LIBROS

Lenguajes heridos

La experiencia personal, por dura que sea, ocupa cada vez más terreno en la literatura. Es el caso de las agresiones sexuales a niñas, objeto de varios libros recientes

La escritora argentina Belén López Peiró.
La escritora argentina Belén López Peiró.ALEJANDRA LÓPEZ

La literatura se ha convertido en los últimos años en un espacio para el intercambio de experiencias, un ágora donde cualquiera puede hablar y darse voz a sí mismo, a sí misma, exponiendo una relación de algún modo conflictiva con el mundo. La literatura ha crecido como espacio democrático (lo señalaba en su discurso de aceptación del premio Nobel Olga Tokarczuk). Nunca en la historia de la humanidad tantas personas se habían postulado como narradoras de sus vidas, de modo que disponemos de un conocimiento cada vez más holístico y corresponsable de la realidad que nos habita.

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En los últimos meses se han ido publicando varios libros que mantienen una unidad, un mismo tema que los cruza y determina la motivación para su escritura. Tres de ellos son: Por qué volvías cada verano, La ternera y La niña de la banquisa, citados por orden de aparición en editoriales españolas, aunque las ediciones originales del primero y del último datan de 2018. El tema en los tres libros es el mismo, el abuso sexual, las violaciones sufridas por las tres protagonistas en contextos dispares, pero con consecuencias muy parecidas en las que profundizan sus narradoras. Porque son las consecuencias las que han constituido un severo problema en sus vidas.

En Por qué volvías cada verano, la argentina Belén López Peiró evoca los abusos sexuales sufridos en su adolescencia, de los 13 a los 17 años, por parte de su tío, comisario de policía, un hombretón de 150 kilos que con mil excusas se aprovecha de la soledad en que vive la joven en la casa (su madre trabaja mucho y ella apenas la ve) para forzarla: la tumba en la cama, la aprisiona entre sus rodillas y con una mano la manosea mientras con la otra se masturba. Si la joven intenta levantarse apoyándose en los codos, él utiliza una de sus manos para inmovilizarle la cabeza y entonces bastante tiene la víctima con seguir respirando.

La escritura se democratiza. Nunca en la historia tantas personas se habían postulado como narradoras de sus vidas

El título procede de un hecho que concurre con el libro siguiente. Es decir, la madre confía en la familia de su hermana para que su hija pase los veranos con ellos, dado que la progenitora no tiene vacaciones: “Y así [a su madre] me entregabas cada verano. Era un paquete que depositabas en diciembre, después de terminar el colegio, y retirabas en marzo, toda cogida [jodida]”.

Aurora Freijo Corbeira.
Aurora Freijo Corbeira.David Marco Visual (EDITORIAL ANAGRAMA)

En La ternera, de Aurora Freijo Corbeira, una niña de cinco años es víctima regular de los tocamientos y masturbaciones de un vecino de la escalera. Hablamos de un barrio humilde, de casas de puertas abiertas que invitan a la promiscuidad. La niña queda muchas tardes al cuidado de la vecina y en ocasiones vuelve a casa con la faldita del revés —lo de atrás, delante—, pero nadie presta atención a ese detalle, tan revelador de una pieza de ropa que no para quieta en cuanto el hijo de esta vecina, supuestamente cuidadora de la niña, un hombre soltero, carnicero de profesión (de ahí el título), ve la escena despejada y la empuja solícitamente hacia el cuarto de baño de la vivienda, que para ella será el cuarto del daño. Pero mientras en Por qué volvías cada verano el testimonio de la narradora se alterna con otras voces que tienen algo que decir sobre el caso y con la documentación judicial a la que su denuncia dio lugar, La ternera se abre y se cierra con la impunidad del agresor.

El tercero, La niña de la banquisa, frente a la reiteración de los abusos en los dos casos anteriores, refiere una sola agresión sexual. Una niña de nueve años, hija de una familia acomodada, es engañada por un tipo que al entrar ella en la casa le sigue dando un pretexto. La sube hasta un piso más alto y en la misma escalera la fuerza, provocándole la rotura del himen y una dilatación de la vulva de centímetro y medio, totalmente anormal en una niña de su edad, como mostrará la inspección ginecológica efectuada al día siguiente, porque los padres denuncian de inmediato lo ocurrido al ver el estado deplorable en que llega su hija. A todo esto, el hombre se ha perdido en el anonimato. Sin embargo, será localizado por la policía años más tarde, pues era un modus operandi que siguió repitiendo. De ese modo, Adélaïde Bon, después de años de terapias de toda clase, consigue enfrentarse con el hecho traumático y con el hombre que se lo ocasionó. Aprende a volver sobre sí misma después de años de huida, de trastornos alimentarios y de pulsiones autodestructivas.

La francesa Adélaïde Bon, en 2018.
La francesa Adélaïde Bon, en 2018.Philippe Matsas EDITORIAL ANAGRAMA

Los tres relatos, siendo narrativamente muy distintos —más aséptico y documental el de López Peiró, más literario el de Freijo, más combativo el de Bon—, mantienen un mismo patrón. Las tres autoras escriben sobre el pánico que durante años han sentido al evocar cualquier detalle de lo sucedido, su imposible verbalización porque la objetivación de aquello que les ocurrió no estaba a su alcance. Las tres autoras fueron víctimas del tipo de violación más frecuente con niños o adolescentes. Aquella en la que no media más violencia física que la violencia estrictamente sexual ejercida por seres tal vez enfermos, tal vez vaciados de toda humanidad, sobre otros indefensos que ante la agresión, envuelta en palabras y actitudes de interés y regalo que no se corresponden con los actos, quedan paralizados. No habrá sangre, ni heridas aparentes, ni gritos, ni restos de esperma en la vagina.

De muchas agresiones infantiles no quedan pruebas tangibles. Lo que pasó se disuelve como el humo, pero el impacto de la agresión es tan desproporcionado respecto del pensamiento de una niña que consigue colonizar su mente hasta fomentar en ella una confusión responsable de sentimientos posteriores de vergüenza y culpa. ¿De verdad les había gustado como les decían sus agresores para asegurarse la impunidad sembrando la desconfianza en las víctimas?

En lo sucesivo verán expropiada su sexualidad porque la memoria traumatizada bloqueará el deseo, transformando sus cuerpos en superficies heladas, cerradas al placer, confusas, temerosas. ¿Acaso la violación infantil es un tema que pueda tratarse literariamente? No es fácil responder a esta pregunta, pero pensemos en otra: ¿quién consigue advertir de la inmoralidad de un hecho si no es elevando su caso personal a la categoría de lo público?

Por qué volvías cada verano. Belén López Peiró. Las Afueras, 2020. 135 páginas. 15,95 euros.

La ternera. Aurora Freijo Corbera. Anagrama, 2021. 128 páginas. 16,90 euros.

La niña de la banquisa. Adélaïde Bon. Traducción de Cristina Zelich. Anagrama, 2021. 248 páginas. 19,90 euros.

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