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La mujer que salvó de la ablación a miles de niñas bajo un árbol

Boge Gebre lleva más de 20 años luchando contra la mutilación genital en Etiopía. En las zonas donde trabaja, el 97% de la población ha abandonado esa práctica

Boge Gebre durante su visita en Madrid.
Boge Gebre durante su visita en Madrid.

El 12 de septiembre de 2002 fue un día especial en el distrito etíope de Kembatta. Muchos definieron el evento como la boda del siglo. Ese día se celebró el primer enlace de una joven que no había sufrido la mutilación genital. “Casi 3.000 personas vinieron al evento y 300 chicas que no habían sufrido la ablación fueron las damas de honor. Fue una celebración maravillosa, porque algo así no se había visto nunca en la zona”, recuerda Bogaletch (Boge) Gebre. Habla de aquel día con orgullo, repitiendo la fecha varias veces como si se le hubiera quedado grabada a fuego en su memoria. Sabe que ese día se dio un paso importante en la lucha contra la mutilación genital femenina en su país.

Boge Gebre nació en un pequeño pueblo en el distrito de Kembatta, en el sur de Etiopía, a mediados de los cincuenta y como todas las niñas de su edad, en ese tiempo, fue mutilada cuando tenía tan solo 12 años y rozaba la pubertad. Como ella, 23,8 millones de mujeres en Etiopía han sido víctimas de esta práctica, el 74% de la población femenina, según Unicef. De las 200 millones de niñas y mujeres en el mundo que han sido mutiladas, más de la mitad viven en tres países: Indonesia, Egipto y Etiopía.

Gebre aún recuerda el llanto de su madre y sus hermanas mayores ese día y un terrible dolor que casi la conduce a la muerte a causa de las hemorragias. “Perdí a dos hermanas por la mutilación, una de ellas estaba embarazada de gemelos”, relata con entereza frente al público asistente a las VI Jornadas contra la Mutilación Genital Femenina, celebradas en Madrid en febrero, organizadas por la Unión de Asociaciones Familiares (UNAF).

La mujer que empezó la rebelión por una Etiopía libre de ablación (así la definen muchos) decidió volver a su país en 1997, tras estudiar y vivir en Israel y Estados Unidos. Quería salvar a las niñas, aunque solo fuera a una, afirma. Lo que diferenciaba a Gebre de otras chicas de su edad, es que ella pudo acceder a una educación. Fue la primera de su zona que superó el cuarto grado de estudios. Acudía a la escuela en secreto. Salía de su casa temprano para ir a buscar agua, pero dejaba el cántaro en unos arbustos mientras iba a clase durante un par de horas. “Yo tuve la oportunidad de estudiar. Y si no hubiera intentado hacer algo, entonces algo estaría haciendo mal”, reflexiona. Explica a continuación que el objetivo de su organización es, desde que la fundó hace 20 años (1997), facilitar que haya un cambio en la sociedad etíope. Remarca: “Creo que la gente no puede cambiar a otra gente, sino que puede facilitar el cambio, y eso es lo que mi organización y yo misma hemos aprendido a lo largo de los años.”

A Gebre se la conoce como la mujer que empezó la rebelión por una Etiopía libre de ablación

KMG Ethiopia, que aún hoy dirige, trabaja en la zona sur del país. Aunque Gebre asegura que su metodología de trabajo se ha extendido a otras zonas e incluso a otros países del Este del continente africano. “Lo primero que hicimos cuando empezamos a trabajar fue realizar un estudio sobre la vida de las mujeres en el ámbito social, económico y cultural en cuatro subdistritos de la zona, con población musulmana, cristiana, con gente que hablaba diferentes lenguas y con distintas culturas. Las encuestas indicaron que el 100% de las mujeres había sufrido la mutilación”, cuenta Gebre. La activista señala que ya en 2004 había unas 25.000 niñas que no habían sido víctimas de la ablación. “Los distritos en ese tiempo, ya competían por tener mayor número de mujeres que no habían sido cortadas, y más bodas de jóvenes que no habían sufrido esta mutilación”, sigue. Cuatro años después, un estudio de UNICEF en la región mostró que esta práctica se había reducido un 97% en las comunidades del área de acción de KMG Ethiopia, que incluso habían hecho declaraciones públicas de abandono de la ablación.

Gebre todavía recuerda las fiestas que tenían lugar entre octubre y diciembre, durante la primavera etíope, cuando se celebraba la mutilación como un evento previo a las bodas, y para mostrar a la comunidad que la niña había alcanzado la madurez suficiente para ser casada. “Lo que nosotros hicimos fue revertir esto. Ahora celebramos la libertad y nuestro derecho a tener un cuerpo sano. En 2004, cientos de miles de personas vinieron y 25.000 niñas sin contar (uncut girls) participaron en un desfile. Ahora, cada distrito celebra sus fiestas en esta época y congregan a miles de personas. Muchas más mujeres conocen sus derechos y saben que nadie tiene el derecho a dañarlas”, explica.

Y estos cambios llegaron desde la comunidad. Como Gebre dice, modernizando una tradición africana que consiste en reunir a los mayores para resolver conflictos bajo un gran árbol, en una iglesia o en casa de algún vecino. Aunque ahora es toda la comunidad la que se reúne: jóvenes, chicos y chicas, los mayores, educados y sin formación, aquellas personas que tradicionalmente son las encargadas de circuncidar a las niñas, las minorías y otros colectivos.

“Nos sentamos con la comunidad. Un chico y una chica moderan la conversación de un grupo de 50 personas. Se les van planteando temas relacionados con los derechos humanos, los matrimonios forzados, sobre qué es la mutilación genital femenina y cómo afecta a las niñas y a las mujeres, quitándoles su dignidad y destruyendo toda su persona, además de las dificultades a las que se enfrentan durante su niñez, el embarazo o el parto”, detalla Gebre. Estos grupos, explica, se reúnen cada dos semanas y en ellos no se juzga a nadie. Todas las opiniones son tomadas en cuenta. “Además, trabajamos con todas las religiones. Para nosotros todos son parte de las comunidades, y el problema es mucho mayor pues tanto la religión católica, judía y musulmana ve a las mujeres como inferiores, impuras… no es un problema de religión”, continúa.

La activista tiene claro que la ley no puede quedarse en el papel. Tiene que llegar a las comunidades en todos los rincones de África y los ciudadanos tienen que ser participes del cambio

Al final de muchas asambleas, llegan a consensos, toman decisiones, crean sanciones sociales en la propia ley de la comunidad, y esta es adaptada para ser incluida como parte de la legislación del distrito. “De este modo, la solución viene de la comunidad, la decisión es de ellos. Nadie lo dicta, nadie les dice: 'estáis equivocados' o 'tenéis razón'. Además, cada familia de la zona tiene la tarea de enseñar a cinco personas más, incluidos miembros de su familia, vecinos y amigos. Después, exponen en la reunión los cambios que han visto en ellos. Esa gente se acaba uniendo también a los grupos. De ese este modo, el movimiento crece más allá de las 50 personas del principio. Así, cada vez más gente ha oído y sabe acerca de estos temas”, explica Gebre. 

Aunque es optimista ante noticias como que el Parlamento Africano avaló hace un año la prohibición de la mutilación genital femenina en todo el continente, tiene claro que la ley no puede quedarse en el papel. Tiene que llegar a las comunidades en todos los rincones de África y los ciudadanos tienen que ser participes del cambio. El Código Penal etíope la prohíbe expresamente. “El protocolo de Maputo pronunció el tema de la mutilación genital femenina por primera vez en 2003 y la consideró una práctica ilegal, pero aun hay países que no lo han ratificado. El problema es que se deja a la elección de cada país y no debería ser así. Esto es una violación de los derechos humanos”, señala. Y aprovecha para pedir al Gobierno etíope que deje espacio a las ONG para trabajar y aporte presupuesto para luchar contra esta violencia hacia la mujer.

“Las mujeres fuertes crearán comunidades fuertes, las mujeres fuertes crearán naciones más fuertes y las mujeres fuertes crearán una África más fuerte”, sentencia Gebre. Desea que sus nietas vean la mutilación como historia del pasado, no quiere que se enfrenten a lo que ella y millones de mujeres en todo el mundo se están enfrentando.

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