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OPINIÓN

Erotissimo

Hace unos días, David Trueba hablaba en su columna del equívoco concepto de “nostalgia”. Hay nostalgia buena, nostalgia mala, nostálgicos que así son llamados como insulto, nostálgicos como románticos impenitentes. Personalmente, la única nostalgia que me hace gracia es aquella en la que un asunto serio se convierte en un recuerdo divertido.

En 1992, millones de personas visitaron Sevilla con motivo de la Expo. Gran parte de esa masa humana éramos chavales que íbamos con nuestros colegios de excursión. En el mío se montó un viaje en autobús desde Donosti para pasar tres días en La Cartuja. Los de mi clase teníamos por aquel entonces 15 años, es decir, que estábamos en plena pubertad con las características habituales: granos, inseguridad, gamberrismo y por encima de todo hormonas disparadas. Vamos, que estábamos muy salidos. En otro contexto que no fuera vasco o esquimal, quizás la aventura sevillana habría servido para conocer el primer amor, dar el primer beso o tener la primera decepción sentimental. Nuestro colegio era mixto y, por supuesto, íbamos con chicas, pero éramos conscientes de que en esa franja de edad no les interesábamos en absoluto a nuestras compañeras. De ahí que nuestros esfuerzos se centraran en otros objetivos. Las eternas horas de autobús recorriendo la Península Ibérica no nos servían para fantasear con el pabellón de Japón o los cines en tres dimensiones. Pensábamos en que llegaríamos a nuestro hotel el viernes por la noche y que la aparición de las televisiones privadas había supuesto la irrupción de una programación erótica en televisión. Por lo tanto, el plan era reunirse alrededor del televisor para ver Erotíssimo en Telecinco. En aquel momento la cadena amiga emitía un programa de películas eróticas muy suavecitas pero que a nosotros nos parecía lo más osado y prohibido de nuestra aburrida existencia.

Teníamos a la tecnología como aliada en nuestra misión, ya que el hotel al que fuimos no dejaba de ser un grupo de casetas de obra a las afueras (sin baño, sin enchufes y, por supuesto, sin tele) pero la previsión había hecho que dos compañeros llevaran esas teles portátiles de cinco pulgadas que acababan de salir al mercado. No recuerdo absolutamente nada de la película que vimos (sí que recuerdo que en un momento dado pusimos Canal Plus codificado) pero es más fácil rememorar el ansia de las horas previas. Quizás fue la primera vez que me di cuenta de que el “cómo” era mucho más divertido que el “qué”. Conseguir ver la tele esa noche nos parecía el asunto más importante de nuestras vidas y la orientación de la antena metálica de los pequeños televisores fue un drama lleno de tensión. Ahora, sobre todo, me parece una base maravillosa para una comedia de adolescentes.