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OPINIÓN

El camarero

"Si un tipo que ha votado a Rajoy es capaz todavía de actuar por un impulso personal de valor y decencia es que en este país no está todo perdido"

España siempre fue un mito para los norteamericanos. Un asunto exótico y con frecuencia menor. En los años veinte en pleno Broadway había un barracón de feria llamado museo de la Inquisición. La gente pagaba 10 centavos para ver a frailes españoles entregados a sus ocupaciones favoritas como asar bebés recién nacidos a l´ast, quemar con hierros candentes los pechos de mujeres morenas, adúlteras y guapetonas o colgar ancianos cabeza abajo de las chimeneas. Contaba Camba que a los americanos les gustan las emociones fuertes. Sobre todo si transcurren en una región lejana y primitiva del mundo, como la nuestra. Supongo que retratar en blanco y negro la peor cara de nuestro país en las páginas de su mejor periódico forma parte del mismo espectáculo.

Pero el reportaje de The New York Times merece una reflexión más profunda. ¿O es que ustedes creen que en EE UU no se pueden ver escenas similares de comedores sociales abarrotados, de chavalitos negros abandonados en las calles y de mujeres obesas y trastornadas deambulando entre los contenedores de un Wall-Mart? He vivido en Lousiana antes del Katrina, sé de qué les hablo.

Muchos han querido ver en las fotos una crítica feroz a la desastrosa gestión de este gobierno. Y hasta ahí, nada que objetar. Todos sabemos adónde nos llevan los recortes. Pero ¿de verdad creen que un periódico como The NYTimes se ocuparía tan extensamente de nosotros si no existiera otra razón? Piénsenlo un poco.

Ya sé que tirar piedras contra el propio tejado es un deporte nacional muy arraigado en nuestra tradición, pero quizá habría que empezar a afinar la puntería, sobre todo cuando nos están cayendo menhires de todas partes.

Vale. Ya sabemos que el país se está yendo al garete, que el Estado se autodestruye, que las instituciones se hallan al borde de la quiebra, que los políticos no nos representan y que la economía real no funciona. Pero miren, todavía quedan unas cuantas librerías que valen la pena, el café sigue siendo el de siempre, el clima no está mal, los autobuses cubren sus rutas y los camareros se juegan el tipo delante de la policía por defender a su clientela.

No es mucho, pero es algo. Lo suficiente como para que, pese a lo retorcido que cada cual pueda tener el colmillo, una se reconcilie con el paisaje humano de esta región bárbara y primitiva del mundo. Pienso sobre todo en ese camarero, no un chaval que sirve copas, sino un tipo de más de cincuenta tacos, con canas, camisa blanca y corbata. Un votante del PP como tantos otros. El bar es de toda la vida, con tapas de boquerones en vinagre y calamares. Pues bien, el 25-S, este señor se ve venir una avalancha de policías antidisturbios entrenados como perros de presa dispuestos a entrar en su local donde se había refugiado un grupo de manifestantes, y el hombre, que no es ni joven, ni fuerte, ni entrena en ningún gimnasio, se planta en la puerta con los brazos en cruz, decidido a parar la carga él solo, impidiendo una escabechina. Hay algo heroico y casi bíblico en ese gesto. Como en el cuadro de Goya. Si un tipo que ha votado a Rajoy es capaz todavía de actuar por un impulso personal de valor y decencia es que en este país no está todo perdido.

Así que una oye sonar las trompetas del Apocalipsis desde América y de lo que le dan ganas es de acercarse a la Carrera de San Jerónimo, entrar en el bar El Prado, pedir una caña, apoyar las manos en la barra y, sin previo aviso, estamparle un beso al camarero, sin más. Porque sí.