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reseña

Kinshasa, relatos de la ciudad invisible

Filip De Boeck y Marie-Françoise Plissart nos sumergen a los inframundos de la capital congoleña

Un mercado de Kinshasa, durante una reciente huelga general convocada por la oposición al presidente Joseph Kabila. Ampliar foto
Un mercado de Kinshasa, durante una reciente huelga general convocada por la oposición al presidente Joseph Kabila. AFP

En 1972, el escritor italiano Italo Calvino, publicaba Las ciudades invisibles. En él, el autor describía diferentes ciudades fantásticas, entre las cuales se encontraba Valdrada. Con este pasaje empieza Kinshasa, Tales of the Invisible City, una obra fascinante que sumerge al lector en las arterias sociales y culturales de la megalopolis africana. Una ciudad entre la paradoja urbanística y la precariedad de servicios. Rescatando a Calvino, sus autores advierten que la verdadera vida, la que palpita detrás del asfalto, es la que refleja su esencia:

Los antiguos construyeron Valdrada a orillas de un lago con casas todas de galerías una sobre otra y calles altas que asoman al agua los parapetos de balaustres.Así el viajero ve al llegar dos ciudades. una directa sobre el lago y una de reflejo invertida. No existe o sucede algo en una Valdrada que la otra Valdrada no repita, porque la ciudad fue construida de manera que cada uno de sus puntos se reflejara en su espejo, y la Valdrada del agua, abajo, contiene no sólo todas las canaladuras y relieves de las fachadas que se elevan sobre el lago, sino también el interior de las habitaciones con sus cielos rasos y sus pavimentos, las perspectivas de sus corredores, los espejos de sus armarios.

Los habitantes de Valdrada saben que todos sus actos son a la vez ese acto y su imagen especular que posee la especial dignidad de las imágenes, y esta conciencia les veda abandonarse por un solo instante al azar y al olvido. Cuando los amantes mudan de posición los cuerpos desnudos piel contra piel buscando comoponerse para sacar más placer el uno del otro, cuando los asesinos empujan el cuchillo en las venas negras del cuello y cuanta más sangre coagulada sale a borbotones más hunden el filo que resbala entre los tendones, incluso entonces no es tanto el acoplarse o matarse lo que importa como el acoplarse o matarse de las imágenes límpidas y frías en el espejo.

El espejo ya acrecienta el valor de las cosas, ya lo niega. No todo lo que parece valer fuera del espejo resiste cuando se refleja. Las dos ciudades gemelas no son iguales, porque nada de lo que existe o sucede en Valdrada es simétrico: a cada rostro y gesto responden desde el espejo un rostro o gesto invertidos punto por punto. Las dos Valdradas viven una para la otra, mirándose a los ojos de continuo, pero no se aman".

Con este fragmento de Las ciudades invisibles, el antropólogo Filip De Boeck y la fotógrafa Marie-Françoise Plissart, abren Kinshasa, Tales of the Invisible City. Una obra que explora la capital congoleña, cavando más allá de lo evidente para hallar las historias menos vistas, y los verdaderos motivos de sus habitantes para querer vivir en esta ciudad aparentemente caótica. Detrás de sus páginas, una gran labor de investigación para presentar una realidad cultural compleja, nunca sencilla de contar.

Más de una década ha llovido desde que sus autores, en 2004, publicaran la minuciosa información recogida en este libro de referencia, reeditado en 2014 por Leuven University Press. Y sin embargo, y a pesar de que Kinshasa se ha convertido en una de las ciudades más grandes de África, la mitología urbana que reina por sus calles sigue presente entre residentes que aumentan al ritmo de un frenético pálpito. Coches. Murmuros. Niños. Dogma. Brujería. Apocalipsis. Muertes. Luz. Lápidas que sirven de silla. Oscuridad. Mujeres. Prostitutas. Vendedores Ambulantes. Barberos callejeros. Esperanza. Lucha. Diversión. Religión. Corrupción. Ruido. Vida. Benevolencia a raudales...

Si bien, a ratos parece emerger de las páginas perfectamente ilustradas cierto halo optimista, capítulos como el de los niños-brujos nos obligan a permeabilizar nuestra piel con un barniz de insensibilidad auto-impuesta. Siempre volviendo la mirada a esa cita del congoleño Sony Labou Tansi, con la que De Boeck y Plissart abren su obra y que nos ayuda a recordar que todas las ciudades encierran generosidad y depravación en la misma dosis: "Kinshasa nunca será Nueva York. Mejor de hecho. Cada ciudad tiene su alma, cada ciudad tiene su cuerpo, su piel, su inteligencia, su estupidez, su lado de monstruo, su poética, su misterio...".

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