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Sentencia

La maquinaria anquilosada y herrumbrosa del poder judicial, aunque con una lentitud exasperante, acaba siempre por llevar los recursos hasta la última instancia

El fiscal Anticorrupción Pedro Horrach, a la salida de la Audiencia de Palma.
El fiscal Anticorrupción Pedro Horrach, a la salida de la Audiencia de Palma. EFE

Pese a todo, la Justicia es la institución que mejor funciona en España, lo que demuestra en qué democracia basura vivimos y qué clase de gente nos gobierna. La maquinaria anquilosada y herrumbrosa del poder judicial, aunque con una lentitud exasperante, acaba siempre por llevar los recursos hasta la última instancia y entonces emite una sentencia inapelable, que puede ser acatada o criticada, pero la absolución o la condena que conlleva, se cumple. Cuida que la rueda dentada de la justicia no te muerda la pantorrilla porque en ese caso ya no te soltará el bocado hasta que, sentado en el banquillo, se demuestre tu inocencia. En medio de este albañal de la corrupción política, cuando un auto, diligencia o sentencia del juez se hace pública, la barra de opinantes de oficio, generalmente sin tener idea de leyes, se lanza en picado a zarandearla en el guirigay de las tertulias, cada uno según la paga que recibe o la ideología que profesa. Da la sensación de que la Justicia en este país es una carrera de sacos, pero si se compara con el poder ejecutivo presidido por Mariano Rajoy, un hombre-boya, quien ante cualquier grave dificultad se balancea a merced de la marea sin que se le ocurra nada como solución salvo seguir flotando; si se compara con el poder legislativo, esa confusa grillera del Congreso, cuyos diputados parecen anteponer los debates ideológicos y las ambiciones personales a los problemas de los ciudadanos; si se compara con la ruina moral de los partidos de izquierdas enfrascados en luchas intestinas, el poder judicial es todavía una institución capaz de sentar en el banquillo y condenar a un yerno real, a una infanta, a banqueros, empresarios y altos políticos del sistema y mandarlos a la cárcel, pronto o tarde, mejor o peor, pero uno detrás de otro de forma inexorable.

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