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El periodista total

Miguel Ángel Bastenier ha vivido hasta el último día la pasión y la ilusión del periodismo

Miguel Ángel Bastenier en una imagen tomada en Nueva York en 2012.
Miguel Ángel Bastenier en una imagen tomada en Nueva York en 2012. EFE

Miguel Ángel Bastenier lo ha hecho todo en periodismo. Y decir que lo ha hecho todo queda bien corto, porque lo ha hecho todo muy bien, siempre superando largamente el nivel de mediocridad en que naufraga con frecuencia creciente este oficio.

Bastenier ha tocado todos los palos y todas las tareas, desde redactor hasta director, desde la crónica y la entrevista hasta la columna y la crítica literaria o de cine, desde la cobertura de unas elecciones hasta una entrevista a un destacado mandatario extranjero, pero su territorio matriz ha sido siempre la sección de Internacional, desde que empezó como redactor de El Correo Catalán hasta su último artículo semanal este pasado miércoles.

Su objeto de observación y análisis ha sido el mundo entero, pero su atención profesional no se ha limitado a la actualidad internacional, sino que se extendía a los deportes, el cine, la historia y la literatura, territorios todos en los que destacaba por su rigor en la evaluación y comprobación de las informaciones y por la calidad literaria de su escritura.

Bastenier ha sido un periodista excelente y extraordinario, de profunda formación histórica y cultural, pero ha sido solo un periodista, sin más pretensiones, como él mismo se ha encargado de contar en una entrevista reciente que le ha hecho Juan Cruz. Solo un periodista, pero todo un periodista, completo, total, y como tal también maestro de periodistas, en Barcelona y en Madrid, en España y fuera de España, especialmente en América Latina.

Miguel Ángel ha vivido hasta el último día la pasión y la ilusión del periodismo, que sintetizaba en la idea de contar “por qué pasan las cosas que pasan”. Estamos hablando de un personaje de memoria prodigiosa, de alguien que se diría que ha visto todas las películas, leído todos los libros y visitado todos los países, mientras a la vez escribía millares de artículos, con precisión, rigor y velocidad de auténtico virtuoso de este oficio, e incluso algunos libros sobre el conflicto de Oriente Próximo, América Latina o el oficio de periodista.

Su magisterio deja una caudalosa estela de discípulos en la Escuela de Periodismo de EL PAÍS en Madrid y en la Fundación García Márquez en Cartagena de Indias. Y se prolonga de forma prodigiosa en el uso de las redes sociales, y más concretamente de Twitter, donde el vieux routier del papel era el líder del periódico, con sus 172.000 seguidores, y conseguía concentrar en 140 caracteres sus breves y agudas lecciones del periodismo más vibrante y contemporáneo.

Sus discípulos no han sido solo los estudiantes del oficio. Cuando tuvo una Redacción al mando, como fue el caso del ya desaparecido vespertino barcelonés Tele/Expres, del que fue director, o la subdirección de El Periódico de Catalunya y la de EL PAÍS, fue siempre un jefe competente y eficaz, un maestro para sus colegas más jóvenes y siempre un buen compañero y una persona excelente. Los periodistas de EL PAÍS somos los que más tiempo y mejor hemos gozado del privilegio de su magisterio y de su amistad, desde que se incorporó al periódico con el equipo fundador de la edición barcelonesa en 1982, hasta esta misma semana, cuando escribió y cerró su última columna. Gracias infinitas, Miguel Ángel.

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