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OPINIÓN

Anemia a la gallega

Los intentos de Feijóo por recuperar el rol de político son desacertados e incluso lamentables

Les aseguro que nunca antes he visto a la clase política gallega tan apática y desganada como ahora. A la generalidad de nuestros prohombres y promujeres se les podría aplicar aquella descripción del tango Al mundo le falta un tornillo, de Aguilar y Cadícamo: “Triste, amargao y sin garufa,/ neurasténico y cortao.../ Se acabaron los robustos,/ si hasta yo, que daba gusto,/ ¡cuatro kilos he bajao!”. Entiendo que, con la que está cayendo en general, no es fácil hacer nada en la política gallega en concreto, sobre todo cuando durante cuatro años se ha optado por que no hubiese política gallega.

La leal oposición ya bastante hace con ponerse de perfil mientras arregla lo suyo sin que se note, pero los últimos intentos de Feijóo por recuperar el rol de político han sido un tanto desacertados. Incluso lamentables, si nos fijamos en los gestos. Desde el bochornoso episodio de la queimada en el planeta Intereconomía, al efusivo saludo al tertuliano expresidiario. (Yo no tengo nada contra los expresidiarios: prefiero cien veces a un banquero condenado a veinte años por estafa y apropiación indebida que a los que andan sueltos, incólumes y profusamente indemnizados, pero yo no soy presidente de la Xunta en estos tiempos de pillaje de cuello blanco).

En cuestión de declaraciones, que siempre ha sido lo suyo, tampoco ha estado fino. Especialmente aquella de que “dar de comer o hacer la cama a un paciente no es sanidad”. Obligar a hacer la cama a los enfermos es una temeridad, por el peligro de que se les salten los puntos de la operación y esas cosas. Y además, aunque no sea excusa, la inmensa mayoría de los varones no han hecho una cama en su vida, bien por haber sido malcriados en el machismo, bien por haber nacido ya en el apogeo del edredón. En cuanto a lo de la comida, los pacientes aceptan el pollo exangüe o la tortilla francesa blanquecina porque es de balde, o porque consideran que es comida de régimen. Si se la cobran, estamos hablando de algo serio para un gallego, por muy enfermo que esté. Lo primero que haría sería protestar por la relación calidad/precio y lo segundo, bien traer algo de casa (empezando por el vino, que no puede hacer mal porque es natural y no tiene química ninguna), bien permitirse algo de empanada o de raxo/zorza de un sitio de confianza. Tampoco ha sido muy prudente decirlo, habida cuenta de que él disfruta de ese privilegio —cama y comida— heredado (a quien lo estrenó, Fraga, prácticamente se lo impusieron), pero perfectamente prescindible, dado su sueldo.

Aunque lo peor no, lo siguiente, son las manifestaciones prácticas de su Gobierno, o al menos de determinados subalternos. Como la Consellería de Educación, que da más dinero a la ruinosa fundación del universal Nobel Cela que a todas las fundaciones o asociaciones de los escritores gallegos, juntas y multiplicadas por cinco. ¿No quedábamos en que los subvencionados eran los gallegos y localistas? O que concede más dinero en convenios para normalización a la patronal que a sindicatos y autónomos juntos, o a las diócesis que a los equipos de normalización. Quizá se deba al principio misionero de que hay que centrar los esfuerzos evangelizadores en los paganos, y no en los ya creyentes. O como la intermitente jefa de Costas de Pontevedra, que ha calificado de “canallada” la multa que su departamento estuvo a punto de imponer a la empresa Construcuatro, de la que es socio el exalcalde de Sanxenxo y diputado Telmo Martín, por edificar precisamente en la playa de Silgar (Sanxenxo). Según la encargada de proteger la costa, había más edificios igual de ilegales, y todos igual de legalizables, pero fueron a por el del “pobre Telmo” porque había sido alcalde. Me parece bastante lógico que se mire especialmente lo que hace un alcalde en su ayuntamiento. Al menos es lo habitual en las democracias.

Claro que hay elementos positivos. La gallarda defensa que hizo Feijóo de la autonomía en un foro tan poco proclive como el antes citado planeta. La afirmación que hizo el compañero de columna Pedro Puy (en su faceta de diputado popular) de que el PP no hará aquí con la TVG lo que hizo con TVE. Que lo del referéndum para dedicar 15.000 euros al fomento del empleo o a los toros y salir a los toros no fue aquí. Ni tampoco fue gallego el ayuntamiento que solicitó 23 millones en el plan de proveedores y después le pagó 9.900 a Paquirrín para que pinchase en las fiestas… Pero en mayo, Galicia tuvo los peores datos del paro de ese mes en doce años y, por primera vez en una década, el comportamiento del paro fue peor que en España. O sea que quizá veamos vida en lo que son los estertores del rabo cortado de la lagartija.