Selecciona Edición
Selecciona Edición
Tamaño letra
TRIBUNA

De preguntas y cavilaciones sobre Iniciativa

Las naturalezas históricas no existen, no las hay ni para los territorios, ni para las sociedades, ni para las ideas

Se trata de las inquisiciones, juicios y meditaciones que en días pasados efectuaba en voz alta Jordi Gràcia a Iniciativa per Catalunya en este periódico.

Si la hegemonía consiste en conseguir que los adversarios piensen como uno piensa sin darse cuenta de ello, ¿cabe deducir que Gràcia ha asumido, sin advertirlo, la conducta propia de la teología de las esencias nacionales que con tanta intensidad le preocupa? Lo digo porque apelar a la “naturaleza histórica de la sociedad catalana” para establecer la identidad de un colectivo político —ICV, que a su parecer ha traicionado esa naturaleza— es un razonamiento al estilo de los que realizaba Miquel Coll Alentorn, aquel tenaz historiador que desde su querida Unió Democràtica de Catalunya se consideraba con la potestad de repartir credenciales de identidad, un don que heredaron sus colegas. ¿Acaso resulta ahora que si bien hay consenso en que nadie puede repartir credenciales de catalanidad, sí pueden repartirse certificaciones que acrediten ser o no ser de izquierda? ¿Cuál es la esencia de la izquierda en nombre de la cual Gràcia reparte condenas y exige purificaciones? No hay respuesta a esta demanda porque las naturalezas históricas no existen, no las hay ni para los territorios, ni para las sociedades, ni para las ideas. Lo que hay son tradiciones y políticas, pero no naturalezas. ¿De veras ICV “pone por encima las señas de identidad espirituales o sentimentales de un territorio antes que las condiciones de vida”? ¿De veras hace eso, o acaso es una finta narrativa —y gratuita— del autor para sostener su amonestación? ¿Por qué cuando la mayoría de derechos sociales con los que nos hemos dotado son violados, resulta que hablar de un derecho civil igualmente vulnerado es pecado y traición? El tema de hoy no es la independencia, sino el derecho a ser consultado, y si un partido establece radicalidad democrática como núcleo del proyecto que ha construido, ¿qué tiene de traición alinearse en la defensa de un referendo sobre la voluntad de tener un trato igualitario entre territorios? Me pregunto en qué hechos puede sostener Gràcia la afirmación de que ICV asume la reprobación de otros a “mantener y renegociar activamente las relaciones con el resto de España”. Tal vez en los últimos treinta y tantos años hemos vivido en países distintos.

Me sorprende su vocación de secta, porque con los años he aprendido que un partido que pretenda gobernar debe ser mucho más que un programa, pues el liderazgo es proporcional a la capacidad de integrar. Si a Gràcia le gusta el mestizaje de la sociedad, ¿por qué le desagrada el mestizaje político donde conviven colores distintos vertebrados por un empeño igualitario? Cuando un colectivo político se encierra en una sola sensibilidad deviene secta y es un desastre, sencillamente no se entera. Nunca he tenido militancia en ICV, voto este partido cuando su política me parece preferible, y si no, tomo otra opción; pero no voto las sensibilidades distintas que conviven para hacer una política.

El asunto reside en que expulsar de cualquier proyecto de la izquierda a quienes desean la independencia, es el mejor camino hacia la nada

Me sorprende que Gràcia evoque el “significado del PSUC, eurocomunista de origen”. Obviando el error (no menor) de que el PSUC no era eurocomunista de origen, lo importante es que aquel partido dejó de ser lo que era cuando las distintas sensibilidades que lo integraban decidieron que la convivencia entre todas no era deseable. ¿Quiénes cabrían en la ICV de Gràcia? ¿De dónde saca que la federación es “una forma de izquierda más justa que la independencia”? El contenido de justicia lo define el contrato social y las leyes que lo garantizan, no la forma institucional.

El asunto reside en que expulsar de cualquier proyecto de la izquierda a quienes desean la independencia, es el mejor camino hacia la nada. Me sorprende su rabieta, pues hasta donde yo sé nadie ha hablado de voto afirmativo a la secesión, y aunque así fuera no se me pondría el pelo de punta. Tal vez la independencia es imposible, tal vez no sea más que la zanahoria en el extremo del palo: pero si la historia es el referente, y para mí lo es, la federación es hoy lo más parecido a un chiste, algo así como hacer trampas jugando al solitario. Y si llega, miremos cómo es; y si nos gusta, bienvenida sea, de algo habrá servido el reclamo de una consulta.

Ricard Vinyes es profesor de Historia Contemporánea de la Universidad de Barcelona.