Crítica
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Contrastes

"Y la música de Verdi no hubiera podido llegar al público sin esa orquesta de Les Arts que, a pesar de los recortes, todavía no se ha dado por vencida"

Una escena de 'Rigoletto'.
Una escena de 'Rigoletto'.

La presente temporada de ópera se inició con el reparto de octavillas de los trabajadores del Palau de les Arts, sobre los que se cierne un ERE con la consiguiente reducción de plantilla. El maestro Wellber subió al podio y, antes de alzar la batuta, dedicó unos segundos a la lectura silenciosa del manifiesto de protesta, gesto que fue aplaudido por el público. En las dos últimas temporadas ya habían crecido los signos de que la ópera estable y de calidad, que tan tarde ha llegado a Valencia, se nos estaba evaporando rápidamente. Ahora tales signos se han multiplicado, como es lógico ante la reducción exponencial del presupuesto. Las perspectivas que se derivarán de todo ello, así como de la gestión encomendada a esa nueva instancia denominada “CulturArts” –más gente por arriba y menos gente por abajo- no permiten ser optimistas. El gigantesco edificio de Calatrava puede convertirse en una cáscara vacía a poco que se aprieten más los tornillos. Y se está en ello.

Quizá para conjurar tales fantasmas se ha optado por abrir con un Rigoletto de decorados opulentos (Ezio Frigerio) y un vestuario fastuoso firmado por Franca Squarciapino. La escena, de cariz muy tradicional, resultó atractiva por el lacerante contraste entre el lujo y colorido de la corte de Mantua y los grises y humildes entornos donde habitan Rigoletto, por un lado, y Sparafucile por otro. Se realiza así una proyección de la oposición entre el conquistador y el jorobado, entre el bufón –o el sicario- a sueldo y los nobles despreocupadamente ociosos, entre los humillados –Monterone, Ceprano y, más que ninguno, Rigoletto- y los humilladores –el Duque, Marullo y, paradójicamente, el propio Rigoletto-, entre los sin alma –de nuevo el Duque y los raptores de Gilda- y la apasionada y contradictoria personalidad del jorobado. Todo ello, sin embargo, no hubiera pasado de un cambio de decorados si la música de Verdi no hubiera iluminado con una eficacia impactante esa realidad poliédrica. Y la música de Verdi no hubiera podido llegar al público sin esa orquesta de Les Arts que, a pesar de los recortes, todavía no se ha dado por vencida, tocando el Rigoletto como si en ello les fuera la vida. Omer Meir Wellber –esta vez, sí- se hizo dueño de la situación y dio una lectura de muchos quilates, pese a algún desajuste ocasional. Muy bien asimismo el coro.

Rigoletto

Rigoletto

De Verdi. Solistas: J.J. Rodríguez, I. Magri, E. Morley, Paata Burchuladze, entre otros. Director musical: Omer Meir Wellber. Dirección de escena: Gilbert Deflo. Orquesta y Coro de la Comunidad Valenciana. Palau de les Arts. Valencia, 10 de noviembre de 2012.

Con excepción del veterano Paata Burchuladze (como Sparafucile), se optó por un reparto joven, sin grandes nombres, para poder cuadrar las cuentas. Esa opción, naturalmente, tiene sus riesgos, sobre todo en una obra cimera del repertorio, con papeles tan difíciles como el Duque de Mantua o Rigoletto. El primero, por las dificultades técnicas. El segundo, sobre todo, por las expresivas. Gilda tampoco es fácil: hay coloratura, dramatismo y exigencia de un fraseo rico, sutilmente matizado. Erin Morley cumplió todas esas exigencias, aunque su voz, bonita pero no grande, quedaba algo tapada en los dúos con Juan Jesús Rodríguez, dueño de un instrumento de mucho fuste, aunque plano al abordar los intrincados recovecos anímicos del protagonista. Rigoletto no es sólo un ser dolido por su aspecto físico, sino obsesionado por la protección de su hija, a la que, por otra parte, quiere con un afecto entrañable y normal. Odia, además, tener que hacer reír, como bufón, a unos cortesanos a los que desprecia tanto como teme. Y todo eso hay que transmitirlo... cantando.

Ivan Magri (Duque de Mantua), con unas cuantas buenas notas en la franja central, mostró unos agudos quebradizos y una afinación insegura en un personaje que no se los puede permitir. Tampoco gustó la ausencia casi total de vibrato, algo que resulta casi tan molesto como su exceso. Los comprimarios cumplieron bien.

Las nuevas directrices del Palau de les Arts, en un plano anecdótico pero significativo, dieron señales de vida en los entreactos. En otras temporadas compartían el foyer, amigablemente, los que sólo tomaban una copa con los que, además, picaban algo. Cada cual, como es lógico, pagaba el ticket correspondiente. Ahora hay unas pequeñas vallas separando a los que sólo beben de los que, además, comen. Las mesas altas para apoyar copas o snacks, antes a disposición de todos, sólo estaban el sábado en el espacio vallado o en el exterior, para los fumadores. El precio de los tickets, por otra parte, no depende de cuánto se va a tomar, sino de cuándo se hace. Así, hay precios distintos para los que sólo toman algo en el primer descanso, en los dos primeros, o en todos (Rigoletto tuvo tres descansos de media hora cada uno), con lo cual hay que prever el apetito o la sed que se tendrán desde las 20 horas hasta las 24. Cabe preguntarse, desde luego, si esto es ya una primera muestra de las maneras que presidirán el nuevo holding que va a controlar todos los ámbitos culturales valencianos. Sobre todo, cuando su imaginación no se aplique sólo a los snacks.

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