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10.000 apresurados cruceristas

Miles de turistas abarrotan el centro histórico pero sin tiempo para gastar

Un grupo de cruceristas pasa frente a un puesto de numismática tras visitar la Lonja de Valencia. Ampliar foto
Un grupo de cruceristas pasa frente a un puesto de numismática tras visitar la Lonja de Valencia.

“You say: Cuacho cevezas, po favó”. Cuatro mujeres estadounidenses practicaban su castellano a mediodía del domingo en una terraza de la plaza de la Virgen, en el centro de Valencia. No eran jóvenes. Sí, pálidas y voluminosas. Y no dejaban de consultar el mapa que habían recibido al desembarcar de uno de los tres grandes cruceros que llegaron al puerto de Valencia. El Queen Mary II atracó a las 07.30; el Costa Pacífica, a las 08.20 y el Adventure of the Seas, a las 13.00. En total, unos 10.000 visitantes.

Un servicio privado de autobuses ofrecía traslados desde las 09.00 y cada media hora hasta las Torres de Serranos para visitar la ciudad. La última opción de regreso, también cada media hora, a las 17.00. Algunos turistas sortearon a los ciclistas que corrían el triatlón por el trazado del circuito urbano de Valencia a primera hora y optaron por el Bus Turístic. Otros contrataron una visita guiada. Como resultado, la calle de Navellos, que desemboca en la plaza de la Virgen, o las callejuelas en torno a La Lonja o la plaza Redonda, estaban repletas desde primera hora. “Nunca he servido tantos capuchinos”, comentó Dori, que atiende una terraza junto a la catedral. Un estanco que vende souvenirs a los pies de El Miguelete vivió una mañana agitada: “No paran”. Una pastelería en la calle Navellos sirvió más helados que nunca: “Sobre todo, americanos”. Y una tienda de regalos, al otro lado de la calle, vivió una jornada histórica. Pero las pocas tiendas caras que abrieron sus puertas en Marqués de Dos Aguas o Poeta Querol no notaron apenas nada. Están fuera del circuito de una visita apresurada.

Un grupo de cruceristas pasa frente a un puesto de numismática tras visitar la Lonja de Valencia. / carles francesc

Valencia en siete horas

Una pareja de cruceristas consulta el mapa de Valencia, mientras se toma un respiro en un banco de la vía pública.
Una pareja de cruceristas consulta el mapa de Valencia, mientras se toma un respiro en un banco de la vía pública.

Un avezado turista alemán, que se había preocupado por hacer los deberes, avanzaba decidido hacia la plaza de la Virgen con un recorte de periódico. Valencia in ein Wochen Ende. Un plano colorido identificaba todos los puntos atractivos del centro histórico de la ciudad. Pero su fin de semana era muy corto, de apenas siete horas.

Como él, un río de cruceristas desembocó desde primera hora de la mañana en el centro histórico de Valencia con prisas por conocer la ciudad. Los disciplinados turistas que habían contratado una visita guiada se esforzaban por no perder de vista el cartel que identificaba a sus guías apretujándose entre la fachada de la Lonja y los puestos de intercambio de monedas y billetes que cada domingo rodean el edificio. Para evitar malentendidos, un número en la camisa identificaba los miembros de cada grupo, 4, 11, 12...

Los grupos que seguían a un guía, apenas tenían tiempo para pedir un helado o un dulce antes de hacer una parada ante El Miguelete. Hay que cumplir un horario estricto.

A primera hora, una familia de turistas alemanes caminaba desde el puerto en dirección a la Ciudad de las Artes y las Ciencias con aire independiente y las ideas muy claras. Otros sortearon a los ciclistas que participaban en el triatlón de Valencia sobre el trazado del circuito urbano de fórmula 1 y tomaron el Bus Turístic que esperaba en la calle de Juan Verdeguer para abrir la jornada con un recorrido completo.

Pero la inmensa mayoría de los cruceristas optaron por los servicios de transporte en autobús desde la terminal marítima hasta el centro de la ciudad, junto al cauce del río a unos doscientos metros de las Torres de Serranos.

Los comercios de la calle de Navellos, tránsito obligado hasta la Catedral o el Palau de la Generalitat, se llenaban por pura presión humana. Una tienda moderna de regalos baratos hizo literalmente el agosto en pleno septiembre.

El centro histórico de la ciudad, las calles aledañas a la Lonja de Valencia o la Catedral, fueron un hervidero. Las tiendas de souvenirs o los puestos de la renovada plaza Redonda estaban abarrotados. Los cruceristas también sorteaban curiosos los puestos de un mercadillo junto al Mercado Central.

Pero la imagen de dos turistas caminando poco después del mediodía por la calle Juan de Austria, donde todos los comercios salvo una tienda de dulces permanecían cerrados a cal y canto, ofrecía la otra cara de la moneda.

Las arterias comerciales convencionales, como la calle Colón o la calle Jorge Juan, permanecían desiertas. Algunas tiendas de lujo frente al palacio del Marqués de Dos Aguas o en la calle Poeta Querol, abrieron sus puertas. Pretendían cazar a los potentados que supuestamente llegaron a Valencia a bordo del Queen Mary II, de la prestigiosa naviera Cunard, pero sin mayor éxito, según los dependientes de una tienda de modas.

Los cruceristas tienen un horario muy apretado. Se mueven por la ciudad sin dejar de consultar el mapa. Y tienen la opción de volver al barco cada media hora desde el mismo punto donde les descargó el autobús.

Hace calor, mañana desembarcan en Barcelona o, pasado, en Roma. Y el barco sale puntual. El Queen Mary II zarpó a las 18.00 horas. El Costa Pacífica, a las 19.00.

El 25 de septiembre llegarán otros 7.000 cruceristas en dos grandes buques. Pero zarparán antes de que caiga la noche.

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