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La polución psíquica

Cada vez se extiende más la peligrosa práctica de atacar a quienes adoptan expresiones culturales de otros acusándoles de apropiación cultural. Es una nueva e inquietante forma de censura moral y puritanismo

La polución psíquica

Jean Baudrillard llamaba polución psíquica a la suma de pensamientos neuróticos que producen permanentemente los millones de individuos que componen una sociedad. Esa maraña de ideas contamina más, nos cuenta el filósofo, que la polución biológica o tecnológica.

Pero la polución psíquica es un concepto que inventó Baudrillard hace 20 años, cuando esa maraña de contaminación mental no contaba todavía con la expansión masiva que le han dado las redes sociales en el siglo XXI. La polución psíquica se ha digitalizado, llega en un instante a cualquier punto del planeta y se expande a velocidad 4G; hoy la neurosis de un grupo social, por ejemplo la que se genera en un aula universitaria, sale rápidamente de su ámbito y se convierte en tema de conversación, en preocupación, en urgencia de la sociedad en general.

Esto es precisamente lo que ha pasado con un concepto, salido de las universidades de Estados Unidos, que empieza a expandirse con una velocidad sintomática por el mundo en inglés y cuyos mecanismos ya palpitan en Europa. El concepto se llama apropiación cultural (Cultural appropriation, en inglés) y se aplica a los artistas que incluyen en sus obras elementos de otros grupos sociales o étnicos, que no deberían utilizar por tratarse de una realidad que les es ajena. Por ejemplo, el músico blanco que se hace rastas en el cabello, una tradición que observan los rastafaris de Jamaica, es condenado por este grupo de defensores de las esencias culturales por haberse apropiado, siendo un rubio de Los Ángeles de linaje anglosajón, de ese peinado que culturalmente no le pertenece.

El caso más reciente, y que ha situado el tema de la apropiación cultural en periódicos y tertulias en inglés, es el de la escritora Lionel Shriver, muy conocida por su novela Tenemos que hablar de Kevin (Anagrama, 2010). Shriver fue increpada, en un auditorio de la ciudad de Brisban, en Australia, porque en su nueva novela (The mandibles, todavía sin traducción al español) aparece el personaje de una señora negra, con alzhéimer, a la que su marido, que es blanco y sin techo, lleva atada con un collar y una correa, como si fuera un perro.

La imagen que propone Shriver es brutal, pero no fue esta la que alborotó a las huestes que defienden la pureza cultural, sino el hecho de que una escritora blanca de Carolina del Norte incluya en el casting de su novela a una señora negra con esas características sociales.

De acuerdo con los defensores de la pureza cultural, Lionel Shriver solo podría escribir novelas sobre mujeres blancas y adultas de Carolina del Norte. ¿Qué dirán del Otelo, de Shakespeare, o de Virgina Woolf, que escribió su novela Flush desde el punto de vista de un perro? De acuerdo con ellos Eric Clapton ya incurrió en falta cuando, siendo un músico blanco, grabó un disco con temas de blues que son patrimonio de los músicos negros.

Los vigilantes de la apropiación cultural luchan por un mundo parcelado

La apropiación cultural empieza a expandirse más allá del mundo artístico. Por ejemplo, circula en las redes sociales el mensaje #reclaimthebindi, una protesta de los vigilantes de las esencias culturales que censuran a las mujeres occidentales que se pintan, porque está de moda, un bindi, que es el punto que se ponen en la frente las mujeres de India. ¿Está mal pintarse un bindi sin ser hindú?

Los vigilantes de la pureza cultural proponen que en lugar de apropiación deberíamos practicar la apreciación cultural, lo cual nos hace ver la forma en que imponen su punto de vista: apropiarse de un gesto, de un elemento, de una historia narrada desde una etnia ajena está prohibido, pero se nos permite apreciar ese gesto, ese elemento, esa historia, como si hacerlo no fuera desde siempre derecho de cualquiera.

El tema, por si solo, es bastante anecdótico, pero ya no lo es tanto cuando se le asocia con otros fenómenos de nuestro siglo; la apropiación cultural es una de las formas de esa nueva censura que tenemos también en Europa.

Este concepto, y sus aplicaciones prácticas, que consisten en reventar un acto literario, como el de Shriver, o el de reprender en Twitter o de cuerpo presente a la mujer que, por pura coquetería, se ha puesto un bindi, va muy en la línea de la deriva política que experimentan Estados Unidos y Europa, y no es casualidad que este concepto haya salido del país de Donald Trump.

El concepto va en la línea narrativa de Trump, o de Marine Le Pen, o de Nigel Farage

Los vigilantes de la apropiación cultural luchan por un mundo parcelado en el que, como al principio de los tiempos, cada pueblo tenga en exclusiva las tradiciones y la cultura que le tocan, sin contaminarse de la cultura y las tradiciones de otros pueblos; una batalla que coincide con la de Trump, que quiere erradicar de su país todo lo que no sea esencialmente americano y construir un muro en la frontera del sur para evitar que se cuelen los que no son como él.

Ambos nos invitan al repliegue, a cortar las interconexiones culturales que hacen la vida diversa y el arte apasionante, y uno lo hace porque pretende defender a su país de las invasiones bárbaras, y los otros en aras del respeto a los demás pueblos y a las minorías étnicas. Un respeto que, bien mirado, tiene mucho de miedo al otro.

El concepto de apropiación cultural va en la línea narrativa de Trump, o de Marine Le Pen, o de Nigel Farage, pero, sintomáticamente, viene del otro extremo, es un concepto construido en las universidades por jóvenes preocupados por el medio ambiente, por las energías sostenibles, por las minorías desfavorecidas, jóvenes millennials que se desplazan por la ciudad en bicicleta, porque están en contra de los humos y el despilfarro energético que producen los automóviles, son jóvenes instruidos a los que se les supone horizontes amplios, nacidos en la era de la oficina virtual, de la conciencia ecológica y de la alimentación saludable, son personas técnicamente de izquierdas que, con conceptos como el de la apropiación cultural, empiezan a convertirse en los guardianes de las esencias, en los censores de los artistas, en los que dicen lo que un autor puede escribir y lo que no, una labor que hasta hace muy poco correspondía a los comisarios de la derecha, o a los de la extrema izquierda.

La forma en que se expande esa vigilancia, ese sermón, esa censura en el siglo XXI, es completamente nueva y está llena de elementos inquietantes: la censura moral, el puritanismo, la parcelación étnica, el miedo al otro, el repliegue; pulsiones propias de este milenio que van desarticulando el viejo mundo de la izquierda y la derecha.

Jordi Soler es escritor.

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