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POP Duncan Dhu

Donostia — Nashville

Vasallo y Erentxun regresan con un sonido muy vaquero, pocas concesiones a la nostalgia y seis grandes nuevas canciones

El cantante de Duncan Dhu, Mikel Erentxun, y el bajista Diego Vasallo. Ampliar foto
El cantante de Duncan Dhu, Mikel Erentxun, y el bajista Diego Vasallo.

Entre los músicos auténticamente melómanos nunca podemos perder de vista sus guiños al entrar en escena. Ha venido sucediendo con Amaral y la Velvet Underground, por ejemplo, y acontece ahora con Mikel Erentxun y Diego Vasallo, que resucitan como ente conjunto utilizando nada menos que Girl from the north country, de Bob Dylan, para ponerse en situación mientras ocupan sus posiciones y enchufan los instrumentos. No es casualidad, sino reconocimiento explícito de la evidencia: estos Duncan Dhu inesperadamente resucitados en 2013, doce años después de su anterior álbum, han encontrado su intersección en el country-rock y el folk estadounidense, y hasta apelan al propio Dylan cuando retuercen y encriptan un poco sus melodías más célebres para no fatigarse ellos mismos ante la enésima interpretación.

Erentxun y Vasallo son hoy dos caballeros de 48 y 47 años que abordan un reencuentro honrosísimo desde el revulsivo de la casualidad. Ninguno parecía contemplar esta prórroga en su agenda, pero los seis temas con los que conformaron, casi del tirón, ese EP titulado El duelo mantienen un nivel elevado. Sobresaliente en el caso de La última canción, perla de nostalgia serena en la que Vasallo lanza el puñal más certero de todo el disco: “Las palabras nunca dichas viven su eterna juventud”.

Es curioso, sin embargo, que Duncan Dhu no se consientan un solo guiño sentimental durante estos dos conciertos de regreso en el Circo Price, pese al lógico ardor de quienes los recuperan como tales cuando ya se habían resignado a disfrutarlos de forma autónoma. No hay una sola palabra, ya sea agradecida, cómplice, autoafirmativa o recopilatoria, por parte de un Erentxun que nunca fue locuaz, pero cuyo silencio se antoja ahora incómodo. Y más cuando el repertorio de Duncan Dhu nunca fue en exceso frugal, intrascendente o insensatamente feliz, ni siquiera durante aquella primera década en la que cada ‘single’ se traducía en apoteosis radiofónica. Es decir, En algún lugar, Cien gaviotas o Entre salitre y sudor suenan hoy lo bastante atemporales como para poderlas recuperar de buen grado, y más con esa nueva pátina campestre que aportan el banjo, la ‘steel guitar’ o la batería con escobillas. Como si Donostia‑Nashville fuera una autopista de uso corriente en la vida de este dúo que se transforma en sexteto sobre las tablas.

La otra gran incógnita que nos dejó la velada en el Price fue la extrañísima ordenación del material, que durante sus 13 primeras entregas no concede un solo éxito y se centra en el cancionero de estreno y en esa hermosa etapa tardía, entre Piedras (1994) y Crepúsculo (2001), cuando la banda ya había perdido el fervor popular. Y así, los 55 minutos iniciales del concierto transcurren en una incertidumbre extraña, con el público incapaz de exteriorizar un entusiasmo aplacado. Como el encuentro de dos viejos amigos que, tras muchos años distanciados, se sientan a hablar pero no logran que la conversación brote con fluidez.

Tampoco ayuda que el sonido, en los primeros momentos, se note timorato y escaso de cuerpo, incluso de decibelios. Mikel se muestra como un cantante estupendo que contiene su talante expansivo de antaño, acaso porque Diego, enfrascado en su bajo Hofner, es la viva estampa del ensimismamiento. Hasta que Lobos, título nunca más adecuado, ofrece a Vasallo la primera de sus cuatro intervenciones como ese vocalista ronco y agónico que hoy es, tan afiliado a la congoja que hasta el Johnny Cash más crepuscular parecería un cantante lírico.

Todo acontece a mucha mayor velocidad a partir de Una calle de París, muy reconocible aun en su actualización vaquera. Las metamorfosis campestres son acentuadas y estimulantes, sobre todo en La casa azul, No debes marchar, o Mundo de cristal, mientras que En algún lugar nos aboca definitivamente a la fiesta franca, quizás la única concesión abierta a ese público que llevaba 14 años hambriento por recuperar a los vascos encima de un escenario. Lejos ya de aquellas “tierras escocesas”, Diego y Mikel ejercen hoy con la mirada puesta al otro lado del océano.