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Decoro

No existe vocabulario capaz de soportar la actualidad, sobre todo para quien ha nacido y sigue viviendo en Madrid

Francisco Granados tras salir de la prisión de Estremera (Madrid).
Francisco Granados tras salir de la prisión de Estremera (Madrid).

Estoy segura de que no es la primera vez que recurro a esta palabra para titular una columna. También habré usado el término vergüenza, y todos sus derivados, demasiadas veces, pero no es culpa mía. No existe vocabulario capaz de soportar la actualidad, sobre todo para quien ha nacido y sigue viviendo en Madrid. Aquí siempre hemos sabido que respirábamos la atmósfera más podrida de España, que nuestros pies chapoteaban en el barro pestilente de lo peor, pero nuestra capacidad de asombro no se agota. No voy a criticar la libertad bajo fianza de Granados porque mis conocimientos no me lo permiten, pero sí quiero dejar constancia del profundo escándalo —otra palabra que, a fuerza de escribirla, ha perdido ya sus aristas y me parece tan roma como un canto rodado— que me han inspirado sus declaraciones. La escenografía de las imágenes que he visto, el gesto respetuoso de Eduardo Inda, el tono de prócer del expresidiario, superan las potencias de mi imaginación. Eso, antes de oírle hablar del tamayazo, del millón de euros que se dejó olvidado en casa de su suegro al hacer la mudanza, el lastimoso acento con el que arguyó que su única propiedad es un dúplex de 50 metros por planta. A continuación, presuntos periodistas del cariz del entrevistador de Granados, han analizado sus palabras en tertulias presuntamente serias, que se presumen políticas, para cerrar el círculo de lo indecoroso. Les confieso que ya no sé qué es peor, si el delito, la fianza, la entrevista o su exégesis, pero les aseguro que hablo en serio al afirmar que el tono exculpatorio, calculadamente trivial, de propagandistas como Marhuenda me sofoca más que la ola de calor. A este paso, llegará el frío y seguirá siendo imposible respirar en España.

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