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Imbéciles

La vida, en fin, no tiene por qué ser verosímil, lo que no quiere decir que nos creamos cualquier cosa

Luis Bárcenas, extesorero del PP, a su llegada a la sede de la Audiencia Nacional en San Fernando de Henares (Madrid)
Luis Bárcenas, extesorero del PP, a su llegada a la sede de la Audiencia Nacional en San Fernando de Henares (Madrid)

Rosalía Iglesias nos resumió el otro día su vida con el tono casual con el que se la habría resumido a un vecino de asiento de clase preferente en un vuelo a Ginebra. Mi marido y yo, nos aseguró, tenemos una vida tan llena que nunca hablamos de dinero. No dijo que les repugnara este tipo de conversación, sino que no encontraban el momento. Eso es al menos lo que nos pareció entender. Hablaban y hablaban de esto o de lo otro y cuando llegaban al tema de los 40 millones de euros, les había dado la hora de meterse en la cama.

Al día siguiente, cuando al caer la tarde volvían a encontrarse en el salón de su casa, tenían otra vez la vida tan llena (no especificó de qué) que dejaban los asuntos económicos para el final y ocurría lo de siempre. La vida se les llenaba y se les vaciaba todo el rato con la precisión y la generosidad con la que se vacía y se llena la cisterna del retrete. Tiraban de la cadena, se iban a dormir, y cuando sonaba el despertador, ya se les había llenado de nuevo. Se pregunta uno cómo hicieron esa fortuna teniendo la cabeza tan ocupada en el estudio de Schopenhauer, suponiendo que fuera Schopenhauer el culpable de que nunca pudieran hablar de las facturas.

Imaginamos que cuando cenaban con otros matrimonios que comentaban lo cara que estaba la luz, al volver a casa se mostraban escandalizados de lo vacías que estaban las existencias de la gente. Bárcenas, que era contable, sabía que las conversaciones sobre el dinero guardaban relación con la cantidad de Aristóteles que tuvieras en la cabeza. A más dinero, menos Aristóteles. La vida, en fin, no tiene por qué ser verosímil, lo que no quiere decir que nos creamos cualquier cosa. No somos completamente imbéciles, señores de Bárcenas.

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