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OPINIÓN

Los olvidados

Resulta difícil precisar su cuantía, y no creo que los flujos migratorios de estas últimas décadas —el número de aquellos que se fueron de Euskadi— sirvan como criterio fiable para fijarla, aunque también es posible que muchos de los que se fueron por otros motivos hubieran permanecido aquí si la situación hubiera sido menos inhóspita. Hablo de los exiliados, desterrados o transterrados, de todos aquellos que tuvieron que abandonar Euskadi obligados por el terror o por la dignidad de su conciencia, y lo hago agradeciéndole a Isabel C. Martínez el hermoso, aunque dramático, y necesario reportaje que les dedicó en estas páginas. Hasta ahora, apenas se les mencionaba cuando se hablaba de las víctimas del terror, o incluso se les denostó si tuvieron voz y oportunidad para la denuncia, acusándoles de servir a oscuros intereses que sólo les aportaban beneficios: su denuncia se convertía en la prueba definitiva de que, en efecto, algo habrían hecho. Hoy parece querer repararse esa injusticia, como lo prueban el Proyecto Retorno y el acuerdo para reformar la Ley de Reconocimiento y Reparación de las Víctimas con el fin dar entrada en ella a quienes tuvieron que marcharse y desean regresar.

El pasado domingo, al atravesar una localidad de nuestra geografía, vi junto a la carretera un cartel con ese archiconocido mensaje de “Ongi etorri X”, tan habitual ya para nuestros ojos como cualquier señalización de tráfico. No tuve que cavilar mucho para suponer a qué colectivo pertenecía el X al que se le daba la bienvenida. En ningún momento pensé que pudiera ser quizá alguien que tras haber sido hostigado, humillado, amenazado hubiera tenido que marcharse de Euskadi y ahora hubiera decidido volver. Hablamos de relatos, pero, desdichadamente, ese es el relato que hoy gritan nuestras calles, el único “todavía” posible, y no es casual que halle su reflejo en las urnas. Que nadie piense que estoy reivindicando una pugna de carteles, una confrontación de ongi etorris, una pugna que nunca ha existido y cuya ausencia es reveladora del auténtico y verdadero relato profundo, el de que en Euskadi nunca hubo una confrontación entre dos bandos enfrentados. De ahí también que resulte inapropiado hablar de vencedores y vencidos. El balance es otro, es el de una banda terrorista que ha sido derrotada por el Estado democrático y el de una estela de dolor de cuyas dimensiones sólo ahora empezamos a tener conciencia. Los olvidados en el destierro, los olvidados en el silencio, por ejemplo, ¿cuántos miles?

Y tendremos que hablar también de la “banalidad del mal” si queremos un relato verdadero. El mal carece de profundidad en sus orígenes y en su desarrollo. Es tan azaroso, o tan gratuito, como ese órgano que preexiste a sus funciones, en este caso a sus razones, y lo que genera gratuitamente es la desolación y el dolor. Nunca seremos libres en este país si no exigimos a quienes lo han causado que asuman la responsabilidad de la barbarie.