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Hablando desde las emociones no se entiende la gente

El discurso sentimental en un tema como la gestación subrogada incita a la polarización mientras el discurso lógico facilita las zonas de grises

Mujer embarazada tras un contrato de gestación subrogada en Nueva Delhi.

Prolifera el discurso emotivo en detrimento del discurso lógico. Se propaga desde el ámbito privado hacia el foro público, infectando la argumentación racional con, valga el oxímoron, razones emotivas. Empleado a lo largo del espectro ideológico y a lo ancho de la agenda política –desde el aborto hasta la inmigración, pasando por el nacionalismo o la regulación del tabaco–, el discurso emotivo se caracteriza por revestir de razonamiento lo que no es sino una emoción, obviando el análisis crítico ante la –supuesta– aplastante evidencia del sentimiento.

Así sucede, por ejemplo, en el marco del enfrentamiento que suscita la regulación de la gestación subrogada: en un rincón del cuadrilátero, sus detractores lanzan diatribas fundadas en el rechazo visceral y la repulsa, mientras en el rincón opuesto sus partidarios se protegen con almibarados llamamientos al amor y al deseo de ser padres.

Preocupa el andamiaje (i)lógico sobre el que se asientan estos razonamientos, de un reduccionismo alarmante. Su “lógica” opera según la máxima: “siento, luego es cierto”, aun cuando sus defensores proclamen la siguiente: “siento, luego opino”. Y es que la justificación más común de este tipo de discurso es aquella que lo caracteriza como una opinión, dando a entender con ello que, como producto puramente subjetivo del que la enuncia, no precisa de motivaciones. Nada más lejos de la realidad: las opiniones deben estar debidamente fundadas si aspiran a enriquecer el diálogo.

La emoción puede tener cabida en el discurso, no como argumento nuclear sino como uno más a sopesar en nuestro razonamiento

Con esto no pretendo desterrar los sentimientos del discurso. Ello supondría una amputación artificial de una dimensión humana y, por tanto, una forma de reduccionismo muy similar a la que aquí critico. Muy al contrario, la emoción puede tener cabida en el discurso, si bien no como argumento nuclear que reviste una validez cualificada, sino como un elemento más a sopesar en nuestro razonamiento. Volviendo al ejemplo anterior, el rechazo visceral de la gestación subrogada pone de manifiesto los dilemas morales que plantea y, en consecuencia, el especial cuidado con que debe procederse a su regulación. Del mismo modo, el anhelo de ser padre informa el interés por regular esta forma de reproducción asistida.

El discurso emotivo tiene graves consecuencias. En primer lugar, dificulta el diálogo, por lo menos el que aspira a discurrir por derroteros constructivos. Y ello no porque las cuestiones planteadas no sean pertinentes, sino porque la forma en cómo se tratan, de pasada y desde las entrañas, impide abordarlas desde la razón y encauzarlas a través de un discurso lógico. Este nos permitiría detenernos en los vínculos que existen entre dichas cuestiones (por ejemplo, hasta qué punto deben consideraciones éticas guiar el proceso legislativo), desenmascarando los conflictos y tensiones que las gobiernan (otro ejemplo, el derecho al libre desarrollo de la personalidad de los padres puede entrar en conflicto con el derecho a la integridad física de la mujer gestante) y sopesando dónde radica el equilibrio entre ellas en este momento histórico. Así funciona, a grandes rasgos, el proceso legislativo –el diálogo por antonomasia en una sociedad democrática.

No habrá veracidad en el contenido sin discurso lógico en la forma, ni viceversa

En segundo lugar, el discurso emotivo incita a la polarización. Cuando la lógica queda desterrada del discurso y las palabras apelan a la emoción, el término medio no tiene cabida: o sientes lo mismo que yo y, por consiguiente, opinas lo mismo que yo, o bien sientes lo contrario y, en consecuencia, opinas lo contrario. Ello conduce a la peligrosa dicotomía del blanco o negro, del estás conmigo o contra mí, del nosotros o ellos –tan de actualidad y tan en auge, por desgracia.

Solo el discurso lógico, aquel que se sustenta sobre argumentos racionales, permite navegar por la escala de grises y fondear en el punto medio. Conviene no olvidarlo: hay mucho en juego, especialmente en la era de la posverdad, en la que se hace constante hincapié en la veracidad de la información, en la autenticidad del contenido. Sin embargo, ello solo es posible respetando la forma que impone el discurso lógico. Aunque tendamos a olvidarlo, contenido y forma van de la mano, son una y la misma cosa. Citando a Julian Barnes: "La forma no es un sobretodo que se pone sobre la carne del pensamiento […], sino la carne del propio pensamiento. Es tan imposible imaginar una Idea sin Forma como una Forma sin Idea."

O, lo que es lo mismo, no habrá veracidad en el contenido sin discurso lógico en la forma, ni viceversa. Es vital, por tanto, que colectivamente cuidemos con idéntico celo el uno y la otra.

Álvaro Fernández de la Mora Hernandez es DPhil in Law candidate, University of Oxford

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