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“Los indianos hicieron Barreiros y las cajas acabaron por destrozarlo”

Bancos e inmobiliarias no logran vender a 36.000 euros casas que costaban 100.000

El consistorio admite ahora que la construcción fue “desproporcionada”

Urbanizaciones construidas en Barreiros (Lugo) en plena burbuja del ladrillo, en una imagen de 2010
Urbanizaciones construidas en Barreiros (Lugo) en plena burbuja del ladrillo, en una imagen de 2010

Ante una casa de 1880, reformada por su abuelo al volver de Cuba, Pancho Campos, ya jubilado, lo tiene claro: “Los indianos hicieron Barreiros y las cajas lo destrozaron”. Pronuncia tal sentencia, con su casa a su espalda, mientras contempla, al otro lado de un estrecho camino, la mole de la urbanización Costa Reinante Spa. Con más de 300 viviendas, cuyos precios superaban inicialmente los 100.000 euros, en la oficina de ventas reconocen que “aún quedan pisos” pese a que publicitan apartamentos de dos habitaciones por 36.000 euros. “¿De dónde salió el dinero para financiar estas urbanizaciones que ahora se regalan?”, se pregunta Pancho, para contestarse él mismo inmediatamente: “De lo que las cajas de ahorros no dedicaron a obra social, así ahora están quebradas”.

En Barreiros, en A Mariña lucense, hay construidas, según el Instituto Galego de Estatística, unas 4.700 viviendas. Pero Barreiros solo tiene 3.200 habitantes, que ocupan las 1.200 casas del municipio con carácter de residencia principal. Las otras 3.500 viviendas son para fines de semana, veraneo o están vacías. Buena parte de ellas se levantaron en el boom inmobiliario, a principios de la pasada década, hasta que a finales de 2006 la Xunta bipartita mandó parar. Solo aquel año se registraron 1.800 viviendas de nueva planta gracias a las 71 licencias otorgadas por el Ayuntamiento, casi tantas como las 75 de Vigo.

Pese a su nombre, la urbanización Costa Reinante no está junto al mar sino entre la iglesia y el cementerio de San Miguel, con un pequeño acceso desde la carretera nacional abierto entre un palomar protegido y una torreta eléctrica. Este jueves de agosto, un padre bilbaíno que eligió la zona por su alquiler “muy barato” enseña a su niño el agua de la piscina. Porque las primeras olas están a dos kilómetros y para llegar a ellas hay que seguir una pista asfaltada pero sin pintar que dice ser carretera provincial. Si se recorre, lo que se ve es un paisaje en el que las actividades agrícolas y las casas indianas, muchas protegidas, son tapadas por toda clase de construcciones sin orden. Bloques de edificios terminados con carteles de “se vende” ya descoloridos se alternan con viviendas unifamiliares de diversa tipología y con esqueletos de hormigón, sean de casas o pisos, en los que hay más vegetación que en los prados contiguos, donde pastan las vacas o acaban de ensilar la hierba.

En ese camino a la playa aparece la urbanización Lúa, en la que esta mañana la única vida perceptible es una pareja con dos niños pequeños. La madre asegura que en el edificio, de 76 viviendas, solo queda un par por vender, pero reconoce que no hay mucho movimiento de gente por allí. “Algo más los fines de semana, porque muchos son de Lugo o de A Coruña, como nosotros", explica, "por eso nos gusta, porque es tranquilo, así que no lo cuentes mucho, no vayan a venir más”, bromea. La mujer admite que eligieron Barreiros como segunda residencia, a “una hora y cuarto de A Coruña”, por el precio. Aunque no lo dice, en Internet hay pisos de esta urbanización a 36.900 euros. Al igual que decenas de casas unifamiliares en venta con todo tipo de precios.

Lo que no es fácil encontrar en Barreiros es a quien critique abiertamente el urbanismo del pueblo. Su alcalde, el popular Alfonso Fuente, lo defendió durante años pero ahora impulsa un nuevo plan que admite al fin la pasada “actividad inmobiliaria desproporcionada”.

Pancho Campos, el de la casa indiana, es presidente de una asociación en Ribadeo, así que está acostumbrado a dar la cara. Pero hay convecinos que prefieren no dar nombres y otros, que en algún momento criticaron abiertamente el urbanismo del alcalde, se encontraron luego con denuncias contra sus propias edificaciones. Ahora, ni quieren hablar, ni sus supuestas irregularidades los hacen idóneos para opinar.

Tampoco es fácil ver a alguno de los 3.200 ciudadanos censados en el municipio cuando se llega al supuesto centro de esta mancha de aceite en expansión. San Cosme, donde está el Ayuntamiento, aparece casi desierto al mediodía de un jueves de agosto. Y eso que en un cámping próximo aseguran que este verano es bueno para el turismo, “pero esto no son las Rías Baixas y la gente no gasta”. El joven que espera sentado a la puerta del centro de salud es de los parcos en palabras: “El que vendió hizo negocio, pero yo estoy en paro”, dice. Y poco se le puede sacar a los dos clientes del supermercado, que se levanta junto a sendas oficinas semidesiertas de Novagalicia y Santander, dos de los financiadores de la construcción en el municipio.

Entre los que se ofrecen a hablar de urbanismo, dando o no su nombre, lo que domina son lo sentimientos contrapuestos. Aquí no hay grandes moles junto al mar, como en las Rías Baixas, pero la dispersión y los edificios a medio construir no son atractivos. Y al tiempo que agradecen la tranquilidad del pueblo, se preguntan dónde estarán los propietarios de todos esos apartamentos con las persianas bajadas.

Saneamiento que desborda y playa contaminada

D. R.

En los prados de Barreiros, donde había vacas crecieron antes de 2006 carteles anunciadores de terrenos “edificables”, parcelas que ofrecían “agua y luz” como un extra, servicios sin los que se construyeron muchos de los edificios paralizados por la Xunta bipartita y que el actual gobierno quiere legalizar. El primer intento, tras retirar las denuncias contra el Ayuntamiento de su mismo color político, fue con un convenio por el que las Administraciones, incluida la Diputación de Lugo, iban a poner 14 millones de euros de fondos públicos. Servirían para construir las infraestructuras viales, de saneamiento, abastecimiento o electricidad que no habían acometido los promotores privados. La justicia tumbó ese intento, así que ahora el Ayuntamiento debe redactar un nuevo plan de urbanismo, pero sigue sin saber de dónde sacará los millones para paliar la carencia de infraestructuras.

Que faltan servicios lo sabe bien Pancho Campos, que lamenta que en el vecino Rego da Barranca “no queda agua, y eso que en su momento tenía molinos”. Pancho enseña la arqueta del alcantarillado de su casa, que puso él mismo, y reconoce que la urbanización que se alza frente a ella también lo tiene. “Lo que no sé es a dónde van las aguas”, admite.

La respuesta tal vez esté a tres kilómetros, donde desemboca ese Rego da Barranca, en la playa de Arealonga, vecina del siempre lleno arenal de As Catedrais. En un tablón una carta de la Consellería de Sanidade advierte de que en el último análisis del agua detectó enterococos intestinales y Escherichia coli en unos niveles que “superan el valor aceptable establecido de contaminación microbiológica en el agua de baño”. No debió ser ninguna sorpresa para la Xunta, porque en la documentación con que intentó la primera legalización del urbanismo de Barreiros ya admitía que el colector de aguas residuales que discurre paralelo al Rego da Barranca “rebosa constantemente y desagua finalmente al regato sin ningún sistema de depuración”.

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