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DANZA

Sobre la huella del pasado

Mónica Runde ha reglado un material conciso y lineal, desarrollado en escenas separadas

Dos intérpretes de En Partes. Ampliar foto
Dos intérpretes de En Partes.

Sobre un basamento literario de la escritora costarricense Carmen Naranjo y tirando de vivencias personales de los propios artistas, Mónica Runde ha reglado un material conciso y lineal, desarrollado en escenas separadas pero sobre las cuales el espectador debe trabajar, tejer un hilo conductor, ya sea por las sugerencias plásticas o por los propios movimientos escénicos.

La obra comienza de manera contundente con la propia Runde en el papel de la mujer parapléjica o impedida que se calza unas zapatillas de ballet, objeto simbólico que puede ser un recuerdo del pasado o un anhelo de imaginaciones. Es una imagen dramática y hasta trágica, fuera de farsa. Con los recursos mínimos, casi a escena desnuda (hay una escalera lateral y un fondo con proyecciones fijas o animadas a manera de telón), cinco bailarines deben dibujar un paisaje que va del exterior al interior.

EN PARTES

Compañía 10&10. Coreografía: Mónica Runde; música: Luis Miguel Cobo; vestuario: Amada Domínguez y Morru; escenografía: Elisa Sanza; vídeo: María Carmen de Lara y M. Runde; luces: Pablo R. Seoane. Sala Mirador. Del 14 al 17 de noviembre.

En su esfuerzo por mantener la actividad productiva en el nivel deseado, la directora de 10&10 viajó a Costa Rica y a México. Se llevó al músico y allí encontró otros bailarines y la colaboración de Marcela Aguilar, maestra y bailarina ella misma, que aportó leyenda, motivos y acción. La banda sonora elaborada por Cobo da atmósfera, teniendo en su segunda sección su gran momento, no sólo el más inspirado y reconocible en parte sino porque aporta un cierto lirismo, desnudado y áspero, pero el que pide el baile solista de Mónica, que hoy todavía luce su concentración, su limpieza y una manera personal y altiva de moverse.

Por una vez y sin que sirva de precedente, la obra podía durar un cuarto de hora más, aún estando bien rematada, quince minutos de recreación y de profundización en esas partes del todo argumental que van desde la fiesta (se ve un filme testimonial) de la debutante quinceañera, todo un ritual en Centroamérica y el Caribe, a las secciones en que los artistas se mimetizan con el fondo cambiante, como si el decorado cobrara vida o absorbiera a los actuantes. La escalera es una especie de atalaya o faro nocturno desde donde se observa al mundo y sus cambios, allí hay otras zapatillas colgadas y huérfanas, recordando una tradición interior, un sistema.

En la escena final, una nueva diagonal de suelo de Mónica Runde da una inédita imagen residual: arrastra el río de su vida con todos sus avatares, desechos y trofeos.

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