Pons dirige a la Sinfónica una soberbia versión de la Octava de Shostakovich

Supo dar la libertad que los buenos intérpretes necesitan para algo aparentemente tan lógico como hacer música

El concierto de abono de la Orquesta Sinfónica de Galicia en el Palacio de la Ópera de A Coruña ha constituido un gran éxito con la interpretación de la Sinfonía nº 8 en do menor, op. 65 de Dmitri Shostakovich. La OSG se volvió a mostrar en una de sus tardes gloriosas, esas que alcanza cuando hay una comunión perfecta con un director que, como Pons, sabe sacar lo mejor de todos y cada uno de sus componentes.

El maestro catalán supo comunicarles su perfecto conocimiento de la Octava con un número de ensayos sorprendentemente bajo para la duración, complejidad y profundidad conceptual de la monumental obra del ruso. Orquesta y director transmitieron a su auditorio tanto la desesperante quietud y el lacerante dolor causados por el cerco de las tropas nazis como el sentido de marcha, de avance hacia la liberación final de la ciudad, que contiene la obra. Y la OSG dio de sí el máximo en calidad de sonido y expresión, con una gradación dinámica de gran sutileza desde los casi inaudibles pianissimi a los más espeluznantes fortissimi, y siempre con un gran equilibrio dinámico y una claridad de líneas y planos realmente notable.

Todas las secciones estuvieron inmensas por la calidad de su sonido, su musicalidad y su gran flexibilidad ante el magisterio de Pons, siempre al servicio de la partitura. De los solistas, todos sin tacha, hay que resaltar el solo de corno inglés de Scott MacLeod, a quien Pons supo dar la libertad que los buenos intérpretes necesitan para algo aparentemente tan lógico como hacer música, resultando inmenso en su dolorosa expresión y su más que generoso fraseo.

El solo de trompeta de John Aigi Hurn en el tercer movimiento mostró el buen músico que es cuando hay un gran director al frente. Y, como la Octava es la sinfonía de una ciudad sitiada, la precisión y color del grupo de percusión, con los timbales de José Trigueros al frente, mostraron lo importante que puede ser la “retaguardia” de una orquesta.

Previamente se procedió al estreno absoluto de Cliffs of Moher, concertino para oboe y orquesta del joven compositor Javier Martínez Campos (Valencia 1989), obra ganadora del Concurso de Composición Andrés Gaos de la Diputación da Coruña. La obra da buenas posibilidades de lucimiento al solista, aunque a veces oscurecido por una orquestación muy densa. Por otra parte, su riqueza tímbrica y rítmica no logran evitar una cierta sensación de vacío conceptual que, a no dudar, se podrá solventar con el paso de los años.

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