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Manitas

Querido manitas: muchas gracias, aparte de mi fregadero arreglaste también mi novela.

Fontanero.
Fontanero. Getty Images/

Con mi seguro del hogar tengo un servicio de chapuzas, aunque ahora los llaman “manitas” —por lo visto se quejaron—, y el otro día hice uso porque goteaba el fregadero. Cuando llamas hay un protocolo fantasma:

—Hola, llamo para que me enviéis al manitas; gotea el fregadero.

—¿Qué le pasa? ¿Está roto?

—Supongo.

—Si está roto el servicio de manitas no lo cubre, otra cosa es que estuviera atascado.

—Está atascado.

—Pues en una hora estará el manitas en su casa.

Era manitas, pero a la vez manazas, porque parecía un oso; le señalé el fregadero; lo escrutó y se agachó a trabajar. Ante mis ojos apareció entonces una franja que abarcaba la zona lumbar y tres cuartos del culo; diáfana, luminosa. Diego Rivera podría haber pintado en ella El hombre controlador y le habría sobrado espacio.

Me extasié, incluso sufrí el mal de Stendhal. Cuando conseguí salir de mi estupor, volví al trabajo. No sé si saben que estoy escribiendo una novela —tómenselo como una amenaza— y… ¿Ustedes creen que la cosa fluye? Les informo de que el primer capítulo y yo estamos en plena pelea en el barro. Sin que yo escribiera una sola letra en el ordenador, el fregadero dejó de gotear.

—Esto ya está —dijo el manitas—. ¿Necesita algo más?

—No —le dije sin mirarle—, eso era todo.

—¿Seguro? —insistió posando su manaza en mi hombro y, como supe después, echando una ojeada a lo que llevaba escrito el día anterior—.

Al momento continuó: “Que esté narrado en tercera persona no sé si es un acierto, igual ganaría si lo narrara el personaje principal en primera persona o que se diferencie mucho más el tono entre la forma de hablar del narrador-autor y el protagonista, porque hablan de forma muy parecida y eso confunde”. Y añadió un “buenas tardes” y desapareció.

Querido manitas: muchas gracias, aparte de mi fregadero arreglaste también mi novela.