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CLAVES
Columna
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Decepciones

Los partidos están ensimismados en sus luchas internas mientras se les escapa el poder

Máriam Martínez-Bascuñán
El secretario de Político de Podemos, Iñigo Errejón (derecha), el portavoz parlamentario de En Comú Podem, Xavi Doménech (izquierda). junto a la secretaria general del partido en Euskadi, Nagua Alba.
El secretario de Político de Podemos, Iñigo Errejón (derecha), el portavoz parlamentario de En Comú Podem, Xavi Doménech (izquierda). junto a la secretaria general del partido en Euskadi, Nagua Alba.LUIS TEJIDO (EFE)

No dejaba de ser una formación política que había sido vencida en la Guerra Civil, señalaba Vázquez Montalbán al hablar del PSOE. Algo nos había contado ya el escritor sobre “la lucidez en la inutilidad del desquite”.

Éramos jóvenes, pero teníamos una edad en la que ya necesitábamos la memoria. Y si empezábamos a necesitar memoria, continuaba el escritor, era porque había conciencia de una sombra. Esa responsabilidad en el presente se extendía a cómo narrábamos el pasado. Contar la historia, con sus imágenes y sus metáforas, diría mucho de cómo quisimos relacionarnos tiempo después. Aquella efervescencia que resultaba de la pulsión de cambio fue canalizada por esa formación política. Su mensaje se hizo hegemónico, fue digerido por el resto de fuerzas políticas, y ciertamente esto invitó a crear grandes expectativas. Pero entonces se produjo el efecto perverso.

La lucha por el poder se trasladó al interior del partido. Las diferencias entre el líder y su segundo eran cada vez más palpables aunque no estuviera claro qué es lo que representaba cada uno. Quizás porque en el fondo no se confrontaban dos visiones políticas, sino la escenificación de la pura lucha por el poder. Fuera del mismo, más que cambiar la cultura del poder, se fueron transformando ellos mismos por aquella cultura que habían denunciado como vieja. Era impresionante comprobar que aquel poder que había emergido como nuevo, tan joven como para quemarse, terminó asumiendo los viejos conciertos de siempre. Y ahí dejaron de estar en vías de cumplir con el propósito fundamental de la izquierda: antes que asumir la lógica de poder existente, se esperaba un cambio ético de esas relaciones de poder. Fue una constatación hiriente, concluía el escritor.

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Y lo sigue siendo comprobar el ensimismamiento de los partidos en sus luchas internas, divididos en tantas corrientes como personas: los otrora felipistas y guerristas; los ahora pablistas y errejonistas; los cansinos barones, diletantes y oprimidos confirman aquel memorable chiste: mete a siete izquierdistas en una sala y obtendrás siete corrientes de escindidos. Todos juegan a la gallinita ciega mientras los propósitos nobles y el auténtico poder se les escapa. @MariamMartinezB

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