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OPINIÓN

Vías muertas

Los promotores las de terceras vías deberían admitir que no son posible si al otro lado no están dispuestos a negociar

No sé, tal vez se trate de una rareza o de un prurito personales. Pero, siendo así que no me considero un independentista-de-toda-la-vida, sino más bien uno a palos (fruto de los garrotazos que empezó a repartir Aznar apenas se vio con la mayoría absoluta, de los palos de ciego de Rodríguez Zapatero a propósito del Estatuto, de las embestidas del PP contra ese texto legal, y en fin de la humillante paliza propinada por el Tribunal Constitucional en 2010), nada me complacería tanto como comprobar que, en algún punto más o menos equidistante entre las incógnitas de la secesión y el masoquismo del statu quo (¿cómo calificar, si no, la política de luz de gas que aplica a Cataluña el Gobierno de Rajoy?), existe un camino intermedio a la vez practicable y esperanzador.

Por consiguiente, es, sin ningún prejuicio fundamentalista ni hostilidad de principio, que he contemplado estos últimos tiempos la formulación de distintas opciones ni-ni (ni independencia, ni quedarnos como estamos) por parte de diferentes actores políticos.

Seguramente la más antigua en el tiempo es la propuesta de reforma federal de la Constitución impulsada desde antes del verano por el PSC y tímidamente asumida por el PSOE en la Declaración de Granada. Sin embargo, tanto las nutridas reacciones hostiles en el seno del socialismo español, como el desdeñoso rechazo del Partido Popular a cualquier proceso de modificación constitucional, como la propia complejidad y larga duración de este, convierten la vía Navarro en un trayecto harto problemático cuando no impracticable a corto o medio plazo.

“Yo no sé en qué consiste exactamente la tercera vía. Yo soy partidario del Estado autonómico, de la ley...”, dijo Rajoy desde Tokio

Más fotogénica y, sobre todo, mejor mediatizada desde algunas cabeceras amigas es la vía Duran, considerada la tercera vía por antonomasia. El líder de Unió Democràtica no ha dado de ella muchos detalles, más allá de instar al diálogo inmediato y de enfatizar que está contra la independencia y a favor “de un entendimiento con los demás pueblos de España”. Pero ni estos mensajes tranquilizadores, ni el largo historial del de Alcampell en la política española, ni la gratitud que le debe el PP por encizañar el discurso soberanista de CiU, ni la disposición de Pere Navarro a hacerle de comparsa, nada de eso le ha evitado el menosprecio de un Mariano Rajoy capaz de declarar desde Tokio: “Yo no sé en qué consiste exactamente la tercera vía. Yo soy partidario del Estado autonómico, de la ley...”. Frente a semejante paladín del inmovilismo más estricto, ¿qué recorrido tienen las sugerencias duranianas de pacto fiscal o concierto económico, soberanía cultural y lingüística para Cataluña, constitucionalización del derecho a decidir, etcétera?

Última por orden de aparición, pero no por el ruido generado, ha sido la vía Sánchez-Camacho, es verdad que esbozada en el XIII Congreso del PPC (mayo de 2012) e insinuada por ella misma durante el reciente debate catalán de política general. Ya fuese un intento ideado desde Barcelona de dar a doña Alicia un perfil propositivo y de mediadora eficaz ante Madrid, ya se tratase de una maniobra pactada con Rajoy para abrir una brecha de diálogo sin ablandarse ante Artur Mas, el fulminante naufragio de la propuesta de financiación singular para Cataluña que la senadora Sánchez-Camacho patrocinaba demuestra algo crucial: que, incluso si el inquilino de La Moncloa decidiese un día negociar de verdad, en términos políticos, con la Generalitat, sus barones territoriales —los mismos que, esta semana, han desenvainado los puñales contra la líder catalana— no se lo consentirían. Los del PSOE tampoco, desde luego: ya han oído a Susana Díaz rechazar los “pactos de trastienda” con Cataluña.

Así las cosas, resulta profética una frase del famoso artículo de Duran Lleida del pasado día 23: “La posibilidad de una tercera vía parece difícil si al otro lado no hay nadie”. Es triste, pero él mismo, Pere Navarro o el conseller convergente Santi Vila —no digo ya Sánchez-Camacho— deberían hacer un ejercicio de realismo y admitirlo así. ¿Para convertirse acto seguido al independentismo? No. Para no seguir alimentando falsas expectativas.

Joan B. Culla i Clarà es historiador.