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Prestigio

Está muy de moda la palabra 'posverdad', aunque algunos se siguen haciendo un lío con las mentiras

Es un fastidio que, tan de moda como está la palabra posverdad, algunos todavía se hagan un lío con las mentiras enteras, y con las verdades a medias, y con las patrañas solemnes. Siempre rodeados de farsantes, así estuvimos y así estamos: “Qué hubiera sido de esta sociedad sin nuestra entrega” es su himno, un “blah-blah-blah” pringoso pero machacante, y el que insiste, gana, y el que resista, pierde, o sea, al revés de lo que dijo Cela, aquel escritor y censor de talento y sinceridad ilimitadamente mayores que tanto mentiroso ‘comme il faut’. Hace mucho que los profesionales del etiquetado prestigioso tomaron los cuarteles de invierno. Hace demasiado que los especialistas de la inanidad elevada a titular de cuerpo diez y risa de mesa redonda beben una ambrosía que emana de su habilidad, de su mediocridad y de nuestra impotencia de reacción. Hablan, escriben, comentan, subrayan, influyen, conspiran, recuerdan, recuerdan, recuerdan, y se chivan. Son los de siempre, son los chotas: toma bono a fin de mes. Entran en los despachos de las alturas, cenan en las casas de los que importan, agarran cada mañana su complejo de inferioridad y lo retuercen hasta el tuétano en un runrún de mierda en almíbar: y siempre sale zumo, otra cosa es a qué sabe. Sirven cabezas en bandeja de plata, les gusta la purga en secreto, ellos nunca han sido, siempre son los otros, viven instalados en un viento ganador que siempre da del mismo lado, pelotean más allá de lo peloteable, más allá de la náusea, pero la náusea, recordemos, hace mejor al Roquentin de Sartre, así que no todo está perdido. A las armas, ciudadanos, formemos nuestros batallones, que ya va siendo tarde para guillotinar sus intenciones.