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Lou siempre dispara primero

El músico, que ha cancelado su concierto en Madrid del lunes “por las condiciones que hay en España”, presenta su nuevo libro de fotografía en una tensa rueda de prensa

Lou Reed. Ampliar foto
Lou Reed.

Todos temen al tipo de la chupa de cuero y la cara arrugada como una iguana. Un superviviente de todo tipo de excesos y chanchullos con el demonio para seguir vivo y ganas de estarlo. Poseedor de una abrumadora hoja de servicios en la construcción de la cultura moderna a la que insiste en prender fuego para centrarse en asuntos que al resto de la humanidad podrían parecerle menores. Como las 32 fotografías que expone en una pequeña sala del Matadero de Madrid. Así que ahí está Lou Reed, de 70 años, tan presumido como para impedir que le filmen mientras anda renqueante de un lado a otro o sujeta con su mano temblorosa una camarita digital para fotografiar desafiante a quienes hacen lo mismo con él. Listo para llevar la contraria a todos y convertir una rueda de prensa en un mal trago.

Lewis Allen Reed (1942, Long Island) está en Madrid para presentar Rhymes, su libro/exposición de fotografía y dar un recital de poesía (hoy a la una del mediodía en Teatro Español). También, en principio, un concierto con su pareja Laurie Anderson. Pero lo ha cancelado. Según dice, “porque no era el mejor momento dadas las condiciones que hay en España”. Se refería a la crisis, las huelgas y las protestas. A que se golpee a la gente. Todo muy vago, la verdad. Voces oficiales de Matadero lo achacan más bien a problemas técnicos. Quién sabe, él mismo dice que miente más que habla, que es incapaz a estas alturas de distinguir lo era una enorme trola de lo que conformó su vida real. Tampoco le gusta como está saliendo la presentación. “No sé si este es el mejor momento para enseñar mis fotografías”. Ay… ahí empieza a soplar el viento de la tormenta, de la tensión en la que tan bien se maneja.

La cita era a las 12 en Matadero. Según la organización consiste en un recorrido por la muestra con su autor. Habría preguntas, entrevistas y retratos. Pero retrasa el acto 45 minutos para cambiar de orden todas las fotos, tomarse una Coca-Cola Zero y una ensalada que ha estado circulando por la sala a manos de varios de sus entregados colaboradores. Masticando el último trozo de lechuga aterriza desde su planeta.

A partir de aquí, los equilibrios y benévolas traducciones de Mikel Olaciregui, director de la Cineteca y moderador del acto, para amortiguar el pasotismo y desdén de Reed son hasta graciosos. Él, más interesado en las ópticas y la cacharrería de los fotógrafos que en responder a las preguntas, interrumpe la rueda de prensa y exige que la gente vuelva a ver sus fotos antes de continuar con las preguntas. Se larga y regresa al cabo de 20 minutos.

Rhymes son imágenes sin un hilo argumental (más allá de lo poético) ni título tomadas durante viajes de las últimas cuatro décadas. Paisajes, espacios cerrados, edificios, su perro, su novia… todo ello quizá mucho más llamativo antes de que Instagram y un maldito iPhone nos devolvieran un retrato tan narcisista del siglo XXI y elevaran a categoría artística la intimidad de nuestros viajes y seres queridos.

—No creo que se haya banalizado la fotografía. Lo malo es que ya no se piensa antes de un disparo. Cuando había que pagar la película, los fotógrafos escogían más detenidamente su imagen. Ahora se tiran 200 y luego se elige una. Eso no es la fotografía que como yo la concibo, tampoco la que se hace con el iPhone.

Más cercano, aunque solo durante seis rácanos minutos y con extrema parquedad, habla con EL PAÍS sobre su trabajo y el mundo. Antes interesado en que el fotógrafo diserte sobre el poder de la obturación y el diafragma que en la entrevista, admite la influencia que ejercen los años de la Factory en su forma de entender el arte [“me gradué en la Warhol university”], de sus saltos desde la música a la poesía, y de los versos a estas “rimas” fotográficas.

—¿Su mirada del mundo a través de la cámara se parece a la musical y a la poética?

—Es exactamente la misma. Proceden del mismo impulso, ir de una a otra no es un problema. No dependo de la inspiración, sino de un deseo de crear algo. Es solo una búsqueda de la belleza.

—¿También en la tristeza? Todos los retratos de esta exposición muestran rostros melancólicos, casi al borde de las lágrimas.

—Eso es como tú lo ves... Son gente que conocí y que tienen una gran pureza de corazón.

—Viene de explorar la oscuridad de Poe con The Raven (el libro que hizo con Lorenzo Mattotti a partir de historias de Edgar Allan Poe) y abraza la luz de la fotografía. ¿Cómo ha sido el viaje?

—Yo no inventé a Poe, pero tuve la suerte de reescribirlo. Es un escritor increíble, su psicología…

—Me refería al contraste luz/oscuridad de su trabajo.

—¿Por qué? No lo veo así. No se puede divididir. Se puede decir también que Poe es extremadamente entretenido y lumínico. Su lenguaje es precioso.

—La foto también tiene algo de tiempo. ¿Cómo se siente al verse retratado en los 70 con la Velvet y demás proyectos que tuvo?

—Tengo muchos problemas en recordar algo. Puedo recordar ciudades, nombres… Lo que me interesa ahora es la parte técnica de las cosas. Estar dentro de la cámara.

Significado con la causa Occupy Wall Street, ahonda un poco más en los motivos que le han llevado a suspender su concierto. Dice que no es ajeno al malestar que hay en España. Que ha visto imágenes en televisión de la policía golpeando a la gente y de familias siendo deshauciadas.

—No soy de aquí y no sé qué decir. Solo que no me gusta la violencia y que veo que la gente protesta mucho. Puedo comentar acerca de Nueva york, que es dónde vivo.

—Pues hábleme de Obama. Usted le apoyó en la primera legislatura. ¿Sigue gustándole?

—Intenta hacer lo mejor que puede con esta situación tan mala. Gracias a Dios ganó las elecciones. Si no lo hubiera hecho… Romney era un mentiroso, hubiera causado un retroceso de 200 años en el país; quizá las mujeres hubieran perdido el derecho al voto.

—¿Quiere decir que Obama era la opción menos mala?

—No he dicho eso. Yo voté por él y es el tipo adecuado.

Los seis minutos se extinguen. Termina la entrevista. Reed tiene ganas de hablar más. Pero solo de cámaras, obturaciones y diafragmas. Y a poder ser, con el fotógrafo.

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