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El hombre que hace esculturas con su propia sangre

La obra del londinense Marc Quinn pone de manifiesto lo absurdo de la pretensión humana de domar a la naturaleza

Marc Quinn posa para ICON demostrando que un gran artista solo es pequeño ante su propia obra.
Marc Quinn posa para ICON demostrando que un gran artista solo es pequeño ante su propia obra.

Se crio en un entorno poco propicio para la profesión a la que estaba destinado. Su padre dirigía el BIMP (Bureau International des Poids et Mesures), la institución que defiende al kilogramo o el metro de la terrible amenaza de la no uniformidad. Con esos antecedentes no sorprende que la obra de Marc Quinn (Londres, 1964) ponga de manifiesto lo absurdo de la pretensión humana de domar la naturaleza. “Es que no puedes medir el mundo”, afirma en lo que podría interpretarse como un ajuste de cuentas freudiano. “Uno de mis temas es esa lucha entre los hombres y la naturaleza. Sería arrogante pensar que el hombre puede ganarla, porque en última instancia la naturaleza siempre es más poderosa. Mientras la ciencia busca respuestas, el arte está para plantear preguntas. Todo arte debe ser inescrutable, imposible de entender por completo”.

"En un mundo sin religión, la fama cubre la necesidad de enfrentarnos a algo grande"

Muchas de estas cuestiones son las que laten en Thames river water, la exposición que ahora le dedica (hasta el 13 de mayo) la galería IvoryPress, propiedad de Elena Foster, en Madrid. La muestra incluye libros del artista de más de cuatro metros de largo, enormes conchas marinas que parecen de hielo pero forjadas en metal o monos de trabajo intervenidos con espray y dispuestos como Cristo en la cruz. Todo ello, para expresar lo que hay en la naturaleza de grandioso y terrible. “Lo interesante es encontrar nuevas formas de hacer arte sobre esa idea: en su día lo hicieron tipos como Turner o Friedrich, pero ahora no puedes seguir pintando como ellos, tienes que inventar un nuevo lenguaje”.

Un poco en esta línea, Quinn revisitaba hace 12 años el arte griego con Alison Lapper pregnant, una estatua de mármol de 15 toneladas de peso y tres metros y medio de alto elegida para inaugurar el proyecto Fourth Plinth, que daba contenido al único podio vacío de los que acotan las cuatro esquinas de Trafalgar Square, en Londres.

La estatua de mármol de 15 toneladas que realizó Marc Quinn y que se puede ver en Trafalgar Square, Londres.
La estatua de mármol de 15 toneladas que realizó Marc Quinn y que se puede ver en Trafalgar Square, Londres. Getty

La obra era el retrato desnudo de una mujer real, una artista nacida sin brazos y con las piernas más cortas de lo normal debido a una enfermedad congénita, orgullosamente encinta. Con ello Quinn escenificaba una celebración de la diferencia, pero sobre todo evidenciaba la tenue línea que separa lo bello de lo horrible. “Partí de la idea de lo que ocurriría si en la sala del Louvre donde se reúne tanta gente para admirar la Venus de Milo y otras estatuas griegas con miembros amputados entrara una mujer cuya forma fuera precisamente esa”, explica. “Me pareció que en el arte puede considerarse sublime una forma que sin embargo en el mundo real se vuelve amenazadora o abyecta”.

También ha dado un giro a la tradición del autorretrato en otra de sus obras más célebres, la serie de esculturas Self, que se mantienen refrigeradas artificialmente para prolongar su conservación, ya que están realizadas con su propia sangre. “Produzco una cada cinco años y de momento hay seis. De lo que tratan es de cómo al congelar algo lo que en realidad haces es enfrentarte a la imposibilidad de parar el tiempo”.

Una de las esculturas de la serie 'Self', que se mantienen refrigeradas artificialmente para prolongar su conservación, ya que están realizadas con la sangre de Quinn.
Una de las esculturas de la serie 'Self', que se mantienen refrigeradas artificialmente para prolongar su conservación, ya que están realizadas con la sangre de Quinn.

Cuando se le menciona a los YBA (Young British Artists), el movimiento que eclosionó a principios de los noventa y del que formó parte junto a estrellas como Damien Hirst o Tracey Emin, elabora, sin ironía, una inesperada metáfora a partir del big bang. “La aparición de los YBA fue como el nacimiento del Universo, en que hubo mucho fuego y luz y al principio no podías distinguir entre los distintos artistas, pero después unos se evaporaron y otros se convirtieron en planetas, es decir, llegaron a ser ellos mismos”.

Transformado definitivamente en un astro de amplia órbita, Quinn ha reflexionado sobre la fama en muchos de sus trabajos, a veces sirviéndose de iconos contemporáneos como Kate Moss o Pamela Anderson. “En un mundo sin religión es la fama lo que cubre esa necesidad de la gente de enfrentarse a algo más grande que ellos mismos. Las celebridades son como dioses, ya que en el 99 % de las ocasiones las vemos en los medios: son imágenes y por tanto no personas reales”.

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