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Cadáveres para desayunar: así son los programas que diseccionan sucesos en televisión

‘Espejo público’ poniendo la música de Twin Peaks sobre una información de Marta del Castillo o ‘El programa de Ana Rosa’ entrevistando al asesino de la niña Mari Luz. El humor tiene límites, el ‘necrosensacionalismo’ no

Espejo Publico

El primer caso de necrosensacionalismo que seguí como una telenovela fue el de Josef Fritzl. Nunca antes había prestado atención a la crónica negra, pero había algo demasiado atroz en aquel crimen, que rebasaba los parámetros hasta entonces conocidos del abuso familiar. Con razón se le llamó monstruo, pues la especie humana se quedaba corta para calificarlo. El horror que habita una mazmorra de nigromancia genética es un horror inefable. Como sabía que todas las mañanas a las 11 se discutirían las novedades más turbias del tema (la cobertura que más me gustaba era la de Las mañanas de Cuatro), programaba el vídeo para grabar y me veía la cinta a la noche. Necesitaba refugiarme en la madrugada para digerir aquello, pero las escabrosidades nocturnas que trataba la televisión por aquella época, y que todavía sigue tratando, no pertenecían a la crónica negra, sino más bien rosa: famoseo, realities y frivolidades de corte menor. Por algún motivo enigmático, nuestra televisión prefiere servir los cadáveres para desayunar.

Nunca me acabé de sentir cómodo con el enganche; en el fondo, sabía que había algo retorcido en espectacularizar el dolor. Sin embargo, el grueso de los espectadores de los sucesos matinales no reparan en este conflicto. El motivo no reside en la falta de empatía, sino todo lo contrario: los programas se diseñan, precisamente, para transmitir la sensación de que están ayudando. Por eso las desapariciones son los casos más jugosos. Parten de una narrativa incipiente que carece de final. Son como una serie de televisión presidida por eso que los guionistas llaman misterio central. El “¿quién mató a Laura Palmer?” de antaño se sustituye por “¿dónde está Marta del Castillo?” Los programas no son ajenos a este relato, que ellos mismos ayudan a construir:

"Estos programas se diseñan para transmitir la sensación de que están ayudando. Los protagonistas son personas reales cuyo dolor nos es retransmitido en directo bajo una coartada solidaria"

Los reporteros de Espejo Público se convierten así en trasuntos morbosos del Agente Cooper, profesionales de La Ciudad que blanden sus grabadoras, o sus cámaras, para arrojar luz sobre el crimen que ha sacudido a un pueblo inocente. El problema, claro, es que aquí no hablamos de ficción. Los protagonistas son personas reales cuyo dolor nos es retransmitido en directo bajo una coartada solidaria. “Queremos ayudar, llame usted a este número si tiene alguna información.”

El programa de Susana Griso es el que más explota esta narrativa. La desaparición de Diana Quer, una adolescente aspirante a modelo que dejó en sus redes sociales todo un arsenal de posibles pistas para detectives aficionados, es el último gran ensayo del género morboperiodista. Si los espectadores de series pueden pasarse una semana entera urdiendo teorías fan en Reddit sobre la identidad de un asesino, la posibilidad de líneas temporales paralelas o universos alternativos, Nacho Abad puede hurgar en las redes de Diana hasta encontrar un tuit en el que dice “qué bien me vendría desaparecer una temporadita”, o establecer todo tipo de conjeturas en base al pantalón rosa que llevaba (¿o no?) la noche de su desaparición, mientras el programa ceba nueva información sobre el contenido de su bolso con la banda sonora de The Leftovers, una serie cuya premisa es el día a día de una sociedad en la que el 2% de la humanidad ha desaparecido.

Cadáveres para desayunar: así son los programas que diseccionan sucesos en televisión

Se han llegado a hacer especiales enteros, caso de Diana en la Red. En el siguiente vídeo, que empieza con imágenes aéreas reminiscentes a La Isla Mínima, película que narra la desaparición de dos chicas adolescentes, la voz en off ofrece una descripción de Diana Quer basada en sus fotos de Twitter, Facebook y Ask. Lo hace con un detallismo casi entomológico, obsesivo. “Tiene un piercing en el ombligo y un tatuaje en el costado en el que se puede leer ‘courage’. Mide 1,75, pesa 55 kilos, calza un 41 y fuma.”

A veces hasta parece que alardea. “Tenemos incluso sus medidas. Nunca hemos hablado con ella… pero nos lo ha contado.” Antena 3 establece un diálogo espectral con Diana a través de la ouija de sus redes sociales. Después ya, en Espejo Público, como cada mañana, los loops que ella colgaba en Instagram se repiten ante nosotros, de fondo, mientras los tetulianos hablan, como un delirio mecánico.

El Programa de Ana Rosa no desprecia tampoco estos contenidos. La presentadora ha tenido ya varios traspiés con el género. En su día, se llegó a culpar a la cobertura que Sabor a Ti hizo del caso Wanninkhof por el veredicto de culpabilidad que un jurado popular emitió contra Dolores Vázquez. Durante meses, el programa emitió reportajes de cariz claramente tremendista sobre la personalidad de la acusada, cuya orientación sexual solía ser referida en términos sombríos. Años más tarde, se descubrió que no había sido ella la autora. También fue célebre la filtración de un vídeo en el que se ve cómo una de sus reporteras, Patricia Pardo (hoy colaboradora fija y sustituta de la presentadora en sus vacaciones), persuade a la mujer de Santiago del Valle, asesino de la niña Mari Luz, para que siga concediéndoles una entrevista. No se puede negar que el momento “grábalo todo” emparenta a Pardo con el Jake Gyllenhaal de Nightcrawler.

Ana Rosa, que había conseguido que la mujer confesara en directo la culpabilidad de su marido, declararía entonces. "Estamos todos muy satisfechos por el trabajo realizado por este equipo. (…) Especialmente yo por el trabajo que han hecho mis compañeros. Y hoy, además, orgullosos al oír a Juan José Cortés decir gracias a los medios por haber colaborado siempre en el caso de mi hija." Sólo quieren ayudar.

“Agitar durante semanas, meses o años el avispero emocional de una desaparición no es de mal gusto. Contar un chiste sobre eso… ah.”

En España, los programas matinales se levantan sobre tres pilares: política, crímenes y corazón. En ese orden, además, tal y como si asistiéramos en directo a un proceso de fermentación periodística. De cara a mantener el equilibrio, los crímenes juegan un papel clave: no se puede pasar de entrevistar a Susana Díaz a entrevistar a Toño Sanchís. Para que la información más o menos seria quede validada, para que políticos y periodistas acostumbrados a recorrer los pasillos del congreso puedan debatir sin sentir que se están manchando las manos, los crímenes deben equilibrar la balanza.

El género de la crónica de sucesos está en cierto modo prestigiado. Al fin y al cabo, ellos sólo quieren encontrar a los desaparecidos y aliviar el dolor de las víctimas, ¿no? Si un amigo de Diana Quer estaba en relaciones con Techi, ex novia de Kiko Rivera, el público merece saberlo. El riesgo de que pueda interpretarse como una frivolidad de mal gusto está ahí, pero siempre existe la posibilidad de señalar El Verdadero Mal Gusto con índice acusador y escandalizado. Todo sea por qeuilibrar, de nuevo, la balanza. Agitar durante semanas, meses o años el avispero emocional de una desaparición es periodismo, como también lo es convertir las fotos de tuenti de la chica en una suerte de salvapantallas infinito. No es de mal gusto. Contar un chiste sobre eso… ah.

Cadáveres para desayunar: así son los programas que diseccionan sucesos en televisión

Susana está seria porque hay cosas que-sí-que-no. Susana está seria porque ha llamado al padre de la chica desaparecida para decirle: “mira lo que están diciendo de tu hija, ¿qué te parece?” El humor negro opera bajo el presupuesto de la ficción; sólo si uno asume que la persona que tiene enfrente es incapaz de ser racista (por ejemplo) puede reírle una gracia en la que se sitúa, momentánea e irónicamente, en el papel de un racista. Lo mismo con una tragedia. Pero sabemos que estos programas hace tiempo ya que han evanescido la frontera entre realidad y ficción. El humor, nos dicen, tiene límites. Las “ganas de ayudar”, no.

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