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Graciela Iturbide: soñar para atrapar la vida

La fotógrafa mexicana, premiada en los premios Sony World Photography de 2021, comenta para ‘Babelia’ la que considera una de sus mejores imágenes, perteneciente a su emblemática serie ‘Juchitán de las mujeres’

'Manos poderosas' (Juchitán, 1986), de Graciela Iturbide.
'Manos poderosas' (Juchitán, 1986), de Graciela Iturbide.graciela iturbide

Al suroeste del estado de Oaxaca, en el istmo de Tehuantepec, se encuentra Juchitán. El pueblo es conocido por la riqueza de sus tradiciones zapotecas. También por la tolerancia de sus habitantes, así como su resistencia a la represión. Pero es realmente el poderío que ejercen sus mujeres lo que le concede la notoriedad de una utopía matriarcal. Allí llegó Graciela Iturbide (Ciudad de México, 1942) en 1979, invitada por el polifacético artista Francisco Toledo, con el fin de dar rienda suelta a su universo poético a través del retrató de una comunidad. Una labor que se prolongó de forma intermitente a lo largo de casi un decenio. De ella surgió el libro Juchitán de las mujeres (en colaboración con la poeta y la escritora Elena Poniatowska) y, en consecuencia, el reconocimiento de su obra de forma internacional.

El sueño se convierte en imagen real en la obra de la artista latinoamericana: “Mis sueños tienen mucho que ver con mi vida, como mi vida tiene que ver con mis sueños”, dice. De igual manera, Manos poderosas de Juchitán, la fotografía elegida, es fruto de otro sueño, el de las mujeres de Juchitán. En la imagen, una abuela posa junto a su nieta. Sus caras parcialmente cubiertas por lo que parecen una manos talladas en madera sobre un pedestal. “Las llaman manos santas o manos poderosas”, cuenta la artista. “La primera vez que las vi fue en una vivienda de Juchitán. Allí me contaron que cuando las mujeres sueñan con ellas salen en su búsqueda. Las encuentran en los árboles; son fruto del mundo natural. Crecen casi de forma perfecta, aunque a veces sea necesario pulirlas. El sueño se ha cumplido y las mujeres regresan felices a sus hogares, donde las manos pasan a ser un objeto de culto, venerado con flores como si fueran dioses. Se trata de una antigua tradición que no muchos conocen y solo tiene lugar en Tehuantepec. Las soñaron, las encontraron y ahora las adoran en sus altares”.

La fotógrafa Graciela Iturbide, retratada en 2018 en Madrid.
La fotógrafa Graciela Iturbide, retratada en 2018 en Madrid.INMA FLORES

La imagen parece resumir la temática que configura la obra de la fotógrafa latinoamericana: su carga simbólica, la alusión al mundo onírico, la presencia femenina y la exaltación de la tradición vernacular e indígena. “Mis fotografías surgen de forma espontánea, pero cuando encuentro algún simbolismo, lo hago resaltar”, señala. “No es premeditado, simplemente aparece. El símbolo, la imaginación y lo sueños tienen mucho que ver con la vida de un fotógrafo. Como decía Brassaï: ‘No se puede atrapar la vida a través del realismo o del naturalismo, únicamente lo hacemos por mediación de los sueños, los símbolos o la imaginación’. La vida se enriquece con los sueños. Yo tengo sueños premonitorios. Una vez soñé que un hombre estaba sembrando y mientras excavaba salían pájaros y más pájaros. En mi sueño me repetía a mi misma: ‘Sembraré pájaros’. Tiempo más tarde, en Nayarit, me encontré con un señor rodeado de aves y pensé: ¡claro, esto lo soñé!”. El disparo compuso una de sus imágenes más conocidas, El señor de los pájaros.

La realidad y la fantasía, lo documental y la fábula, se funden en la obra de Iturbide. Los extremos antagónicos y yuxtaposiciones entre los que transcurre la vida en México alimentan su imaginario. Un repertorio frecuentemente asociado con el surrealismo y el realismo mágico. Algo con lo que no se siente conforme, reacia a cualquier etiqueta. Trabajó como asistente de Manuel Álvarez Bravo, el fotógrafo con más renombre en América Latina, a quien André Breton encargó la portada del catálogo de una exposición surrealista en París. ”Me enseñó a ver la vida de forma distinta. Me recomendaba libros y escuchábamos opera por las tardes”, recuerda la artista. “Decía que para aprender fotografía había que ver mucha pintura. Me hizo conocer mi país. Fue una influencia decisiva en mi vida. Curiosamente, tenía la misma sensibilidad que Toledo; ambos callados y austeros”.

El presente y el más allá forman parte de su proceso creativo. Cuenta que en los inicios de su trayectoria artística perdió a una hija de seis años. Le dio entonces “por fotografiar obsesivamente a los angelitos; bebés muertos ataviados con trajes blancos que llevan a enterrar en pequeños ataúdes cubiertos de flores. Hasta que un día, camino del cementerio de Guanajuato, siguiendo el cortejo de un niño, vi el cuerpo de un hombre en el suelo. Estaba muerto. Era mitad carne, mitad calavera. Lo fotografié pensando que era un sueño. Después vi miles y miles de pájaros en el cielo, los que seguramente picotearon la cara de aquel señor. Sentí que la muerte me decía: ‘Ya, basta Graciela’ . Así la muerte se convirtió en una afirmación de la vida. Dio paso a un despliegue de sucesos cotidianos convertidos en motivos poéticos, a través de los cuales indaga en las contradicciones y complejidades de su país y en las suyas propias. “Viento ella misma, pudo confundirse con los pueblos del viento...”, escribe Elena Poniatowska sobre la fotógrafa.

Iturbide ha sido reconocida recientemente con el premio a la Contribución Sobresaliente a la Fotografía de los Sony World Photography Awards, con motivo de lo cual 25 de sus fotografías más representativas podrán verse en una exposición virtual en la página web de la organización.

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