España malvende el joyero de la abuela

Cada mes salen del país cientos de kilos del metal precioso, que se refinan y comercializan en los mercados

Compradores de oro, en el centro de Madrid. / BERNARDO PÉREZ

“Para echarle una mano a los hijos. A nosotros no nos hace falta porque ya estamos jubilados y tenemos la pensión, pero a ellos les viene muy bien que saquemos una cadenilla del cajón para ayudarles un poco”, dice Juana (nombre ficticio). Le cuesta admitir que ha tenido que sacar el polvo a esas “joyitas” que ha acumulado con cariño durante toda su vida y cuenta que ha acudido a esta casa de compraventa de oro en el centro de Madrid para preguntar qué le darían, aunque admite que ya ha sacrificado varias alhajas.

Gramo a gramo, sortija a sortija, los españoles están vaciando sus joyeros para conseguir unos euros que les saquen de un apuro. Los negocios de compraventa de oro que copan las ciudades del país desde 2009 sacan al mes cientos de kilos de esta materia preciosa que se paga a un precio cada vez más alto en los mercados internacionales. En los mejores meses alcanza incluso la tonelada, según fuentes del sector. Juana es canaria y la suya es una de las comunidades autónomas con la tasa de paro más elevada (un 32,96%) y de las que más oro sale a través de los negocios de compraventa de este metal: entre 100 y 200 kilos al mes durante el último año, según las mismas fuentes. La “chatarra” que se exporta de España, como llaman a las joyas los expertos de este ámbito, se refina en Suiza, Reino Unido y Alemania, entre otros destinos, y se convierte en lingotes, un “valor refugio” para los ahorradores en tiempos de crisis.

Fuente: Bloomberg / EL PAÍS

“El oro se sigue vendiendo porque existe una demanda. Los más débiles se ven obligados a desprenderse de sus joyas para conseguir liquidez. Mientras, otros —países emergentes, particulares— prefieren invertir en este material porque es un valor seguro. Las necesidades se retroalimentan”, explica Marion Mueller, analista del mercado de los metales preciosos y vicepresidenta de la Asociación Española de metales preciosos.

En enero de 2003, un gramo de oro se pagaba a unos 10 euros. Una década después está valorado en alrededor de 45. Aunque en un libre mercado alimentado por la necesidad de los más desesperados, no siempre se ofrece al vendedor la cantidad más ajustada. Un estudio realizado por la Organización de Consumidores y Usuarios (OCU) en 12 ciudades demuestra que las oficinas de compraventa ofrecen entre 12 y 47 euros por un gramo de oro, por lo que recomienda tantear el terreno antes de “malvender” una pieza. Hay que comparar diferentes establecimientos porque, pese a no ser una práctica ilegal, a menudo se ofrecen precios muy inferiores al de mercado.

Dora (nombre ficticio) acaba de vender por 310 euros una pulsera que le regaló su hermana hace tiempo. La despidieron de la empresa donde trabajaba, de limpiadora, hace un año. “Cuando se enteraron de que estaba embarazada, me echaron. Ahora tengo que vender mi oro para dar de comer a mi bebé”, asegura mientras empuja el carrito de su hijo de dos meses y medio. Solo con el paro no llega a fin de mes, pero ha seleccionado con atención el negocio en el que vender su joya. “¡En mi pueblo te timan... no te dan nada! Aquí, al menos, te ofrecen un precio razonable”, aclara.

El fraude más habitual consiste en mentir al cliente con relación al peso

Entre las exigencias legales que se imponen a este tipo de negocios, no figura un precio mínimo de compra. Varios establecimientos visitados por EL PAÍS en distintos barrios de Madrid ofrecen la mitad de su valor en el mercado —poco más de 20 euros por gramo—. Las autoridades sí exigen que el negocio tenga un número de registro y que conserve las joyas durante un mínimo de 20 días para asegurarse de que no se venden a la refinería piezas que han sido robadas.

El fraude más habitual consiste en mentir al consumidor con relación al peso de la joya y ofrecerle un precio inferior al valor de la pieza. Estos engaños son muy difíciles de detectar si no hay denuncia y afectan, según fuentes de la Guardia Civil, “a los más despistados, que no saben lo que tienen”. Este cuerpo policial destapó una estafa de estas características en febrero del año pasado en Almería y calcula que el número de víctimas ronda el millar. Durante 2012, se detectaron 77 infracciones en los libros de registro, según datos del Ministerio del Interior. La Policía Nacional, responsable de investigar los establecimientos de las grandes ciudades, no dispone de cifras oficiales.

Los consumidores parecen ya concienciados de qué negocios son los más fiables. En una misma calle, repleta de hombres-reclamo con chalecos fluorescentes que acompañan a los clientes hasta el establecimiento, hay algunos negocios de compraventa muy concurridos. Justo al lado, los hay vacíos, a los que no se acerca un cliente en horas. “Si el cliente me lo pide, yo le enseño lo que pesa la mercancía”, asegura desde detrás de un cristal la dependienta de una tienda diminuta del centro de la capital. Una báscula de cocina pequeña, un envase de plástico donde coloca las joyas para pesarlas, algunos líquidos para analizar la pureza del oro y una caja fuerte dentro de un armario al fondo del local es casi todo lo que llena el espacio. “El engaño no suele producirse en la pureza. Basta con rascar un poco la joya y ver cómo cambia el color de la rayadura. Los líquidos son fiables”, explica Jesús Yanes, presidente del Instituto Gemológico Español.

Laura Dos Santos sabe, sin embargo, que el fraude existe. Por eso, a sus 58 años, esta portuguesa residente en Madrid, empeña su oro hace tres décadas. “Me saca de un mal trago, pero siempre lo dejo y vuelvo a por él tras unas semanas, a veces, meses”, cuenta a la salida de un comercio donde acaba de recoger por una pulsera 80 euros que tendrá que volver a desembolsar dentro de un mes. Dos Santos prefiere, “por lo que pueda pasar”, no deshacerse de las joyas familiares.

El circuito del oro vive un ligero estancamiento porque, según Mueller, aquellos que más lo han necesitado se han despojado de sus riquezas en los últimos años: “Ya ha caído la primera oleada. Solo hay que esperar a que vuelva a subir. Entonces, otro grupo social se planteará venderlo... en ese caso, por unas vacaciones”.