El ocaso del bingo

Tres salas cierran en un mes en un sector en crisis, aún más amenazado por el megacasino

Tres jugadores en una mesa del bingo Vista Alegre.
Tres jugadores en una mesa del bingo Vista Alegre.CRISTÓBAL MANUEL

Lo macro y lo micro. Sheldon Adelson es el magnate estadounidense que desde hace semanas tiene a medio Madrid debatiendo si permitirle instalar una ciudad del juego como las que ya tiene en Las Vegas y Macao. Por argumento trae en la maleta la promesa de 164.000 empleos. Mientras, en el lado oscuro del glamour, los bingos madrileños, instituciones de juego tradicionales en la región, viven su ocaso. En enero cerraron tres, con una pérdida de 100 empleos, y para finales de año se prevé la clausura de 10 más.

Bingo Parquesur de Leganés, Copacabana de Móstoles, sala Gran Vía. La capacidad de estos nombres para suscitar titulares y disputas políticas es nula a pesar de que dos de ellas eran salas de primera clase. No pudieron luchar contra el efecto de cuatro tsunamis: la alta fiscalidad sobre el juego, la ley antitabaco, la crisis, y el envejecimiento y muerte de la clientela. El antiguo jefe de sala de uno de ellos recibe a las visitas en casa, vestido con la camiseta de un club de fútbol mientras ve la televisión. Saca una revista del sector del juego y encuentra una foto suya en traje y sonriente. “Era un trabajo de muchas relaciones públicas”, cuenta. No quiere dar su nombre porque duda de si seguir buscando de lo suyo o reciclarse. “El sector lo veo muerto, pero es lo que sé hacer. He estado más de 20 años trabajando 12 horas, saliendo después de las tres de la mañana”.

Su diagnóstico es negativo porque sabe que las empresas han intentado todo: recortar personal a mínimos, guerras de ofertas, bebidas baratas… Ante las malas perspectivas, en 2011 la Comunidad redujo la imposición fiscal al sector desde el 70% hasta el 50%, pero este exige que se le equipare al juego online, que tributa el 25%. Y aun así saben que la losa es pesada: los bingos languidecen con un gran porcentaje de ludópatas (según los empresarios, solo un 20% de su clientela), premios no muy atractivos y una imagen asociada al jubilado solitario que se deja la pensión en cartones. “No nos engañemos. Hace unas décadas las parejas salían a cenar y se iban al bingo, pero hoy nuestro objetivo es sobrevivir”, se lamenta Manuel Matamoros, secretario general de la Organización Empresarial Madrileña de Establecimientos de Juego (Omega).

Aquí solo vienen señoras mayorcitas, y a las nueve se van a la cama”, dice una empleada”

Según Omega, en Madrid quedan 49 bingos (con unos 1.600 empleados), cuando en 1995 había 106. Y pese al sórdido panorama, Juan José Sánchez, gerente de la Confederación Española de Organizaciones del Juego del Bingo (CEJBingo), asegura que la situación en el resto del país es peor. “Las relaciones con la Comunidad son fluidas. En 2011 también permitieron los anuncios”. El problema es, en opinión de Sánchez, que las comunidades autónomas (dueñas de las competencias de juego desde 1995) no están para renunciar a ninguna tributación. Por no hablar del problema del tabaco. Matamoros asegura que apoya la supresión de humos, pero que en su negocio es imposible: “Muchos jugadores son más ansiosos que la media. Si no les dejas fumar cuando juegan, lo hacen desde casa”.

Para los trabajadores despedidos de un bingo, las perspectivas de emplearse en otro casi no existen. Las esperanzas puestas en el megacasino de Mr. Adelson también son remotas. Por las exigencias del millonario de saltarse la normativa de Trabajo e Inmigración, las condiciones no parecen muy atractivas. Y en la CEJBingo vaticinar que si se cumplen las peticiones estadounidenses -incluidas las exenciones fiscales solicitadas- irán a la ruina. “Pagamos 30.000 millones de euros en impuestos, y este señor que no quiere pagar parece que llega aquí como la Cruz Roja”, dice Sánchez, que recomienda ser prudente hasta que el plan del casino solidifique.

Cuatro personas en una sala

Un paseo por un par de salas muy diferentes deja una impresión de las perspectivas del sector. En el bingo Prima quedan exactamente cuatro personas, y una es la encargada. “Aquí solo vienen señoras mayorcitas, y a las nueve se van a la cama”, cuenta para explicar por qué la sala está cerrada y solo se puede jugar a las máquinas. Dirige a los jugadores a otro salón cercano, el Universal, uno de los pocos que aún funciona a buen rendimiento al arranque de la noche.

El sector, que tributa el 50%, exige que se le equipare al 25% del juego 'online'

La sala, presidida por un enorme marcador en el que se ven los premios en euros y pesetas, está de bote en bote a las once de la noche. “Siempre es así”, asegura el jefe de sala, un hombre de mediana edad con un traje demasiado grande. Seis empleados de sala y tres camareros corren con cartones y bandejas. Sin embargo, a las once y media casi la mitad de las mesas están ya vacías.

Dos euros el cartón; y por cuatro euros y medio, menú con cocido. La mayoría de jugadores tiene una edad respetable. En una mesa un joven con pelo de punta gesticula ansioso. Mientras leen los números solo se oye su rotulador tachando una y otra vez la misma casilla. A medida que se cantan bingos, lanza al suelo los cartones que pierde.

Los jugadores no se muestran muy dispuestos a la charla. Después de no llevarse el premio de la noche (1.500 euros, a partir de los cuales las siguientes partidas descienden: 480, 351…) una pareja de sesentones se escabulle al preguntarles si van por allí a menudo: “A este no. Una vez, nos tocó y por eso hemos vuelto”. Mientras, en la puerta un empleado hace una encuesta corporativa a un jugador. El chico escribe las respuestas apoyado en el lateral de una máquina y el hombre contesta sin mirarle, pulsando el botón para que las frutitas bailen.

- ¿En este bingo se siente como en casa?

- Como en casa.

- ¿En este bingo le saludan por su nombre?

- Claro: llevo viniendo 28 años.

- ¿Qué considera que le falta a este bingo?

- Más premios.

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