Los escenarios del dolor

Relato de las 72 horas en los cuatro puntos cardinales de la tragedia: el centro municipal Cersia, el Clínico, Angrois y el pabellón Fontes do Sar

Una mujer observa el lugar del accidente de tren en Angrois.
Una mujer observa el lugar del accidente de tren en Angrois. CRISTÓBAL MANUEL

Durante 72 horas, el pulso de Santiago ha estado concentrado en cuatro rincones de la ciudad. Son los escenarios del dolor. Testigos de una tragedia que les ha convertido en noticia mundial. Lugar de encuentro de las víctimas, los héroes anónimos, los cuerpos de seguridad del Estado, los psicólogos, voluntarios, jueces, forenses y policías científicos. Nunca quisieron convertirse en protagonistas de la noticia. Los que allí se han dado cita durante estos tres días terribles nunca los olvidarán.

El primero de ellos es el lugar del accidente, Angrois, una aldea de 300 habitantes a tres kilómetros al este de la capital, partida en dos por el ferrocarril y cuyo centro se vio sacudido a las 20.41 del pasado miércoles por la tragedia. Sus vecinos fueron la punta de lanza para salvar vidas. El segundo escenario es el Clínico, el hospital de referencia compostelano que a partir de las 21.30 de la noche del miércoles empezó a absorber por su entrada de urgencias una avalancha de accidentados. Algunos llegaban sin vida; otros, al borde de la muerte. Gran parte de ellos llegaba en estado crítico. Pocos sabían los médicos de ellos. De la mayoría ni el nombre. En minutos, su plantilla estaba movilizada al completo y el hospital marchaba a toda máquina. El tercer rincón del dolor es el Pabellón Multiusos Fontes do Sar, un enorme polideportivo circular de piedra, escenario de los enfrentamientos del equipo local de baloncesto, el Obradoiro, que ha acogido durante estos días en su cancha central los ataúdes con los 78 cadáveres del accidente, y ha sido el cuartel general científico, judicial y administrativo para la identificación de los cuerpos y la entrega de los mismos a sus familias.

Martín Trazos, vicepresidente de la Asociación de Vecinos de Angrois.
Martín Trazos, vicepresidente de la Asociación de Vecinos de Angrois.ÓSCAR CORRAL

Y el cuarto lugar se ha convertido durante 72 horas en el Punto de Atención e Información a los familiares, organizado a la una de la madrugada del mismo día del accidente en un edificio del Ayuntamiento del barrio de San Lázaro, al sudeste de la capital, utilizado habitualmente por la empresa municipal Cersia en la formación para el empleo de los ciudadanos.

Este es el primer escenario al que llegamos. Es la hora de comer del jueves 25. El Cersia está franqueado por una pequeña pradera y un parque infantil. Las cámaras de una treintena de televisiones se agolpan frente a su entrada rodeada de ambulancias y vehículos de protección civil. En su interior, uno se chapuza en el dolor más absoluto. Hay una marea incesante de familiares rotos por el dolor que se mezclan con psicólogos con chalecos reflectantes, policías de paisano, voluntarios de la Cruz Roja y funcionarios. Hay también, un par de sacerdotes y un pastor protestante, y varios diplomáticos. La atmósfera es irrespirable. Hay media docena de despachos para identificar a las familias; tres espacios para el descanso, una sala con internet y un salón de actos. Un rincón para cargar el teléfono móvil y mesas con bebidas y bocadillos. Aquí están concentradas las familias de las víctimas que no han ingresado en los hospitales. Todos quieren saber. La mayoría es consciente de que muy probablemente hayan muerto. Muchos se agarran a la última esperanza. Hay muchas lágrimas contenidas. Y una entereza y educación encomiable.

Los familiares se desperdigan por la pradera: fuman, hablan, lloran

El rincón más terrible de este edificio Cersia es su salón de actos, en cuyas butacas se apelotona un centenar de familiares demacrados. En el estrado, dos inspectores de policía de paisano van desgranando nombres de una lista que retumban en toda la sala a través de un altavoz. “Familiares del señor… acompáñenos, por favor”. Tras escuchar cada nombre y apellido, un pariente salta como lanzado por un resorte y se acerca al oficial. Este les comunica que han identificado a su allegado. Algunos rompen a llorar. Un psicólogo se coloca a su lado como una sombra. Juntos salen del edificio en dirección al Polideportivo. Otros muchos esperan sentencia. A primera hora de la tarde, menos de 24 horas después del accidente, ya se habla en el Cersia de que 58 cadáveres ya han sido identificados. Algunos familiares tardarán todavía un día y medio en conseguir esa anhelada información; en encontrarse con los cadáveres de sus seres queridos y darles sepultura. Su calvario se extendió hasta el mediodía de ayer, sábado.

Fuera, algunos familiares se desperdigan por la pradera: fuman, lloran, hablan por teléfono. Hay familias sentadas en corro sobre la hierba. Una mujer da una patada a una puerta. Escuchar retazos de sus conversaciones parte el corazón. El abuelo al que nunca volverán a ver sus nietos. El bebé de dos años que viajaba en el tren y del que nadie sabe nada. El novio que se bajó en Ourense mientras su pareja seguía hasta Santiago. La maestra que venía a esta ciudad a celebrar sus bodas de oro. La funcionaria dominicana que quería dar una sorpresa a su familia en España. Algunos hablan de ellos en pasado; otros prefieren el presente.

“Fue como una película de ciencia ficción”, relatan dos vecinos

Carmen Martín es la directora nacional de Emergencias de Cruz Roja. Nos explica algo que se repite por toda la ciudad: gracias a que el día 25 era fiesta mayor en Santiago, el despliegue de recursos sanitarios, policiales y de protección civil en la ciudad era inusualmente alto, lo que ha permitido una respuesta rápida y contundente para paliar la catástrofe. El lado malo de esa fecha festiva era que iban a bordo del Alvia más de 200 pasajeros, cinco veces más que en una fecha normal a esa misma hora. El resultado, al menos 78 muertos y más de un centenar de heridos.

Manolo, vecino de Angrois que colaboró en el rescate de las víctimas.
Manolo, vecino de Angrois que colaboró en el rescate de las víctimas.Ó. C.

“Solo Cruz Roja contaba en Santiago el miércoles con seis ambulancias, 50 voluntarios y mucha experiencia en la gestión de catástrofes. Después, nos hemos centrado en darles apoyo psicosocial. Hemos atendido en este Centro de Información a 70 unidades familiares. Al principio, no se lo creen, no pueden ni hablar, se encierran en ellos mismos. Tienen que sacar todo su dolor hacia fuera. El siguiente paso del trabajo psicológico vendrá cuando se encuentren frente al cadáver en el polideportivo”.

Cae el día. Un goteo de familiares va llegando al polideportivo. En su cancha central de baloncesto se agrupan una cincuentena de ataúdes cada uno con un número. El campo de juego azul cubierto de féretros bajo una luz cegadora e irreal. A los que han sido identificados por los 57 miembros de la policía científica (18 de la central en Madrid y el resto de Galicia, Asturias y León), a través de su documentación y de la toma de huellas dactilares, se les realiza la autopsia en los hospitales Clínico y Provincial. Han llegado a Santiago 40 forenses del Instituto de Medicina Legal de Galicia. Las autopsias se realizan de diez en diez. Después, los cadáveres regresan al polideportivo en una interminable caravana de furgones oscuros. En otra sala se custodian los equipajes de los pasajeros rescatados entre el amasijo de hierros del tren. Cuando los parientes llegan al polideportivo de Sar desde el Punto de Información y atención, se les acomoda en una gran sala en la primera planta del edificio. Les irán llamando para que se despidan de sus seres queridos ya identificados en cuatro minivelatorios situados en la planta baja. En una dependencia judicial aneja, cumplen los trámites administrativos y asuntos funerarios.

En el bar de Tere se han borrado las sonrisas: “Ojalá podamos olvidar”

José María, un psicólogo voluntario de la Fundación Avata, dedicada al auxilio de las personas accidentadas y sus familias, explica que el estado emocional de los familiares ha pasado en estas horas de la incredulidad al dolor. De la esperanza al desánimo. Cae la adrenalina que les mantenido en pie durante horas sin apenas comer y dormir. Algunos se derrumban.

Angrois se ha convertido desde las 20.41 del miércoles en el punto caliente de la actualidad. Este mínimo territorio bucólico e irregular, con viejas casas de piedra y parras enredadas en sus fachadas, donde todos se conocen y nunca pasa nada, aparecerá en las siguientes 72 horas tomado por los curiosos, la policía, los medios de información y la feria ambulante de unidades móviles de televisión. Tres días después del accidente, pocos han logrado conciliar el sueño en la aldea. “Estamos en un estado de tensión permanente”, explican Anxo Puga y Martín Trazos, el primero operario de paneles solares y reponedor de máquinas expendedoras el segundo. “Al principio, fue duro por el tamaño de la catástrofe; de pronto, como en una película de ciencia ficción, en mitad de Angrois, donde estaba el kiosko de la música, los viejos charlaban y jugaban nuestros hijos, había un vagón destrozado lleno de gente que pedían auxilio. Y unos metros más abajo, el convoy con muchas personas atrapadas a las que podíamos salvar. Ninguno de nosotros se lo pensó. Bajamos en zapatillas. Nos empapamos con su sangre. Pero ahora, cuando han pasado las horas, te da por pensar que esa catástrofe pudo ocurrir el pasado 7 de julio, cuando estábamos aquí todos los vecinos celebrando San Antonio, bebiendo el vermú y bailando la muñeira. Hemos pedido a la Xunta un equipo de psicólogos porque aquí la gente está muy mal”.

Al oeste de Angrois se encuentra el Hospital Clínico. Aquí permanecen la mayoría de la treintena de los heridos en estado crítico. La treintena de heridos graves se encuentran en la UVI y la Sala de Reanimación de la planta -1. El resto, hasta unos 80, en las distintas plantas. La sección de Traumatología está a rebosar.

Juan Carlos, vecino de la aldea afectada que participó en el operativo de rescate.
Juan Carlos, vecino de la aldea afectada que participó en el operativo de rescate.Ó. C.

“La mayor parte de los heridos llegaban con fracturas de gran complejidad, muchas veces contusiones en la zona abdominal y el área craneoencefálica. Fue un momento en que se podía haber organizado un caos, pero todo se resolvió coordinadamente”, explica una doctora del servicio de urgencias. Según explica, en pocos minutos ocho quirófanos estaban a pleno esfuerzo cuando un día normal no se pasa de dos a esa hora. Y en la unidad de Reanimación, eran atendidas simultáneamente 21 personas. El buen funcionamiento del operativo hospitalario se basó en dos factores: que en pocas horas el 90% de la plantilla estaba en su puesto y en la perfecta organización del servicio de enfermería, que fue preparando decenas de monitores, vías, jeringas con fármacos y aparatos para tomar la tensión antes de la avalancha de urgencias.

Julián Álvarez es el jefe del servicio de Reanimación. Grande, afable y embutido en el pijama verde del que apenas se ha desprendido en tres días, una vez pasado lo peor, habla de sus miedos minutos después de la catástrofe y de cómo el hospital salió adelante. “El principal problema es que no hay ningún hospital en Santiago que pudiera realizar cirugías tan complejas como las que se nos presentaban; estaban los hospitales de A Coruña y Vigo, pero había heridos que no iban a llegar con vida hasta allí. Lo teníamos que solucionar aquí. Y luego ningún libro te enseña a enfrentarte a una catástrofe. Hoy puedo decir que lo conseguimos. Que funcionamos como un equipo y hemos salvado muchas vidas”.

Viernes 26 de julio. Apenas quedan por identificar media decena de víctimas. 36 horas después del accidente, en el edificio Cersia la atmósfera de tristeza es infinita. Ya no permanece nadie en el salón de actos. Hay mantas usadas por todos lados, sopa de fideos y bocadillos de queso sin tocar. Y miles de colillas en torno a la entrada. Las televisiones han plegado. Algunos llevan la misma ropa hace dos días. Solo quedan cuatro familias sin noticias de los suyos. La de Nerea, una licenciada de 26 años que pretendía dejar España para trabajar fuera, se consume entre el silencio y las lágrimas en un rincón. A las cuatro de la tarde, una psicóloga del servicio gallego de salud reúne a estas últimas familias y les indica que les van a desplazar al polideportivo para explicarles la situación. Montan en furgones de protección civil. Ninguna televisión graba ese momento. El Cersia, que ha acogido su dolor durante dos días, se queda vacío. Unos operarios recogen los restos de comida y bebida; doblan las mantas y barren las colillas. Antes de abandonar el edificio Cersia, alguien ha colocado en una de sus columnas un folio con celo en donde ha escrito con bolígrafo azul: “Gracias a todos los que nos han ayudado. De parte de la familia de Nerea García Pérez”.

Al final de la tarde del viernes, aún permanecen en el lugar del accidente, en la ladera de Angrois, la locomotora y un vagón. Esa madrugada esos restos serán por fin retirados por enormes grúas y trasladados a un descampado para su almacenamiento e investigación. Pasadas las nueve de la noche, 48 horas después del accidente, aparece un tren Alvia a la salida del túnel en dirección a esta curva de la muerte. Va al mínimo de su velocidad. Sus pasajeros se apelotonan en las ventanillas y contemplan los restos de la catástrofe. A esta misma hora, en el bar de Tere, a diez metros de donde cayó el vagón disparado del convoy, se han borrado las sonrisas. Se juega a la brisca en silencio. La televisión, enmarcada por viejas fotografías de los jugadores de la Sociedad Deportiva Compostelana, arroja imágenes de su pueblo. Nadie levanta la cabeza. “Vosotros os vais y nosotros nos quedamos”, nos dice Anxo Puga. “Ojalá algún día podamos olvidar nosotros también”.

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