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OPINIÓN

De fiesta

Me gustan los días de fiesta, no tanto las fiestas y nada, lo que se dice nada, las Fiestas. No sé, quizá sea un poco raro, pero jamás he estado en sanfermines y me espanta la posibilidad de que alguien me invite a esas fiestas y tenga que aceptar por cortesía. Esas multitudes apretadas que saltan todas al unísono como si les aplicaran un resorte me aterran. En fin, así como los días de fiesta se nos ofrecen como una celebración de la intimidad, aunque esta consista a veces en canturrear yendo de un lado a otro de la casa mientras se deshilacha un tiempo que se nos presentaba pletórico —¡ah, esa gloria de poder decir no he hecho nada cuando pretendíamos hacer tantas cosas!—, las Fiestas demandan justo lo contrario, una salida de nosotros mismos para fundirnos en algo que tal vez pretenda ser el espíritu de la ciudad y que para hacerse efectivo requiere una actividad frenética. Por eso, las Fiestas han de ser participativas, un trajín, del que no excluyo que puedan derivarse sorpresas agradables; por ejemplo, Jon conoce a Paki, y henos ahí ante un nuevo amanecer, que tal vez convierta en menos alocados los saltos de las próximas Fiestas: sic transit gloria mundi.

En las Fiestas tienen mucha importancia los programas, que nos suelen preocupar tanto o más que los presupuestos de la ciudad. Hay programas que incentivan la participación y otros que no, pero lo esencial es el espíritu de la ciudad, y así como hay algunas que casi no necesitan programa y les basta con mostrar la enseña del santo para convertirse en un jolgorio, hay otras que ni con un programa similar a un acelerador de partículas se excitan demasiado. La mía, San Sebastián, tiene fama de ser de estas últimas, quizá porque en ella abunden los tipos como yo, aunque es posible que esa fama sea infundada. Una amiga mía bilbaína, residente aquí, me solía decir que San Sebastián le parecía una ciudad muy rural porque siempre estaba en fiestas. Ya ven. Y otro amigo recurría a nuestro origen gascón para explicarse ese hecho. Tal vez la razón sea más simple y consista en el talante burgués y balneario de nuestra ciudad, lo que propicia que abunden los eventos de naturaleza apolínea y más relajada y que los intentos por modificar ese carácter acaben siempre fracasando. Nunca tendremos unos sanfermines, pero espero que no acabemos perdiendo lo que sí tenemos.

El actual gobierno de la ciudad, de Bildu, ha presentado este año un programa de fiestas muy similar al de años anteriores, si bien con un añadido novedoso. Si se trata de una actividad más, carece de importancia, pero si señala una orientación de cara al futuro, tendré que reconocer que mi amiga bilbaína había intuido algo que yo era incapaz de percibir. Con sus concursos de productos autóctonos y su feria agrícola permanente en el corazón urbano de la ciudad, tendré que asumir que la mía es una ciudad muy rural, aunque no porque siempre esté de fiesta, sino porque siempre está de feria. Una lástima.