en el MuVIM valenciano que ahora, desde que él tuvo que jubilarse hace dos años, languidece. Él las preparaba y montaba y las artes y los artistas lucían.

Por más vueltas que le dé no veo exposiciones tan alegres como las suyas. Las hay de muchas clases, ya saben, pero exposiciones felices hay pocas. Si vieron Infancia y arte moderno, inaugurada a finales de 1998 en el IVAM, sabrán a qué me refiero. Las amplias salas del museo rebosaban de juguetes, muebles y libros infantiles del primer tercio del siglo XX, cuando la modernidad comprendió que las nuevas formas de vida, en toda Europa como en la URSS, habían de ser extendidas entre los adultos pero sobre todo entre sus hijos. La pedagogía y las vanguardias recorrían juntas el camino y también compartirían un destino brillante y, ay, a menudo aciago.

Sus exposiciones ponían el acento en que las formas de vida modernas eran muchas, además de la pintura, la escultura y la arquitectura. La modernidad era el cine, la fotografía, las revistas y las nuevas formas de editar los libros, la publicidad, los carteles políticos y de todo tipo. Y el circo, las variedades, Erik Satie, el jazz y el claqué, Josephine Baker y Cole Porter, todo lo que fue posible desde que la luz eléctrica sustituyó a la candela. Las artes gráficas eran las grandes difusoras, a buen precio las revistas y los libros, bien visibles los carteles.

Sin él sabríamos mucho menos de Torres-García, el artista uruguayo-catalán que del noucentisme de sus murales en el Palau de la Generalitat pasó a la abstracción geométrica, que aplicó a los juguetes

En la investigación de las artes gráficas europeas, Carlos Pérez dio un vuelco a casi todo lo que se sabía de ellas hasta entonces. Trabajó con fervor para su tierra y sufrió muy a fondo la decadencia del IVAM, pero su carrera hubiera podido ser internacional. Así lo demuestran los catálogos de sus exposiciones, hoy muy valorados, de precio más que alto, ya que estos libros no suelen reimprimirse y los que han abierto nuevas vías, como los suyos, pasan al rango de libro de bibliófilo.

Tuvo siempre muy presente Cataluña y sin él sabríamos mucho menos de Torres-García, el artista uruguayo-catalán que del noucentisme de sus murales en el Palau de la Generalitat, encargados por Prat de la Riba, pasó a la abstracción geométrica, que aplicó a los juguetes. Juguetes que Carlos Pérez logró reunir y exponer, y cuyo catálogo es también una obra de referencia internacional.

Sacó del olvido a artistas gráficos como Helios Gómez, Mauricio Amster o Enric Crous Vidal, además de promover la poesía visual de Brossa, a quien todavía estamos descubriendo ahora que cumpliría 95 años. Sus revisiones de las artes gráficas, en carteles políticos o publicitarios, han sido claves para comisarios mucho más jóvenes que han encontrado así algunos eslabones perdidos. Pues las cosas no se entienden sin el cine, la música popular, la foto y el papel, las artes gráficas.

Fue uno de los primeros en introducir el cine en el museo, eso que hoy se hace tanto. Participé con él en esa aventura, en 1999, con la exposición dedicada a Tierra sin pan de Buñuel, un proyecto para el que no encontré producción en Barcelona y que Carlos Pérez acogió con entusiasmo e impulsó en el IVAM.

Carlos veía cómo se entrelazan las cosas con una imaginación fértil que provenía tanto de su enorme sensibilidad como de la precisión y tenacidad de sus pesquisas. Su última obra es un libro, el maravilloso Buffalo Bill Romance (Editorial Media Vaca), un texto literario muy bien ilustrado por Dani Sanchis con imágenes de época que recoge el paso por París, cuando se inauguró la Torre Eiffel, de Will Cody y del poeta chileno Vicente Huidobro. Arte y vida juntos, nunca separados, eso que Carlos Pérez amaba tanto y proyectaba en su trabajo con pasión y alegría.

La estudiosa del diseño Raquel Pelta le recuerda con palabras que comparto: “Leal, culto, divertido, generoso, simpático, ingenioso, trabajador infatigable, brillante, inteligente, moderno, valiente…”. Sí, ese es Carlos Pérez para siempre. Así lo corroboran Buffalo Bill Romance y su formidable legado.

Mercè Ibarz es escritora.

 

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