Selecciona Edición
Entra en EL PAÍS
Conéctate ¿No estás registrado? Crea tu cuenta Suscríbete
Selecciona Edición
Tamaño letra

Cuéntame

Rajoy lleva años resolviendo los problemas desalojándolos de la primera persona del plural hacia la segunda, y hacia la tercera

Mariano Rajoy y la presidenta del PP de la Comunidad Valenciana, Isabel Bonig, saludan tras su intervención de clausura del XIV congreso del PP-CV.
Mariano Rajoy y la presidenta del PP de la Comunidad Valenciana, Isabel Bonig, saludan tras su intervención de clausura del XIV congreso del PP-CV. EFE

Hace unos días el presidente del Partido Popular se dirigió a su partido en segunda persona, lo cual era esperado porque la reunión se produjo en Valencia: ya fue bastante que permitiera usar el logo y no impusiese el del PSOE. “Habéis tenido problemas”, dijo donde hace años decía “hemos tenido éxitos”. “Habéis corregido errores”, dijo donde antes decía “somos los mejores”. Y concluyó: “Habéis mantenido vuestro apoyo al Partido Popular”, como si el PP de Valencia fuese una delegación extranjera que ha optado libremente por apoyarle a él.

Mariano Rajoy lleva años resolviendo los problemas desalojándolos suavemente de la primera persona del plural hacia la segunda, si los problemas los tiene delante, o a la tercera si los tiene detrás. De entre los momentos estelares de la política española hay uno especialmente dramático que tiene que ver con la relación del presidente del PP con su partido en las comunidades, que es la misma que la de un emperador con las colonias. Es una relación construida con tiempos verbales elegidos con delicadeza: el nosotros cuando las cosas van bien, acompañado de expresiones de amor (“te quiero Alfonso, tus éxitos son los míos”, dicho en un acto organizado por la Gürtel en una plaza de toros investigada por la UCO) y el ellos cuando los éxitos de Alfonso llegan a la Audiencia.

Es algo que produce estupor en quien se ha arrogado la España real, de provincias y pueblos, frente al centralismo de la capital: ese viajar no a fundirse con la militancia sino a dirigirse a ella como si fuera una sucursal. Ocurre que entre lo que tiene en Madrid y lo que tiene fuera el PP ya se desenvuelve como un partido supranacional, que flota en una especie de éter en el que sobreviven dos o tres almas puras, todas en el cuerpo de Rajoy.

Si en la sede del PP se criase una vida en cautiverio, una insólita vida generada espontáneamente en alguna de sus plantas superiores, podría fundar una nueva especie debido al avance evolutivo que supondría crecer en un entorno semejante, rodeada de una generación desmentida a sí misma a lo largo de los años con una obstinación literaria. El PP es producto de lo que ha sido, por eso su presidente se dirige siempre a él como si estuviese saliendo a por pan. Cuando fue elegido en 2008, en su hora más sensible y en la zona cero de la corrupción nacional, Valencia, Rajoy dio las gracias en primer lugar a tres personas: Rita Barberá, Francisco Camps y Ricardo Costa. De alguna forma el marianismo es un movimiento fundado no sobre una piedra, como aspiraban los democristianos, sino sobre un spoiler.

Puedes seguir EL PAÍS Opinión en Facebook, Twitter o suscribirte aquí a la Newsletter.