HISTORIA

Relatos de la ocupación napoleónica

El bicentenario de la muerte del emperador francés sirve de ocasión para recordar uno de los motivos de la novela europea del siglo XIX, de ‘La Cartuja de Parma’ a ‘Guerra y Paz’: la presencia del invasor en tierra ocupada. Para unos simbolizaba la llegada de las luces. Para otros, una humillación nacional

Figuritas de Napoleón en la tienda de la exposición 'Napoleón: de Waterloo a Santa Elena, el nacimiento de la leyenda' que puede verse actualmente en Waterloo (Bélgica).
Figuritas de Napoleón en la tienda de la exposición 'Napoleón: de Waterloo a Santa Elena, el nacimiento de la leyenda' que puede verse actualmente en Waterloo (Bélgica).STEPHANIE LECOCQ / EFE

Por una antigua costumbre de guerra, cuando un invasor toma una población, suele aposentarse en casa de algún notable de la localidad. Los conflictos de esta convivencia impuesta han dado bastante juego en la literatura. En uno de los pasajes más entretenidos de Poesía y Verdad (1811-1830), Goethe ya contaba que a su padre, como notable de Frankfurt, le metieron en casa a un lugarteniente del rey Luis XV, en el curso de la Guerra de los Siete Años. Y, mientras el hombre, indignado, estaba “de mal humor y cada día más hipocondríaco”, madre e hijo, lejos de compartir esta repugnancia, enseguida se pusieron a aprender francés. El alojado les parecía correctísimo, “alegre y activo” ―¡los niños de Frankfurt descubrieron el helado gracias a él!―, y Goethe, a los 10 años, empezó con entusiasmo a declamar a Racine “a la manera teatral”. El drama de la invasión fue para ellos más bien la comedia de la hospitalidad, donde el papel más cómico naturalmente lo interpreta la figura de autoridad ofendida. Veamos otros ejemplos a costa de Napoleón.

En Milán

Una situación análoga a la vivida por Goethe la encontramos en La Cartuja de Parma (1839), que empieza justo el 15 de mayo de 1796, el día en que las tropas de Napoleón entran en Milán. Solo que aquí se trata de un episodio picante. El marqués del Dongo, un pusilánime con “un odio vigoroso a las Luces”, se ve obligado a acomodar en su palacio de la ciudad y hasta en su castillo del lago de Como a un tal teniente Robert, “mozo quintado bastante atrevido”. El día que se presenta, este indeseable inquilino lleva las suelas de los zapatos hechas de trozos de sombreros recogidos en el campo de batalla. Pero a la hora de la cena se explaya sobre su pobreza y la de sus compañeros y enternece a las damas ―la marquesa y su joven cuñada―, que a partir de entonces no se separarán de él.

El teniente y sus compañeros, además de pobres, son jóvenes y muy alegres. Estimulan “el olvido de los sentimientos tristes, o sensatos sin más” y pronto todo el Milanesado está encantado con ellos: “aquel pueblo ―dice el narrador― llevaba cien años aburriéndose”. De ahí surge la insinuación de un incidente: mientras el marqués ―el cómico de turno― conspiraba furioso, la marquesa y el teniente podrían haber cometido adulterio y concebido un hijo, el que será el héroe de la novela, Fabrice del Dongo. Cuando el teniente tiene que partir, la marquesa se viste de luto varios meses.

Stendhal fue funcionario del Ministerio de Guerra de 1805 a 1813 y siguió a Napoleón de Berlín a Moscú. Según decía en sus inacabadas Memorias sobre Napoleón (1837), lo importante del emperador fue que “civilizó” al pueblo “haciéndolo propietario y dándole la misma cruz que a un mariscal”. En La Cartuja, valoraba además su capacidad de concienciarlo de que “todo cuanto hasta entonces había respetado era ridículo y, en ocasiones, aborrecible”. Napoleón habría expandido “las Luces” y la égalité de una forma muy divertida.

'Retirada de Napoleón de Moscú', pintada por el alemán Adolph Northen.
'Retirada de Napoleón de Moscú', pintada por el alemán Adolph Northen.

En Moscú

La teoría de la Historia de Tolstói en Guerra y paz (1869) abomina de “los llamados grandes hombres”, descree de las voluntades, de las estrategias y de las libertades, por lo que es lógico que fulmine a Napoleón. En su caso, con especial inquina. En Tolstói no hay comedia; ni mucho menos, como en Stendhal, revolución. Un narrador hostil cuenta la ocupación de la casa en Moscú del difunto masón Bazdéiev por parte de un tal capitán Ramballe y su ordenanza Morel, el 2 de septiembre de 1812. El joven Pierre, conde Bezújov, que está alojado en la casa, impide que un hermano loco y borracho del difunto propietario mate de un tiro al invasor, y luego cena con él cosas sabrosas. Muy agradecido, el capitán se recrea en sus hazañas bélicas y eróticas y Pierre siente “un involuntario placer al charlar con aquel hombre alegre y afable”, hasta tal punto que se sincera y le cuenta su propia historia de amor. Después de cenar, contentos de vino, salen a la calle, ven los primeros resplandores del incendio de Moscú y Pierre vuelve a sentir “una alegre emoción”. Dura poco: enseguida se marea.

Al día siguiente, coge una pistola y un cuchillo de sierra y sale dispuesto a matar a Napoleón. La hospitalidad, como bien resalta el narrador, ha sido en él una debilidad, un engaño. Para Tolstói, todo es un caso grave, y Napoleón siempre fue un mentiroso.

Rubén Rojo y Lola Flores en la película 'Venta de Vargas' (1959), de Enrique Cahen Salaberry.
Rubén Rojo y Lola Flores en la película 'Venta de Vargas' (1959), de Enrique Cahen Salaberry.

En España

En el cuento El extranjero (1854) de Pedro Antonio de Alarcón, una viejecita de Fiñana y un arriero cuidan de un soldado polaco napoleónico, enfermo de tercianas. Un soldado español apodado Risas apalea a la viejecita “por su falta de patriotismo” y también al “arriero afrancesado”; al polaco lo mata, le corta una oreja y le roba un medallón. El Risas este luego se lleva su castigo por malo, pero la hospitalidad aparece a menudo asociada a la sospecha de traición en la literatura napoleónica española del siglo XIX. En otro cuento de Alarcón, El afrancesado (1856), un boticario de Padrón ofrece en 1808 una cena a veinte oficiales franceses; cuando el pueblo indignado irrumpe en el festín, descubre que el anfitrión ha envenenado a todos sus invitados, y muerto él mismo en el empeño. Un personaje de Gerona (1874) de Galdós cuenta cómo el alcalde de San Martín dio “boletas de alojamiento” en casa de los vecinos a los soldados de un batallón napoleónico; luego mandó al pregonero con el siguiente mensaje: “Eixa nit a las dotse, cada vehí matarà son porch”.

Nos tememos que la hospitalidad con Napoleón será falsa y sangrienta en España hasta 1959, gracias a la película con canciones Venta de Vargas. Ahí se lleva el conflicto, más allá del alojamiento, al terreno del amor romántico, y sin necesidad de las retorcidas fatalidades patrióticas que merecía Lola la Piconera en Cuando las Cortes de Cádiz (1934) de Pemán y sus versiones cinematográficas. En Venta de Vargas, al principio por coquetería y porque se ha enfadado con su medio novio, Lola Flores cede a las atenciones del apuesto capitán Pierre, aposentado en Andújar, y pasa una noche con él a orillas del río. Por la mañana le dice: “Hasta he olvidado que eres francés: solo he visto en ti a un hombre”. Él responderá más tarde, cuando ya tenga que huir, que lo suyo ha sido “más que la aventura de un soldado invasor”. Lola, mujer madura y estoica, escéptica del amor, se toma la separación como algo normal en este mundo donde todo es “cara y cruz”, “amigo y enemigo”, como en la lírica del Siglo de Oro. Y no solo nadie la fusila, sino que hasta se reconcilia con el medio novio. Pero esto quizá ya no sea hospitalidad, sino un moderno y templado episodio de amor imposible.

Luis Magrinyà es escritor y editor de la colección Clásicos de Alba Editorial.


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