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Agresión a MrGranBomba: ¿Acaso el repartidor no se merece también una bofetada?

El linchamiento al youtuber MrGranBomba bajo el hashtag #caraanchoa, dando por supuesto que merecía ser golpeado por su broma, no debe distraernos del comportamiento tarugo del que hace gala su agresor

Momento del suceso.

 

Sergio Soler, el youtuber en cuestión, ha pedido perdón por la falta de respeto de la que ha podido pecar en algunos de sus vídeos. En los últimos días ha estado recibiendo insultos, amenazas e incluso a gente dándole patadas a la puerta de su casa. "Denuncio porque tengo mi derecho como español. He sufrido una agresión en la calle y nunca hay justificación para una agresión" ha dicho Sergio en el programa Espejo público. El repartidor, además, ha anunciado acciones legales. Por lo que vemos, la broma le ha salido cara, pero.. ¿Es justificable en este caso la violencia? 

Los cientos de miles de vídeos, tuits y estados de Facebook mofándose del youtuber MrGranBomba,(482.254 seguidores a su canal) después de que colgara un vídeo en el que una víctima de sus bromas le propina un guantazo, dan miedo por borreguismo y porque van acompañadas del aplauso unánime a su agresor, otorgándole casi la categoría de héroe vengador. Todo esto produce una sensación rara de ajusticiamiento público nada saludable, por mucho que el tipo en cuestión parezca un vacilón de manual y -por lo que se ve en las imágenes- no especialmente ingenioso. Su insulto (“cara anchoa”) carece de gracia y el relato posterior de su denuncia es excesivamente llorica y aleccionador. Vale, ¿y qué? ¿Acaso nadie ha visto al otro? ¿Nadie se ha fijado en que quién le abofetea en la cara podría ser un tarugo violento?

Porque, además de que nunca conviene guiarse por el ojo por ojo y que hacer apología de la violencia deslegitima cualquier posible crítica hacia el youtuber guasón, estamos ante una reacción objetivamente desmedida. La de un señor que, en plena calle, y al tiempo que le intentan explicar que se trata de una emboscada de cámara oculta, pierde completamente los nervios y se pone a gritar, amenazando verbalmente y con gestos con partirle la cara al joven en cuestión. “Entrega exprés”, “¡merecida!”, “STOP graciosillos”, “guantazo pedagógico”, “yo le daba otra”, son algunos de los comentarios inmediatos ante este suceso. “¡Bravo machote, que una hostia a tiempo nunca va mal!”

Por un lado, muchos de los que ahora creen tener la potestad de decidir si el pelo-cepillo este merece o no un mamporro, en anteriores ocasiones seguramente se habrán pronunciado en contra del bullying, el maltrato animal o cualquier noticia que implique agresión física. Y por otro, estos que unas veces aprueban el uso de la violencia y otras no, a su antojo, probablemente no se apresurarían tanto a posicionarse del lado del que golpea si fueran ellos los golpeados. Si la actitud de energúmeno troglodita viniera de un portero de discoteca o un macarra cualquiera al que su gracieta le pareciese merecedora de reprimenda. Cómo nos gusta encender las antorchas sin pestañear, eh.

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