El manifiesto
"Nos ha faltado el 'trellat' del que este pueblo siempre había hecho gala y nos hemos quedado en un 'meninfotisme' que se ve desde otros lugares de España como falta de credibilidad"
En La resistencia, Ernesto Sábato nos muestra el camino para recuperar la credibilidad por parte de los políticos que se ocupan de la cosa pública o de los partidos para rencontrarse con el pueblo cuya sintonía parece han abandonado. Sábato nos recuerda que, antes, la vida de los hombres se centraba en valores espirituales, hoy casi en desuso, como la dignidad, el desinterés, o el estoicismo del ser humano frente a la dificultad. Grandes valores como la honestidad, el honor, el gusto por las cosas bien hechas —cada cosa en su sitio y un sitio para cada cosa— el respeto por los demás —principalmente por los mayores— no eran algo excepcional, sino que se hallaban en la mayoría de las personas. El cumplimiento de las obligaciones de pago, comprometidas sólo con la palabra, se daba por habitual. Hoy, difícilmente se los reconoce, y menos aún se les otorga carácter de ejemplaridad. Mientras, sin embargo, algunos jóvenes que mantienen valores del pasado, defienden, como Sábato, que “tal vez no podamos rehacer el mundo, pero sí podemos, al menos, impedir que se deshaga. Hay una manera de contribuir al cambio: no resignarse”. Y en ello, coincidimos.
En el caso valenciano la necesaria recuperación de valores resulta más evidente. Nos hemos quedado fuera de la credibilidad necesaria. Lo último, la intervención por parte del Gobierno central para evitar la dramática situación de los proveedores que se disputan ser los primeros en el cobro ante la falta de cumplimiento en el pago por parte de la Generalitat y numerosos Ayuntamientos. Primero fueron las oficinas de farmacia, luego los constructores, más tarde los metalúrgicos y finalmente los autónomos. Y así, cientos de proveedores que produjeron una cadena interminable de impagos que vino a afectar a miles de empresarios y trabajadores. Se nos dirá que los ingresos se redujeron por la brusca caída de la economía. Pero, ¿y los gastos? Acaso se desconocía, por quien debía conocerse, que las inversiones multimillonarias debían ser productivas. Que las grandiosas instalaciones debían pagarse, amortizarse y mantenerse; que los afamados eventos debían cuestionarse en aras de su debida proporcionalidad; que la acción social consiste precisamente en eso, en adecuar unos recursos siempre escasos a las necesidades más perentorias y no precisamente, al revés, dilapidar fortunas inexistentes confiando en retornos que nunca se producirían.
Y la realidad es que cada uno recoge lo que siembra. Nos ha faltado el trellat, del que este pueblo valenciano siempre había hecho gala y nos hemos quedado en un meninfotisme —Qué vos passa valencians?— que se ve desde otros lugares de España, y desde aquí mismo, como falta de credibilidad. A los procesos judiciales en marcha en las tres provincias, de todo tipo y condición —pues no existe proceso judicial que no tenga un ramal en nuestras tierras— se suma la pérdida de entidades financieras autóctonas, sin saber cómo ni por qué, que alcanzan al banco participado por una de las Cajas —que confiamos no pierda finalmente su esencia valenciana— mientras los partícipes de la otra se encuentran defraudados en la recuperación de sus fondos. Ante lo cual, cabe recordar que fuimos la primera Comunidad en la que tuvo que intervenir al Gobierno central para hacer frente a la exigencia de cobro por parte de una entidad financiera a la que se adeudaban pagos comprometidos, desconociéndose, en aquel momento, lo que estaba por llegar. Son les originalitats, que dijera Joan Fuster, que diferencian a unos pueblos de otros, y que lamentablemente han derivado, en nuestro caso, en una situación que resulta necesario reconducir alejando la imagen distorsionada ofrecida en los últimos años.
Tu suscripción se está usando en otro dispositivo
¿Quieres añadir otro usuario a tu suscripción?
Si continúas leyendo en este dispositivo, no se podrá leer en el otro.
FlechaTu suscripción se está usando en otro dispositivo y solo puedes acceder a EL PAÍS desde un dispositivo a la vez.
Si quieres compartir tu cuenta, cambia tu suscripción a la modalidad Premium, así podrás añadir otro usuario. Cada uno accederá con su propia cuenta de email, lo que os permitirá personalizar vuestra experiencia en EL PAÍS.
¿Tienes una suscripción de empresa? Accede aquí para contratar más cuentas.
En el caso de no saber quién está usando tu cuenta, te recomendamos cambiar tu contraseña aquí.
Si decides continuar compartiendo tu cuenta, este mensaje se mostrará en tu dispositivo y en el de la otra persona que está usando tu cuenta de forma indefinida, afectando a tu experiencia de lectura. Puedes consultar aquí los términos y condiciones de la suscripción digital.


























































