La gran familia

Pocos cinéfilos son tan fieles como los amantes del cine fantástico y de terror

El Festival de Sitges celebra su 46 edición.
El Festival de Sitges celebra su 46 edición.MONTAJE MINOCRI / BATTISTA

No hay más que fijarse en las colas. O en los grupos de aficionados que llegan en tren. Hay un espíritu que une a los asistentes al Festival de Sitges, una sensación de gran familia, de generaciones que pasan el testigo de unos a otros. Y no solo como espectadores, sino como creadores. Algunos de los que se sienten a disfrutar del cine en el Auditorium tendrán un corto listo para próximas ediciones y un largometraje para ulteriores. En Sitges es casi seguro que si has nacido en Cataluña y te interesa el cine fantástico y de terror, asistirás primero como público —y tendrás broncas en la cola sobre si, por ejemplo, el filme que has visto antes es un slasher o sencillamente un thrilleraparatoso—, posteriormente con suerte podrás proyectar tus primeros pasos con una cámara y si eres de los privilegiados acabará viendo en esa pantalla inmensa tu película.

Se llama fidelidad. Ocurre en pocos más sitios, también porque Sitges es un certamen muy especial. Está especializado en cine fantástico y de terror, y pocos cinéfilos son tan fieles como los amantes de estos géneros. Segundo, en Barcelona bulle la calidad de las promociones que salen de la ESCAC, la Escuela de Cine, y muchos de ellos han crecido pensando en ese género y yendo a Sitges: en algún momento quieren devolver el favor recibido. Tercero: está cerca de Barcelona, pero no en Barcelona. No se diluye en la gran ciudad, sino que te encuentras a todo el mundo en el hotel sede del certamen o en las salas de la localidad. Y del roce nacen los contactos. Cuatro: Sitges ofrece una panorámica brutal de lo producido esa temporada. Tanto, que las viejas maneras de cubrir como periodista un certamen —viendo y comentando la Sección Oficial— no tiene sentido en este festival. En afortunada expresión de Salva Llopart, crítico de La Vanguardia, “esto no es un certamen, es un supermercado”. Efectivamente, con una programación tan extensa, lo mejor es picotear, fiarte de intuiciones y chivatazos. Y esas recomendaciones se escuchan a la entrada y salida de los cines, entre amigos, conocidos o, sencillamente, público afín.

Puede que el mejor caso de producto Sitges sea Juan Antonio Bayona. En la pasada edición recordaba que la primera vez que pisó el certamen fue con su hermana, a ver El ejército de las tinieblas, de Sam Raimi, encima en un montaje distinto al que se estrenó comercialmente, y con el protagonista, Bruce Campbell, en la sala. En 1993 sus pasos se cruzaron con Guillermo del Toro. El mexicano presentaba Cronos y Bayona le entrevistó para un programa de la televisión de El Clot, Por la Kara TV. “Le llamó la atención mi cara. Siempre he tenido cara de niño, pero entonces tenía 18 años y aparentaba tener 10 con, eso sí, patillas”. Del Toro y Bayona se hicieron amigos, el uno le prometió al otro que le apadrinaría si hacía un largo, y durante el rodaje de El laberinto del fauno, el barcelonés le llevó el guion de El orfanato. “Y justo en otro encuentro de Sitges me confirmó que estaría dentro de la producción de la película”. Durante esos años, Bayona fue con compañeros suyos de la ESCAC y colegas como Jaume Balagueró, Paco Plaza o Nacho Cerdá, y allí alimentaban su cinefagia. “Un año fui con Kike Maíllo [compañero de la primera promoción de la ESCAC y director de Eva], y dormíamos en su coche”: en 2011 la apertura corrió a cargo de Eva y en 2012, de Lo imposible. Balagueró y Plaza han paseado por Sitges sus REC, y este 2013 la inauguración corre a cargo de Eugenio Mira y su Grand Piano. Mira es alicantino y estudió cine en Madrid, pero su corto Fade y sus largos, The birthday y Agnosia, pasaron por Sitges. La película la producen Rodrigo Cortés —cuya Buried se proyectó en 2010— y su compañero de aventuras, Adrián Guerra. Por cierto, aquel 2010 lo inauguró Los ojos de Julia, de Guillem Morales, otro miembro de la primera promoción famosa de Bayona y Maíllo. El listado deja claro el triunfo de la retroalimentación.

Más películas de este año nacidas en el seno de fans de Sitges: Los inocentes, una producción ESCAC Films dirigida por una docena de directores surgidos de sus aulas, y con técnicos que son alumnos de la escuela, que es un incisivo homenaje al gran slasher, el de los ochenta. O Hooked up, primer largo de Pablo Larcuen, que con su corto Elefante triunfó en 2012. Y como reto, Hooked up lo ha rodado con iPhones. Otro director perteneciente a la familia, Manuel Carballo, presenta Retornados, otra visión diferente del mundo zombi. Carballo ya había presentado previamente en este festival El último justo y La posesión de Emma Evans. Por cierto, la película de Larcuen está coproducida por Ombra Films, la empresa de Jaume Collet-Serra, que también está detrás de Mindscape, ópera prima de Jorge Dorado protagonizada Mark Strong y Taissa Farmiga.

Y la lista crece si hablamos de técnicos: montadores, guionistas, productores, directores de fotografía, músicos, maquilladores, creadores de efectos especiales… Todos han ido antes a Sitges como público que como cineastas. Así más vale estar atento con quién te tropiezas a la entrada del Auditorium, antes o mientras te metes entre pecho y espalda de cinco a ocho películas diarias: podría ser el Jota del futuro.

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